El reino de Emmanuel Carrère (1)

carrère

Junto a Soumission (Flammarion, 2015) de Michel Houllebecq, una suerte de distopía que explora la hipotética realidad de  Francia gobernada por un partido musulmán, el úlltimo libro de Emmanuel Carrère (Paris, 1957), Le Royaume (El reino) (P.O.L., 2014) fue una de las publicaciones más esperadas, y del que hay que  ocuparse, siendo honestos con el libro y los lectores, en varias partes.

Emmanuel Carrère es uno de los narradores que –en mi opinión– se encuentra entre los contemporáneos de los que se puede aprender qué es puede esperar en las décadas que vienen en materia de ficción y no-ficción. Entre otros, ha publicado El adversario (Folio, 2000), un relato de no-ficción sobre la vida del impostor y asesino Jean-Claude Romand, la biografía novelada del político ruso Éduard Limonov Limonov (P.O.L., 2011) y un libro de ficción La lección de nieve (Folio, 1998), ensayos sobre Phillip Dick y el cineasta Werner Herzog. Se puede armar una biografía de Carrère a partir de sus libros de no ficción. El “yo”-Emmanuel Carrère es indivisible de los temas que explora. Sin embargo, el procedimiento que sigue Carrère no encajaría en lo que hoy se denomina “autoficción”, que pienso –muy intuitivamente– se trata de la mirada y reflexión del “yo” en condiciones “ordinarias” o la vida cotidiana. Por el contrario, a Carrère le preocupan los asuntos extraordinarios.

Para explicar es mejor referirse a dos no-ficciones. Por ejemplo, El adversario sigue el caso de un asesino para ingresar en su formación y su modo de pensar. No lo hace desde la condición psiquiátrica, que no ayuda a pensar ciertamente las complejidades de la naturaleza humana sino las reduce al denominarlas desviaciones o enfermedad. Carrère construye la vida del asesino Romand para explorar el “Mal”: sus orígenes, alcance y modo de manifestarse. Lo extraordinario no tiene necesariamente una dimensión o efecto positivo, sino puede ser aquello que se encuentra fuera del alcance de la razón, y que al ser “narrado” sus capas son descubiertas. De igual manera, Limonov es la pesquisa de una vida “no-ordinaria”: la del  político Éduard Limonov, desde su infancia en Rusia, su vida itinerante de artista en Estados Unidos hasta sus vínculos políticos con la Rusia contemporánea, del que Carrère y su generación han sido testigo. De tal forma, el “yo” ingresa al relato acaso para justificar el asunto de sus empeños o para explicar el recorrido que ha tomado llegar al asunto de su escritura. No me he detenido para señalar este gesto de forma gratuita, ya que considero que este procedimiento se aprecia en El reino: se narra la crisis de fe para explicar la estructura y la razón de ser del libro.

El reino se inserta en los comienzos del cristianismo a partir de un hecho “personal”: la crisis que atraviesa Carrère durante diversas etapas de su vida adulta: su conversión al catolicismo y el abandono de la fe. El libro, sin embargo, es sobre una multiplicidad de experiencias: los fundamentos del mundo contemporáneo, sobre la fe en una época posagrada y también sobre los paralelos –que están siendo retomados por pensadores contemporáneos como Alain Badiou– sobre la relación de  la primera iglesia cristiana y movimientos revolucionarios del siglo XX. El libro es voluminoso, consta con seiscientas páginas porque los frentes con los que lidia son complejos. Asimismo, las herramientas discursivas del libro son variadas: la novelización, la cita directa de los textos sagrados, el comentario, la cita, opinión, ensayo, y acaso, la confesión. Desde estos frentes, el texto posee diversas facetas enunciativas, en las que el “yo” aparece y se alterna con los eventos narrados, pero poco a poco, salvo en la parte inicial, va borrándose como personaje central de la ficción, y va convirtiéndose en un testigo documental que inquiere sobre lo que lee y va armando la situación histórica de la primera iglesia cristiana a partir de la imaginación, en que paradójicamente, ni Jesús de Nazaret es el protagonista, ni el “yo” de la crisis de fe, sino los que dan  “forma textual” al cristianismo: Pablo el escritor de la doctrina y Lucas el narrador-documentarista de la primera iglesia. Desde sus cuatro partes: “Una crisis”, “Paul”, “Una entrevista”, “Lucas”, y un “Epílogo”, El reino es la exploración sobre el procesamiento de la realidad y la construcción de un “yo”, dos asuntos que han preocupado desde siempre a Carrère.

San Lucas (1607) por el Greco

Al comienzo puede intrigar por qué poco a poco la figura de Pablo (del que se hablará en una segunda nota sobre el libro), que el narrador se empeña en llamar “oscura”, va tornándose cada vez más histórica y moderna –en el sentido de que se lo puede explicar a partir de coordenadas contemporáneas– mientras que la figura de Lucas se va complejizando y también su labor. Esta decisión provoca una serie de reflexiones que sirven para introducir el libro. En primer lugar: Carrère enfatiza el poderoso carácter narrativo de los Evangelios en relación a la doctrina de las cartas paulinas, y cómo ambas representan dos formas de “procesar” y construir algo nuevo, y en segundo lugar, la lectura nos lleva a pensar sobre la figura de Lucas como narrador y la función de contar para entender.

La figura de Lucas se inserta en tanto es autor de un Evangelio, el tercero, y de los “Hechos de los Apóstoles”. Carrère traza los orígenes de Lucas, y se esfuerza en hacerlo histórico y particular. Señala que Lucas se introduce al cristianismo a partir de la prédica de Pablo, pero a diferencia de él, quien  se preocupa por el povernir: construir una institución a partir de sus viajes y su prédica a comunidades paganas mediterráneas, Lucas está obsesionado por el pasado. Carrère incluso sugiere –como lo hiciera Pasolini en su guión sobre Pablo– que la preocupación de Pablo no se centraba en la figura o persona de Cristo sino en el mensaje poderoso del cristianismo que Pablo organiza y acaso inventa. Sin embargo, Lucas está intrigado por la vida de Jesús de Nazaret y su esfuerzo de cronista del pasado lo lleva a hacer una pesquisa que poco tiene que ver con la recopilación de la taumaturgia de otros Evangelios (la resurrección de Lázaro, la curación de enfermos), sino con una versión de la historia desde los testigos y sus testimonios. Es así cómo Lucas se convierte en el diseñador “humano” de la vida extraordinaria de Jesús. De tal forma, el narrador-Lucas elabora una versión del cristianismo a partir de la experiencia que significó conocer a Cristo. Le importa la vivencia, los testigos que vieron a Jesús de Nazaret: registra su asombro frente a los que lo vieron y lo escucharon; la percepción de la realidad a través de los otros es clave para armar su versión de los hechos. Su experiencia asimismo, también es importante: Carrère traza su itinerario: su primera experiencia de visita a Jerusalén, sus viajes al lado de Pablo, su encuentro con Timoteo, e imagina –los momentos más emocionales del relato–, las reacciones de Lucas frente al material con la que va construyendo lo que será más tarde el evangelio y la crónica de los apóstoles de Jesús. Este procesamiento es detallado en El reino: Lucas se encuentra en el proceso de entender y ordenar lo que se conoce como un rumor. Y le va dando el estatuto de historia.

Carrère reconstruye los encuentros de Lucas con los primeros cristianos y aquellos testigos de la prédica, y tangencialmente uno se puede preguntar sobre la necesidad de contar y cómo contar puede ser una forma de entender. Así parece ser lo que le sucede al evangelista. Y así el lector es testigo del entramado que subyace debajo del Evangelio: los orígenes étnicos de los que compusieron la primer iglesia, la situación de la Ley y los fariseos, las pugnas de poder dentro de la primera iglesia: su circunstancia histórica que parece no mostrarse con claridad sino saberse –Carrère menciona por ejemplo a Flavio Josefo– o que puede reconstruirse a partir de la erudición.

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San Lucas dibujando a la Virgen de Roger van Weyden (1435-1440). Carrère comenta este cuadro.

Esta perspectiva de Lucas lleva a pensar en dos situaciones importantes. Carrère lo elige por su condición única: es discípulo de Pablo y es el único evangelista que no conoció a Cristo. Esto es clave. El proceso de construcción de la historia de Jesús de Nazaret y de la formación de la primera iglesia cristiana pasa por los mecanismos propios de experiencias que ya ha llevado Carrère en sus libros de no-ficción, que pone en manifiesto la situación de la realidad múltiple: la reconstrucción de los hechos a partir de otros desnuda la naturaleza de la percepción. Cuando Lucas no presencia los hechos se sirve del relato de testigos para armar su relato: es un narrador discreto que sobre todo, quiere entender, y al que seduce el carisma del personaje de Jesús de Nazaret, cuya vida construye a través de una serie de prismas. Quiere entender el carácter de Cristo a partir de aquellos que lo vieron y oyeron. Sumegirse en las cuitas del narrador del evangelio es pensar también sobre la necesidad de contar para ordenar y para interpretar lo extraordinario y darle forma. Parece que la figura de Lucas seduce a Carrère porque se enfrenta a los problemas que supone enfrenta todo narrador que lidia con el desciframiento de lo extraordinario: aquello que debe ingresar en un ordenamiento del tiempo, pero que se resiste a ser configurado de acuerdo a patrones de interpretación, y en que es necesario servirse de más ojos y oídos. Para Lucas la vida de Jesús de Nazaret, a diferencia de lo que importa a Pablo, resulta en  el reto de hacer visible lo que se cuenta de manera clandestina: la materia extraordinaria que se resiste a ser maravillosa, y que debe ser anunciada y difundida. Pablo dirá universalizada, pero el caso de Pablo en El reino, complejo y fascinante, ocupará la segunda nota. [Miluska Benavides]

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