Poesía completa, de José María Eguren

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Desde su inclusión en la antología La poesía contemporánea del Perú (1946), a cargo de Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren y Sebastián Salazar Bondy, se asume comúnmente que la poesía «contemporánea» escrita en el Perú se inicia con la obra del simbolista José María Eguren (1874-1942). Esta idea, que ha calado hondo desde entonces, ha dejado de cuestionarse —al igual que otras tantas ideas que como comunidad tenemos sobre la tradición literaria del Perú—, pero no con la finalidad de desvirtuar su lugar en la tradición poética peruana, sino con el objetivo de entender por qué en el presente su obra tiene —o no— la importancia que se le ha dado en el pasado, así como de establecer y afirmar —o no— su vigencia a partir de una valoración de sus virtudes poéticas —y no temáticas—, además de tratar de entender la naturaleza de su trabajo literario, aunque esto último sea, probablemente, solo ilusorio, dada la inaccesibilidad de su estilo. Dicho cuestionamiento tendría que ver con la necesidad de realizar una relectura de nuestra historia literaria desde la perspectiva del presente, es decir, desde la posición temporal en que nos encontramos, habiendo traspuesto el umbral del milenio, promontorio desde el cual es por fin posible ver el conjunto de la producción poética peruana del siglo XX.

La obra poética en verso de Eguren se caracteriza, principalmente, por ser un melódico tejido de signos: una articulación musical de las imágenes que evoca, las cuales proceden de un onírico mundo referencial de sabor oriental, feérico, gótico y pagano —con ciertas reminiscencias románticas, aunque sin serlo propiamente— que, si bien no le era privativo —pensemos en ciertos poemas de Bustamante y Ballivián, como sus Elogios—, nutrió sustancialmente su trabajo poético. Eguren supo canalizar estos diversos elementos a través de pequeñas composiciones que funcionan como nudos: la insólita naturaleza simbólica de sus poemas encierra, las más de las veces, su propio principio estructurador, al igual que los sueños, tanto desde el punto de vista de lo visual como de lo sonoro.

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Primera edición de Simbólicas (1911)

En este sentido, uno de los rasgos más importantes de la poesía egureniana es que sigue sus propias reglas, es decir, posee sus propias condiciones: se acaba en sí misma. Cada poema está compuesto siguiendo el hilo de su propia vibración. El uso eficaz que hace de ciertos elementos musicales básicos —rítmicos en la extensión del verso, melódicos en la rima simple— y un banco de imágenes que rezuman inocencia, del que se presta la mayoría de sus motivos —los que canaliza mediante un lenguaje simple pero no menos caprichoso, que en ocasiones se ajusta a las necesidades musicales del poema sin romper la armonía de la imagen—, le permiten componer canciones1 y letanías2, entre otras estructuras líricas de su propia invención —en términos de distribución estrófica, disposición de rimas, etc.—, en las que cada imagen —lo que casi equivale a decir cada palabra o cada verso— encuentra el lugar que le corresponde en el tejido de timbres que la sostiene, desde el inicio hasta el fin de la composición, prescindiendo de abstrusas formulaciones y complejidades métricas que, por lo demás, entorpecerían la transmisión de la visión; por esta razón sus poemas están siempre más cerca de la música popular —si pensamos en los lieder, los nocturnos y las baladas— y de la tradición bárdica —las múltiples alusiones a divinidades femeninas paganas nos lo recuerdan— que del típico cultismo letrado —aunque hoy su obra parezca solo ser leída por académicos—, sin dejar de lado la experimentación formal y conceptual.

La simpleza de su purismo formal, sin embargo, esconde una compleja articulación de elementos. Al igual que una cebolla, cada poema posee tantas capas como versos tiene, de modo que cada pequeña unidad resulta ser como un tejido de seda que se suma a otros para, juntos —y solo de esta forma—, componer la totalidad del poema; cada una contribuye a restituir, de este modo, la perfección de la visión: impresiones sucesivas —y lineales— que revelan un símbolo: se trata de imágenes sencillas (palabras o versos) que componen una imagen final (poema o símbolo) que echa una sombra —que determina la profundidad de dicha imagen y funciona muchas veces como la inversión que se genera hacia adentro del poema— en cuyo interior se esconde su propio patrón articulador, como una sustancia contradictoria: una esencia —pensémosla en partículas apenas materiales— hecha de abstracciones (la inmateria) a las que solo es posible acceder a través de la música que cada poema propone a los sentidos —y a la sensibilidad emocional, a la mente, al espíritu y la experiencia personal— del lector, que a través de ellos se vuelca hacia el poema.

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Paisaje. Lienzo de José María Eguren.

Este tipo de composición —prácticamente toda la obra de Eguren sigue este «procedimiento»— tiene un rasgo característico: la extrañeza. Una extrañeza sustancial que no solo rodea al poema-símbolo, sino que lo vertebra, lo columbra, lo ordena. Es en ella, en la nebulosa de la extrañeza, donde el poeta ha introducido sus manos y sin-ver-pero-viendo ha extraído un poema, articulado-armado-compuesto-hilvanado en la oscuridad de la sombra —de la experiencia de la escritura—, y es en ella adonde el lector debe ingresar, si quiere «entender» el poema. Por supuesto, «entender el poema» no significa adquirir alguna «competencia lectora» sobre el contenido de sus poemas ni de desenterrar algún tipo de significado concreto que encaje en algún tipo de criterio de orden lógico-racional. Tiene que ver con un entendimiento que corresponde, propiamente, al orden de lo irracional: los sentidos, las sensaciones, las ilusiones, las evocaciones, las reminiscencias, las ensoñaciones, las pulsiones naturales, la música: una experiencia a la que el lector es llevado —y traído— y que supone penetrar en la extrañeza —puesto que la experiencia y el poema son la extrañeza en sí misma, siempre secreta— a través de la sinestesia (Baudelaire), que es el mecanismo propio —el desarreglo de los sentidos (Rimbaud)— de la corriente simbolista en la que Eguren se inscribe. Hablamos de un entendimiento intuitivo que tiene lugar en los extramuros del lenguaje y es, a la vez, la sustancia de la experiencia poética: espacio donde el poeta encuentra (experiencia) los regalos (poemas) que luego habrá de concretar en palabras, palabras que sean paralelas a dicho hallazgo y persigan el hilo, el patrón musical que, esencialmente, lo vertebra.

Con respecto al estilo poético de su época, caracterizado más que nada por una gratuita voluptuosidad y prescindible grandilocuencia —mejor ejemplificado en los versos de su contemporáneo José Santos Chocano (1975-1934)—, la obra de Eguren resulta, a primera y engañosa vista, atravesada por una inocencia irrecusable y un desconcertante infantilismo: la simpleza de sus melodías, el sencillo vocabulario que emplea, la articulación de las rimas —que le permiten fluir sin caer en la dureza de la métrica clásica—, la caracterización de los personajes que pueblan su imaginario —compuesto principalmente de niñas, damas, enanos, gnomos, duendes, hadas, oscuras divinidades y diversas esencias o fuerzas naturales—, la personificación de la naturaleza —reino animal, reino vegetal, reino mineral y material—, la policromía con que matiza sus imágenes, entre otras características y elementos que son comúnmente asociados al imaginario infantil, no solo hacen difícil de clasificar dicha obra, sino que determinan la construcción de un mundo personalísimo, en todo cruzado por la extrañeza, precisamente, porque ha sido hilvanado en la otra margen (Westphalen).

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Fantasmagoría. Acuarela de José María Eguren

La innovación que Eguren introdujo tuvo que ver con un radicalismo estilístico y estético a la hora de enfrentar su escritura, que supo llevar por un camino divergente al de sus coetáneos, más ocupados en sus propios rollos discursivos, más convencionales —ahí donde una convención corresponde con el estancamiento del estilo de la época— y conservadores, y recuperó un tipo de antigüedad contradictoriamente vigente, más primigenia quizás, y por ello, más esencial. Eguren desarrolló una obra hermética en apariencia solipsista pero sin rastro —ni restos— de un yo poético con el que pudiera identificarse el discurso de la voz: esta es otra de sus características más relevantes, ya que lo distingue —y hasta lo enajena— por completo de quienes escribían junto a él y seguían los parámetros artísticos que regían la época. Esta falta de un yo poético cuyas coordenadas fueran visibles o al menos discernibles, esta ausencia de una personalidad en apariencia concreta que ordene el discurso, es lo que acaba por solidificar la extrañeza, que rige por igual el poema que la experiencia de lectura. Podríamos decir que, en el caso de Eguren y la específica experiencia que sus poemas proponen, música es imagen e imagen es música: el fondo es la forma, la forma es el fondo.

Si bien estas características, en general, se hacen patentes en la mayoría de poemas, debemos decir que, entre los textos que componen la breve obra en verso de Eguren, hay, sin duda, curiosas excepciones —como los versos de circunstancias—, ya sea debido a cuestiones temáticas («Incaica», «Colonial»), formales («Kábala», «La dama i») o de extensión («Visiones de enero», «Campestre»), que son muchas veces producto de sutiles variaciones sobre la forma y que, probablemente, tiene más que ver con el ensayo que el poeta hace de los poemas, siguiendo el criterio de variación formal en el camino de su propio aprendizaje: como quien afina sus propios instrumentos en la soledad de su taller. Cabe recalcar que no todos los poemas de Eguren resultan exitosos: hay casos en los que el ajuste de las palabras (o las imágenes) a la música es un intento fallido, y la solución que ofrece parece forzada, lo que desemboca en el rápido envejecimiento del poema. A esto contribuyen, precisa y contradictoriamente, sus propias virtudes inherentes, ya que para la sensibilidad del lector moderno la música resulta monótona, el lenguaje está casi erosionado de su contenido (por desuso) y las imágenes corresponden a un imaginario que ya no le es común y, por lo mismo, le es excepcionalmente difícil identificarse con los poemas.

Sin embargo, creemos que a pesar de lo dicho, la obra de Eguren encierra numerosas e importantes lecciones —he ahí su vigencia— sobre la composición de un cerrado formalismo poético y la articulación de elementos a partir de un lenguaje profundamente arraigado en lo musical, así como de una subversiva actitud con respecto a las convenciones literarias de su época. Esto, que parece obvio y que nos inclinaríamos a atribuir a aquellos poetas que, como lectores, consideramos los mejores, e incluso extenderíamos a todo acto poético —y a todo poema—, resulta no serlo en lo absoluto. Como dijimos, cada poema parece compuesto según su propia vibración —como ocurre en Trilce, de César Vallejo, y en Travesía de Extramares, de Martín Adán, para usar solo dos referentes que, de algún modo u otro, siguen el hilo hallado por Eguren—, y esto es algo que solo algunos pocos poetas logran. No se trata tanto de una voz propia, como de una oreja y un ojo propios articulados en las fuentes del lenguaje.

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Obras completas I y II de José María Eguren (Academia Peruana de la Lengua y Biblioteca Abraham Valdelomar, 2015)

La edición que acaba de editar la Academia Peruana de la Lengua contiene los cuatro libros publicados en vida por Eguren: Simbólicas3, La canción de las figuras4, Sombra5 y Rondinelas6, a los que se suman Visiones de enero7, algunos poemas no recogidos en libros8 y una serie de versos de circunstancias9; en total, se trata de 181 poemas y un fragmento que compendian la totalidad de la obra egureniana escrita en verso (este libro es acompañado por otro, titulado Prosa completa, que recoge el resto de su obra escrita). La nueva edición estuvo a cargo de Ricardo Silva-Santisteban, quien es experto conocedor de la obra de Eguren y ha publicado anteriormente las Obras completas del poeta limeño (en dos ocasiones: 1974 y 1997). El exhaustivo y sesudo estudio preliminar —que sigue el rastro a los avatares del autor y su obra, además de comentar la ambigua relación que mantuvo con los principales actores literarios de su época y la recepción tardía e incómoda que aquella tuvo hacia sus años finales—, está acompañado por un minucioso sistema de anotaciones que, siguiendo los parámetros de la crítica textual, ofrece las diversas variantes lingüísticas de los textos (donde los hubiere), según las diferentes versiones manuscritas dejadas del autor —cada una de ellas ha sido revisada por el editor—, lo que convierte a este libro en una versión verdaderamente definitiva de la obra poética de José María Eguren, que contribuye a una mejor comprensión de su escritura.

Una obra cuyo radical formalismo aún hoy encuentra asideros —y por lo mismo, tiene vigencia y ejerce influencia, aunque con menor frecuencia— en la obra de poetas como José Morales Saravia, donde encontramos, por ejemplo, ausencia de yo poético, estructuras cerradas, personificación de elementos naturales, ausencia de un discurso de índole moral o social, entre otros. Un libro que harían muy bien en leer aquellos que pretenden escribir poesía en el Perú, aprendices o no, sin mayores lecturas que lo que la Internet y los últimos cuarentaicinco años de producción poética peruana les ofrecen; así como aquellos que, llevados por la ilusión de «gozar» de una posición mediática, pretenden ejercer la crítica en el Perú, visible y lamentablemente obsesionados con la actualidad literaria y la coyuntura cultural en que vivimos, de modo que puedan justificar sus propias pretensiones literarias y creativas, sin entender aún de qué se trata hacer crítica literaria ni pensar literatura. Desgraciadamente, ambos tipos de mamífero son comunes en nuestro empobrecido medio literario, y, a la luz de poesía como la de Eguren, se da cuenta uno, sin embargo, de la necesidad que nuestra comunidad tiene de su ignorancia, pues hace visible sus verdaderas motiviaciones y muestra el camino donde escasamente encontraremos frutos. He aquí un libro muy especial para ellos. [Paul Forsyth Tessey]

Notas

La idea es brindar una útil selección de los que consideramos los mejores poemas de Eguren, libro por libro, según el criterio de lectura expuesto en la reseña.

1 «Lied I-IX», «Nocturno I-III», «Balada I-III», «Noche I-III», «Canción frívola», «La canción de los días felices», «Canción marina», «Cuarta noche», «Canción de noche», «Cancionela», «Canción cubista» y «La canción del regreso».

2 «Ananké», «La Walkyria», «Los robles», «La oración del monte», «Efímera», «Los espinos», «Balcones de la tarde», «Fantasía», «Estival», «Nuestra Señora de los Preludios», «Mística», «Amalia» y «A Isajara».

3 Simbólicas (1910) está compuesto por treintaicuatro poemas, entre los que destacan: «Marcha fúnebre de una marionnette», «Eroe», «Rêverie», «La dama i», «El pelele», «Los reyes rojos», «Las torres», «Diosa ambarina», «Shyna la blanca», «El dominó», «Juan Volatín», «Los alcotanes» y «Hesperia».

4 La canción de las figuras (1912) está compuesto por veintiocho poemas, entre los que destacan: «La niña de la lámpara azul», «Las candelas», «El caballo», «La muerte del árbol», «Marginal», «El dios cansado», «Elegía del mar», «Las naves de la noche», «Jezabel», «Antigua», «Peregrín cazador de figuras», «Medioeval» y «Avatara».

5 Sombra (1916) está compuesto por cuarentaiséis poemas, entre los que destacan: «La muerta de marfil», «El dios de la centella», «Incaica», «El cuarto cerrado», «El horóscopo de las infantas», «Colonial», «La barca luminosa», «El estanque», «La pensativa», «Alas», «El paraíso de Liliput», «Negro sayón», «El dolor de la noche», «Los sueños», «El viento», «El andarín de la noche», «Los muertos» y «El astro».

6 Rondinelas (1929) está compuesto por treintaicuatro poemas, entre los que destacan: «La niña de la garza», «Los gigantones», «La danza clara», «Vespertina», «Patética», «Preludio», «Favila», «Véspera», «La noche de las alegorías», «Hespérida», «Campesina», «La cita», «Sonela», «Tiza blanca», «Los altares del camino», «La muerte del ciervo», «Caballito» y «Las alfas».

7 De 1922, es el poema más largo escrito por Eguren.

8 Esta sección está compuesta por quince poemas divididos en tres secciones (primeros poemas; poemas intermedios; últimos poemas), entre los que destacan: «Campestre», «La arañita», «El centinela de fuego», «Princesita», «Mariposa», «Dos de enero», «Romanza de Lima», «Kábala» y «Las diosas de las estrellas».

9 Esta sección está compuesta por veinticuatro poemas, destacan: «Clementina», «A la señorita María Caridad de Agüero», «A Enrique Bustamante y Ballivián», «A Chocano», «Ribereña», «En las músicas liliales», «A Maruja», «Como ala viajera…» y «Madrecita».

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