Call Me Ishmael de Charles Olson

olson-melvilleCharles Olson es uno de los poetas estadounidenses más representativos de la segunda mitad del siglo XX. Anterior a los beatniks, pero algo posterior a Eliot y Pound, su poesía continúa mucho del experimentalismo que desde la vanguardia aparece en el arte occidental y ecos de su estilo se observan en algunos poemarios peruanos publicados a partir de la década de 1970 (por ejemplo, Contra natura de Rodolfo Hinostroza). Lo volvieron célebre un poema, “The Kingfishers”, un extensísimo y posiblemente inconcluso poemario, The Maximus Poems, pero sobre todo su ensayo “Projective Verse”, en el que plantea una renovación de la versificación tradicional que se había impuesto en la lengua inglesa desde la época isabelina. En Olson, poesía y crítica no fueron impulsos contradictorios; en efecto, su primera publicación fue Call Me Ishmael (1947), un estudio sobre la obra de Herman Melville. Guiará los siguientes párrafos un propósito – la lectura de dicho ensayo en el contexto de sus otras obras – y una inquietud – ¿por qué Melville?

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Herman Melville en la década de 1880

Olson sitúa la relevancia de Melville en un contexto, los Estados Unidos, y a partir de un elemento que lo define, el espacio (“I take SPACE to be the central fact to man born in America, from Folsom Cave to now” dice en la primera línea del estudio). Para el ensayista, la propia naturaleza estadounidense, la inmensidad de su territorio, la infinitud de sus mares, suponen un reto que el artista debe responder; no es casualidad que en “Projective Verse” haya postulado que el problema fundamental del escritor era preguntarse cómo su obra tomaba en cuenta, o mejor dicho se integraba a, la realidad. Si Poe – siempre según el autor – cavó dentro de la tierra, es decir, evadió el desafío, Melville atravesó la llanura. No obstante, este último no es recuperado en su totalidad; su obra capital, Moby Dick, habría representado esa aceptación; en cambio, casi todas sus obras posteriores, influidas por el cristianismo, supondrían más bien una renuncia, un empobrecimiento de sus virtudes. El otro gran mérito de Melville habría sido sondear la infinita geografía del interior del ser humano, y ello desde el aspecto más perturbador de su psique, el mal, simbolizado en el capitán Ahab. El autor cuya lectura le posibilitó el tratamiento literario de dicho tema fue, aventura Olson, Shakespeare, lo que es demostrado luego de un sesudo cotejo con muchas de sus tragedias más importantes. Ahab, semejante a Macbeth pero también personaje fáustico (goethiano, dice el propio Melville), está poseído por un odio inextinguible que lo asocia a lo primitivo y que, si tiene algún parangón en el mundo cristiano, este sería el Padre, Jehová del Antiguo Testamento, no la “dulcificada” versión del Hijo, Cristo en los evangelios. De la obra posterior de Melville – Pierre, The Confidence-Man, Billy Budd –, el ensayista dice que es víctima del cristianismo (“He denied himself in Christianity”) y que no habría sido capaz de representar la realidad en su justa extensión.

El interés de Olson en Moby Dick parece prefigurar el proyecto que ocuparía las últimas dos décadas de su vida: la escritura de The Maximus Poems. Al final de Call Me Ishmael, el ensayista afirma que las grandes creaciones de Melville en su obra mayor fueron Ahab, la ballena blanca y el Océano Pacífico. El mar, en general, es el centro de gravedad de la novela; todos los personajes centrales se orientan hacia él, son pescadores, balleneros, y solo cuando navegan parecen encontrar su elemento. La descripción de la población de la isla de Nantucket y su cotidiana atracción por el mar (pienso, por ejemplo, en el sermón que da el Padre Mapple antes de que la nave zarpe), más que realista u objetiva, es épica. Por su parte, The Maximus Poems es un poema de aliento épico que recupera la historia del puerto de Gloucester, desde su fundación en el siglo XVII, pasando por la Guerra de la Independencia, hasta el siglo XX. La cercanía del puerto y la isla –ambos pertenecen al estado de Massachusetts –, la importancia de la navegación y la pesca: sus vasos comunicantes; todo ello debió haber redundado en el interés de Olson (natural de Worcester, Massachusetts) en Melville. Más aún, la lucha de Ahab, el hombre frente a la naturaleza, es la misma que la de los primeros pobladores de Gloucester, quienes debieron sobrevivir, como Crusoe, en una geografía hostil. Sospecho que la celebración de ambos pueblos es también el elogio de la productividad económica, épica de un capitalismo primitivo y más “comunal”, menos centrado en el ahorro y la especulación que en la aventura y la fascinación por la abundancia (de ahí la presencia obsesiva de estadísticas – cifras de pescas enormes, de fabricación de barcos, de producción de aceite derivado de la ballena, etc. – en capítulos de Moby Dick, poemas de The Maximus Poems y acápites de Call Me Ishmael). El hombre que domina la naturaleza y es capaz de transformarla – al modo de Fausto, en la segunda parte del drama de Goethe – es su protagonista, implícito si se quiere; por eso, Olson hizo de la economía un elemento central del análisis de Moby Dick y de su obra. Probablemente, para así inscribirla de lleno, tal como anhelaba, en la realidad.

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Moby Dick ilustrado por Rockwell Kent para la edición de Random House (1930)

Existe aun otra semejanza notable entre la novela fundamental de Melville y la obra de Olson. Si bien este demuestra en Call Me Ishmael que Moby Dick posee una estructura cercana a la tragedia shakespeareana e incluso agrupa los capítulos de acuerdo al esquema de cinco actos, en esencia dicha novela posee una forma tremendamente permeable, porosa, que finalmente pone en cuestionamiento la autonomía de los géneros literarios. En una época en que se gestaba la novela realista decimonónica, ese proyecto tiene algo de arcaico pero sobre todo de radicalmente moderno. Obra heterodoxa e innovadora, quizás eslabón entre el Fausto de Goethe y el Ulises joyceano, en Moby Dick se dan cita, además de la narración propiamente novelesca, el ensayo estético (el fabuloso capítulo sobre la blancura de la ballena), el diálogo teatral y diversos textos sobre la pesca ballenera. Ese Melville, irrespetuoso de las convenciones, debió ser para Olson un modelo ejemplar de escritor. La forma de Call Me Ishmael, por momentos casi fragmentaria, es un sutil homenaje al marinero que alguna vez visitó Lima: el prólogo es un cuento perfecto del naufragio del navío Essex, suceso que inspiraría la trama de la novela; el estudio está intercalado de “hechos” (facts), narraciones que dialogan con el análisis; un acápite se compone casi exclusivamente de citas del diario de Melville; otro parece un breve estudio de la historia económica de Nantucket; en general, el uso del espacio de la página y los caracteres en mayúsculas, las interpolaciones de nuevos datos, los cortes en la ilación del discurso, oscilan entre la arbitrariedad y la poesía. Asombra también el método del ensayista, que no cita a ningún estudioso de Melville, pero trabaja con fuentes primarias habitualmente dejadas de lado: manuscritos, apuntes, diarios; así, un acápite se construye a partir de la interpretación de una anotación enigmática de Melville en su ejemplar de Shakespeare (el fundamento de dicho procedimiento aparecería luego en The Maximus Poems, cuando Olson reivindica el quehacer de Herodoto, quien construía la historia a partir de la evidencia como un proceso de búsqueda personal: “… to find out for yourself / ‘istorin, which makes any one’s acts a finding out for him or her / self”). Las obras posteriores de Olson continuarán, en mayor o menor medida, la heterodoxia melvilliana: “The Kingfishers” presenta citas de historiadores y políticos; “Projective Verse”, la utilización libre del espacio y la tipografía; The Maximus Poems, un discurso poético invadido por documentos históricos y legales, citas sobre geología, fragmentos de cartas o diarios, y narraciones, algunas históricas, otras míticas.

Ocurre con frecuencia escuchar un lamento común en los comentaristas de la literatura peruana: la crítica solo analiza autores antiguos, canónicos, y olvida la producción contemporánea. De ello deducen cierta afinidad por la paleontología y la abdicación de la que sería su función primordial. Y sin embargo, cabe preguntarse si al releer un clásico no se habla también del presente, interviniendo y actuando en él. El estudio de Olson – erudito, subjetivo, cuestionable – lo hace y por momentos parece ser tan ilustrativo de sí mismo y de su época como del propio Melville. Lo más sorprendente es que su autor fue un académico, profesor y luego rector del Black Mountain College de North Carolina. La Academia, por suerte, jamás pudo agotar su inquieta creatividad. [Mateo Díaz Choza]

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