Old School de Tobias Wolff

oldschool
Tobias Wolff. Old School. New York: Vintage, 2003.

Publicada en 2003, la novela más celebrada de Wolff narra la experiencia de un adolescente en un internado para varones, en el que cursa el último grado de secundaria durante el año académico de 1960-1961. Old School reposa su materia narrativa en torno al subgénero del campus fiction, y a partir de ese confinamiento fija el tema de la novela: la discriminación entre inquietudes literarias decisivas y accesorias para la formación de un artista. En ese sentido, el lector se siente tentado a insertar Old School en el subgénero de la novela de aprendizaje; sin embargo, el espacio del internado y sus concursos literarios animados por las visitas sucesivas de Robert Frost, Ayn Rand y Ernest Hemingway sirve para poner en contacto las premisas de la obra de los escritores anteriores en relación al despertar de la vocación literaria. En estas claves, más que la formación de la primera identidad adulta, posterior a la adolescencia, la novela busca poner en crisis las poéticas del artista con obra mediante su desplazamiento a las preocupaciones del artista que comienza a acercarse a la experiencia literaria.

Ayn Rand en New York, 1957
Ayn Rand en New York, 1957

Tres ejes climáticos se forman alrededor de las visitas y los concursos literarios en relación a la visita de los escritores antes mencionados. La poderosa agitación que se genera a partir de la visita de Frost guarda relación con el sentido de confinamiento y encierro convencionalizado de la escuela, de modo que dos sistemas de convenciones se ponen en contacto. Así, la expectativa de la vocación literaria creciente encuentra dos fuerzas opuestas: por un lado, el programa literario de un poeta que ha pasado su propia madurez artística y ofrece su visión de la literatura como una doctrina; por otro, la tensión entre un sistema literario en curso y las demás poéticas y preceptivas en curso. Mientras el concurso literario lo gana un poema que se aproxima en mucho a las convenciones del poema lírico sobre la observación de la naturaleza con que se suele tipificar a Frost, es notable de la novela la construcción de un clima ascendente de posicionamientos y polémicas que reproducen, en escala menor, los usuales acomodos de programas estéticos en cada época. Lo que más destaca de esta parte no solo es cómo la literatura suele recibirse en atención a un paradigma dominante que invisibiliza la variedad y la diferencia, sino cómo la ficción propone, con la visita de Frost, un ejemplo del carácter altamente convencional de lo que se presume “clásico” en literatura. En este caso, la tendencia a mantener el verso formal en torno al pentámetro yámbico, que aparece como la recomendación de un Frost que recomienda ser clásico a sus oyentes, se estrella contra la pregunta por una estética beatnik, en ascenso en el presente de la novela, 1960, y rechazada por el Frost personaje y -el histórico- en oposición a su programa personal.

Robert Frost en Inglaterra entre 1912-1915
Robert Frost en Inglaterra entre 1912-1915

Una segunda sección de la novela permite contrastar la imagen de una literatura en la que la valoración de la experiencia subjetiva es mayor. De la sensación de mediación a partir de las convenciones del poema lírico sobre la contemplación del mundo natural, Old School ofrece un segundo evento literario, esta vez un concurso de cuento que pone a prueba las aspiraciones de los internos en relación a la visita ficcional de Ayn Rand. Wolff elige acertadamente hacer confluir el impulso adolesente de escritura con la versión ficcional y satírica de una poética como la de Rand, que podría calificarse de emprendeurista y motivacional, y cuyo signo base, en oposición a la de Frost, valora el impulso y la voluntad por encima incluso de actividades básicas como la lectura o la escritura. El encuentro entre Rand y los estudiantes se convierte en una lección negativa para los últimos, pues ofrece, frente a un público ávido de información para modelar una vocación literaria, el magro insumo de una aduladora de sí misma. Un punto climático se cierne sobre la reunión con Rand cuando las preguntas por consejos y recomendaciones comienzan y terminan en la persona concreta que los modela, incapaz de recomendar un solo libro que no sea suyo o de dar un consejo distinto de la lectura de su propio trabajo.

El fiasco de la reunión y el concurso con Rand dan lugar a un tercer invitado: Hemingway.

Hemingway en 1961

Tres aspectos serán centrales en esta sección: el abordaje ficcional de una poética de Hemingway, el proceso de escritura del protagonista, quien gana el concurso con un texto plagiado, y el final del encanto de los concursos en la escuela. Como sucedió en las secciones anteriores, la aproximación a una estética es más bien enigmática y se revela en el encuentro entre la manera de presentarse individualmente y las sugerencias sobre literatura que hacen a los estudiantes. Mientras el narrador-protagonista-anónimo piensa que Hemingway fue invitado por un maestro que dice haber peleado con él en la Primera Guerra Mundial, este dilema se resuelve con la renuncia del maestro y la obtención del premio con un relato plagiado. Se le ofrece así al lector un contexto por el cual se oponen la prédica vitalista y la entrega al oficio literario con que más se conoce a Hemingway. Por un lado, la necesidad de escribir sobre aquello que se conoce va creciendo en la novela, pero en particular relación con dos factores que se abordan poco o nada en la narrativa reciente y suceden en demasía: la confusión entre la conformación de un carácter y la megalomanía en relación a la impostación.

Mientras el muchacho que gana el concurso curado por Frost escribe un poema lírico con el que intenta agradarle, el propio protagonista plagia una historia sobre la sensación de confusión experimentada por una chica, y el director esparce un rumor sobre su amistad con un escritor. Se desmantela así la nula contribución de la impostura o la pose a la composición de la obra, pero también se revela cómo, entre estos adolescentes, la emergencia y la formación de la escritura se asocian con un procedimiento nada “old school”: el de producir una identidad pública, en el entorno de la escuela, antes que forjar un texto y aprender la ejecución de un arte. En ese sentido, la convención del concurso literario permite la circulación de las ideas sobre la literatura que probablemente el escritor valora mejor, pero que acaso invitan a abandonar las zonas de comfort. En eso no es solo el empuje forzado a la adultez lo que amenaza, sino la misma radiografía de las mezquindades, contradicciones y miserias de Frost, Hemingway y Rand, y, a través de ellos, de las dinámicas que dominan la escena literaria a la que el protagonista se asoma, si sobrevive el impulso del aficionado que juega a escribir en los concursos de la escuela y decide perseguir la conformación de una obra. A punto de abandonar la escuela, y la seguridad de su confinamiento tanto a las zonas seguras como a los conflictos conocidos y los recién descubiertos –como el del judaísmo-, la novela se cierra en torno a un accidente externo que recuerda que hay mundo afuera de cada confinamiento, y que el concurso y su parafernalia, que premia con una foto y la publicación del texto ganador en la revista de la escuela, carecen en absoluto de importancia. [José Miguel Herbozo]

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