Sin destino de Imre Kertész

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Imre Kertész en Berlín, 2006.

A comienzos del siglo XX, Kafka escribe y publica En la colonia penitenciaria, relato en el que describe una prisión donde se realizan sofisticadas torturas a ciertos presos deshumanizados. Es casi imposible no advertir en la ficción kafkiana un antecedente del Holocausto y de los campos de concentración nazis, vínculo intensificado por el origen judío de su autor, quien irónicamente escribía en alemán. Si bien Kafka no conocerá los horrores del nazismo – muere en 1924 –, el texto no deja de tener algo de profético. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto (uno de los sucesos centrales que sacudieron el siglo XX, como la bomba de Hiroshima, los gulags soviéticos o la Guerra de Vietnam) se ha constituido en un tópico central en la literatura, el arte, el cine o la música, cuyas resonancias éticas y existenciales no se agotan hasta hoy. En dicha tradición, y a pesar de su multiplicidad, es posible reconocer un modo de escribir la historia, en cierto sentido canónico, que se ha impuesto no solo en el discurso de la élite sino en el imaginario popular. Surgida de urgentes y necesarias interrogaciones morales, la versión oficial tiende al establecimiento de tranquilizadoras dicotomías que suelen adjudicar la responsabilidad de los hechos a uno de los bandos: naturalmente, los otros. Por ello, textos que cuestionen el discurso oficial, como Sin destino de Imre Kertész, generan polémica y resultan siempre incómodos.

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Edición húngara de 1975

Su autor es un judío de origen húngaro, sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz-Birkenau y Buchemwald, donde estuvo a los quince años. Sin destino es una novela de cierto carácter autobiográfico que relata episodios de la vida de György Koves, adolescente húngaro que es obligado a trabajar en la isla de Csepal junto con otros jóvenes judíos y luego tomado prisionero en varios campos de concentración, para finalmente retornar a Budapest al concluir la guerra. El texto de Kertész es polémico porque defrauda al lector que espera encontrar los lugares comunes del relato del Holocausto; por el contrario, el narrador – quien parece apoyarse en un principio poético y contemporáneo: mostrar, no explicar – rehúye los siempre aliviadores juicios morales, que permiten entender lo narrado como una excepción de la norma. Para ello, se apoya en densas ironías que relucen en escenas particulares, en las que el lector suele encontrar lo que no busca. Por ejemplo, las impresiones de la llegada a Auschwitz, luego de un largo e incómodo viaje en tren. Al abrirse la puerta, este es abordado por un grupo de antiguos prisioneros del campo de concentración, quienes instan a los pasajeros a descender:

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“Entonces, en medio de aquella masa humana, vi por primera vez a los hombres que se encontraban allí. Me sorprendió mucho, puesto que era la primera vez en mi vida que veía yo, por lo menos desde tan cerca, unos presos de verdad, con el típico uniforme a rayas de los delincuentes, el gorrito redondo y la cabeza afeitada. Mi primera reacción natural fue retroceder. (…) Según todos los indicios, parecían judíos. A mí todos me parecieron sospechosos o, cuanto menos, extraños. (…) Me di cuenta, sin embargo, que había también soldados alemanes, con gorros y solapas verdes, que los vigilaban y dirigían todo con gestos expresivos y decididos: su presencia llegó a tranquilizarme un poco, puesto que como iban tan bien vestidos y arreglados, eran los únicos en medio de todo aquel caos que inspiraban firmeza y tranquilidad”.

En ningún momento el narrador constata el terrible equívoco, sino que se devela gradualmente, tanto para el protagonista como para el lector. Estos ejemplos pueden extenderse al infinito: al oír que en el campo se proclama la liberación de los presos, Koves no siente alegría, sino preocupación por saber si ese día podrá tomar la miserable ración de sopa que lo mantiene vivo; ya en Hungría, entrevistado por un periodista que lo encuentra en un bus, este último se exaspera al escuchar, como única respuesta a las preguntas que le hace sobre los horrores de los campos, la frase “naturalmente” (¿es acaso natural lo que sucedió?). La versión oficial es desmitificada, razones por las cuales un crítico, visiblemente defraudado, afirma que Koves pudo haber sido un “buen nazi”. ¿Quiénes son los nazis? ¿Los que no piensan como yo? ¿Los que no reafirman lo que quiero pensar?

Ahora bien, los planteamientos de Kertész perderían gran parte de su contundencia si estos no estuvieran refrendados por y desde la propia escritura. El estilo conciso, seco (magistralmente presente en la traducción de Judith Xantus) con el que relata las peripecias de Koves parece ser el único pertinente y éticamente consecuente; cualquier amplificación, exageración o sentimentalismo sería un añadido banal, dado que desoye la consigna que parece subyacer a la novela: narrar el horror, no interpretarlo ni juzgarlo. Si bien el Holocausto, un relato conocido por el lector promedio, es el trasfondo en que se desarrollan los eventos, el narrador administra con sabiduría la información – la elipsis es uno de los recursos fundamentales – para así posibilitar la revelación de lo nuevo. La ignorancia en que se encuentra el protagonista, quien no sabe a dónde es conducido ni mucho menos por qué, es compartida por el lector; este último asiste a los hechos no como un testigo privilegiado, sino que también debe bregar por desentrañar su sentido.

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Sin destino es finalmente una reflexión en torno al sentido de las cosas. Lecturas apoyadas en el discurso que el protagonista dirige a sus vecinos en el capítulo final plantean que la pérdida del “destino” representa el triunfo de la “libertad”: no se puede ser libre en un mundo en el que nuestro futuro está pautado de antemano. Francamente, no creo que pueda ser tan sencillo. La condición de Koves está marcada por la pérdida y la negación. Primero, de la nacionalidad (afirma no sentir ningún vínculo con Hungría, pues son los propios oficiales húngaros quienes lo llevan a los campos de concentración). Segundo, de su condición judío. Dentro del campo de concentración, otro preso le dirá que no es judío por no hablar el yiddish. Más aún, el protagonista no comparte la interpretación otorgada por la comunidad judía tradicional al Holocausto, difundida por su tío Lajos y el rabino del campo de concentración: una prueba de Dios al pueblo elegido, a la vez que un castigo por sus pecados (que haya ecos en la esclavitud en Egipto del Éxodo o en el sufrimiento de Job); es otro sentido que la conciencia secular de Koves rechaza. Tercero, el protagonista pierde su propia condición humana, no solamente por las vejaciones, la miseria y la ausencia de la voluntad de vivir que lo asolan en los campos de concentración, sino porque allí ha perdido incluso el nombre y es tan solo un número (he aquí la correspondencia del estilo y la perspectiva en Sin destino: a lo largo de la novela, Koves casi no es nombrado).

Creo que solamente asumiendo esta pérdida, algún tipo de sentido puede aflorar. Y este es paradójico puesto que mana, con la posibilidad de una reconciliación, desde lo insensato, indigno e incomprensible. Son las imágenes que quedan de esta obra maestra: Koves oyendo al rabino y los otros presos rezar en voz baja el Kaddish, la oración por un compañero muerto, y deseando por vez primera también poder hablar y entender el yiddish; luego, él mismo, sin voluntad de vivir, cuando ve brotar de las duchas, no el gas temido, sino el agua pura – ¿el maná en el desierto? –; y finalmente el joven que de regreso a su ciudad se emociona al ver el atardecer y recordar la hora bendita de los campos de concentración, la hora del descanso, y piensa que fuera de ellos acaso haya alguna felicidad que ha perdido. [Mateo Díaz Choza]

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