Cartas a Véra, de Vladimir Nabokov (1)

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Portada de “Speak, Memory” (Penguin 2000). En la primera foto vemos a Dmitri Nabokov y Vladimir, a la edad de siete años, en 1906.

“Probablemente tuve la infancia más feliz que quepa imaginar” (Entrevista con Nabokov, 1972)

Vladimir Nabokov —nacido el 23 de abril de 1899 (en realidad 10 de abril, puede consultarse en Internet los problemas que ocasionó el cambio del sistema juliano al gregoriano) en San Petersburgo, Rusia— es reconocido como uno de los más grandes escritores del siglo XX. Sus obras hablan por sí mismas, y debido al interés por estas, los investigadores nos han proporcionado fuentes diversas para conocer más a este esquivo autor, quien compartió su idílica infancia, de la que tanto se enorgullecía, con sus lectores en Habla, memoria, pequeño volumen cuya composición fue primero episódica antes de alcanzar la edición definitiva como libro (la versión previa se llama Conclusive Evidence y no ha sido traducida al español). Entre los textos claves sobre el autor destacan los dos tomos de biografía (Los años rusos y Los años americanos), escritos por Brian Boyd; las Selected Letters 1940 – 1977, recopiladas y traducidas por Dmitri Nabokov (hijo del autor) y Matthew Bruccoli; Stalking Nabokov, un libro en el que Brian Boyd reúne artículos e ideas que quedaron fuera de la biografía; la propia autobiografía Speak, Memory (Habla, memoria); Strong Opinions, libro en el que Nabokov recopila las entrevistas que dio a lo largo de su vida, cartas a sus editores y artículos, una miscelánea más que interesante; entre otros. Ahora, con la publicación de Letters to Véra (Cartas a Véra), tomo editado por Brian Boyd y Olga Voronina, contamos con una fuente fundamental para comprender especialmente la vida del escritor durante su exilio en Berlín y su periplo europeo antes de viajar a Estados Unidos.

Al cumplir 18 años, la vida de Vladimir Nabokov cambió radicalmente: los bolcheviques tomaron el poder en Rusia y su familia, perteneciente a la alta aristocracia, si bien su padre planteaba reformas demócratas[1], tuvo que huir dejando todo atrás: inmuebles, dinero, prestigio. Pero, como aclara Nabokov en Habla, memoria

Mi antigua (desde 1917) querella con la dictadura soviética no tiene relación alguna con asuntos de propiedad. Mi desprecio para la émigré que ‘odia a los rojos’ porque le ‘robaron’ su dinero y sus tierras no puede ser más absoluto. La nostalgia que he estado acariciando durante todos estos años no es el dolor por los billetes de banco perdidos sino una hipertrofiada conciencia de infancia perdida. (72)

La familia Nabokov en 1908. De izquierda a derecha: el teckel Trainy; la madre de Nabokov; sus hermanas Elena y Olga, sostenidas por su abuela Maria Nabokov; el padre de Nabokov; el propio Nabokov, sentado en la rodilla de Praskovia Tarnovski, tía de su madre; y su hermano Serguéi.
La familia Nabokov en 1908. De izquierda a derecha: el teckel Trainy; la madre de Nabokov; sus hermanas Elena y Olga, sostenidas por su abuela Maria Nabokov; el padre de Nabokov; el propio Nabokov, sentado en la rodilla de Praskovia Tarnovski, tía de su madre; y su hermano Serguéi.

La peregrinación de los Nabokov inició en Crimea, lugar donde permanecieron dos años y del que también tuvieron que huir en una embarcación griega llamada Nadezhda (Esperanza). Posteriormente, Vladimir y su hermano Serguéi consiguieron estudiar en Cambridge gracias a una beca especial que no tenía nada que ver con el rendimiento intelectual de cada uno, sino con cuestiones políticas. Ya en Londres, Nabokov empieza a añorar Rusia y toma conciencia de todo lo que ha perdido:

Tenía la sensación de que Cambridge y sus famosas características […] no tenían ningún sentido por sí mismos sino que estaban allí como marco y sostén de mi rica nostalgia. Desde el punto de vista de los sentimientos, me encontraba en la situación del hombre que, tras haber perdido recientemente a una familiar muy querida, comprende —demasiado tarde— que debido a cierta pereza de su alma, drogada por la rutina, no se había preocupado por conocerla todo lo que ella se había merecido ni tampoco había sabido mostrarle plenamente las señales de su entonces no del todo consciente, pero ahora pleno, afecto. […] Y pensé en todo lo que me había perdido de mi país, en las cosas que no me hubiese olvidado de anotar y atesorar si hubiese sospechado que mi vida iba a virar de forma tan violenta. (Habla, memoria 259-260)

¿Cuál era el único medio para evitar perder totalmente a su patria? Según el autor:

Mi temor a perder, o a corromper, a través de las influencias extranjeras, lo único que había podido llevarme de Rusia —su lengua— llegó a ser indudablemente morboso y considerablemente más atormentador que el temor que experimentaría dos decenios después de no poder jamás llegar a elevar mi prosa inglesa al nivel de mi prosa rusa”. (Habla, memoria 264)

Nabokov en Cambridge
Nabokov en Cambridge

En ese momento Vladimir decide no solo retomar el estudio del ruso, sino también cultivar su arte, tanto en verso como en prosa, en este idioma. La posterior vida en Berlín será perfecta para eso (al menos al inicio; luego le escribirá a Véra desde París para decirle que detesta Berlín y que no habrá nada que lo obligue a regresar a esa ciudad), ya que no dominaba el alemán y de esa manera evitaba “corromper” su ruso.

A un semestre de concluir sus estudios, viajó a Berlín, donde vivía su familia. Pese al difícil proceso de adaptación, Dmitri Nabokov, el patriarca, logró sacar adelante a su familia y formó parte de la activa vida cultural de los emigrados. Junto con algunos amigos fundó Rul, uno de los diarios más importantes de la emigración rusa; además dirigió una de las editoriales más destacadas y participó en publicaciones y debates culturales y políticos. Como parte de sus actividades políticas organizó una conferencia en la que participó el ex ministro de asuntos exteriores ruso Miliukov, a pesar de que no compartía su propuesta para liberar a Rusia del control de los comunistas. Sin saberlo, la mañana del 28 de marzo de 1922 se despidió por última vez de su familia. Por la noche, durante la conferencia se produjo un atentado llevado a cabo por rusos monárquicos de extrema derecha: Peter Shabelski-Bork y Serguéi Taboritski. Dmitri Nabokov se percató de lo que sucedía y logró salvar a Miliukov de los tiros de Shabelski, a quien logró detener; sin embargo, en ese instante hizo su aparición Taboritski, quien disparó contra DN. Vladimir recuerda esa trágica noche en su diario: el momento en el que se entera por teléfono de que ha sucedido un ‘incidente’ durante la conferencia, el momento en el que él debe comunicarle esa mentira piadosa a su madre. La muerte de DN marca un cambio en el comportamiento de Vladimir (mientras su padre se esforzaba buscando trabajos para mantener a su familia, VN disfrutaba de una vida casi licenciosa en Cambridge).

Nabokov con su prometida Svetlana Siewert y la hermana de esta, Tatiana, Berlín 1921 o 1922.
Nabokov con su prometida Svetlana Siewert y la hermana de esta, Tatiana, Berlín 1921 o 1922.

Pese a que la situación económica de la familia había mejorado, con la muerte del patriarca tienen que empezar nuevamente. Preocupado por su familia, recibe un golpe más: hasta ese momento su relación con Svetlana Siewert tenía como derrotero el matrimonio, pero la situación económica del futuro esposo de su hija alertó a los padres de Svetlana y decidieron cancelar el compromiso el 9 de enero de 1923. Para olvidarla y conseguir un poco de dinero, Vladimir decide unirse como trabajador durante la temporada de cosecha de la granja de un amigo de la familia en el sur de Francia. Pero el destino (un tema fundamental en la narrativa del autor) le permitió atisbar un destello de luz un par de días antes del viaje.

La noche del 8 de mayo de 1923, en un baile de máscaras que tenía fines benéficos, Véra Slónim —una joven judía rusa que también había escapado con su familia luego de que los bolcheviques tomaran el poder en Rusia— se acercó a Vladimir (sin quitarse el antifaz en ningún momento), porque reconoció en él al poeta que publicaba en Rul bajo el pseudónimo de Sirin. Además de la conversación y de la belleza que se intuía a través de la máscara (muchos años después, Nabokov llamaría a su novela Look at the harlequins! “Look at the masks!”, en referencia al primer encuentro con la que se convertiría en su esposa), ella se sabía de memoria todos los poemas que el joven Sirin había publicado. Luego de esa conversación, ya en Francia, Vladimir compuso un poema llamado “Encuentro” (“pero ¿y si tú fueras mi destino?”, se pregunta el poeta en uno de los versos) y lo envió a Rul; era pues un mensaje con destinatario fijo. Para ese momento, Véra había empezado a colaborar en el diario y contestó al poema con una traducción de “Silencio”, cuento de Edgar Allan Poe.

Vera Nabokov, mediados del decenio de 1920.
Vera Nabokov, mediados del decenio de 1920.

Y el silencio sería la clave de una relación que duró hasta la muerte del escritor: Véra conservó la mayoría de cartas que Nabokov le escribió desde 1923, pero destruyó todas las que ella le envió. Sin embargo, al leer la correspondencia no estamos ante un monólogo, sino que Nabokov —expansivo en su uso del lenguaje y desesperado porque Véra respondía una de cada tres, cuatro o cinco cartas que él le enviaba— incluye en sus descripciones posibles respuestas de Véra, e incluso las preguntas que ella le hacía sobre algún detalle de alguna carta previa. Es así que mediante pequeños retazos podemos conocer un poco más de esta mujer que no solo fue su musa, sino también la principal responsable de que la obra de Nabokov alcanzara mayor difusión: 1) porque se lo exigía; 2) porque ella se encargó de mantener económicamente al matrimonio (los trabajos como preceptor, traductor y escritor de reseñas para los diarios de la emigración no cubrían todos los gastos de la familia) con el objetivo de que su marido se dedicara a escribir (tal confianza tenía en él); y 3) porque colaboró activamente con Vladimir al ayudarlo a mecanografiar sus cuentos y novelas, y también a traducir su obra al alemán (como se mencionó, él no lo dominaba) y otros idiomas, incluso a revisar las galeradas antes de la publicación para impedir erratas, entre otras actividades más.

Letters to Véra recopila las cartas escritas desde 1923 hasta 1976 (hay una carta posterior que no está fechada; Nabokov falleció en 1977), casi toda una vida que Nabokov resume así:

Una espiral de colores en una cuenta de cristal: así es como veo mi propia vida. Los veinte años que pasé en mi Rusia natal (1899-1919) se encargan del arco tético. Los veintiún años de exilio voluntario en Inglaterra, Alemania y Francia (1919-1940) proporcionan la evidente antítesis. El período que he pasado en mi país de adopción (1940-1960) forma una síntesis, y una nueva tesis”. (Habla, memoria 273-274)

Nabokov con Véra y su hijo, Dmitri, Berlín, verano de 1935.
Nabokov con Véra y su hijo, Dmitri, Berlín, verano de 1935.

El grueso de la correspondencia abarca el tiempo que la familia (Véra y Vladimir se casaron el 15 de abril de 1925; Dmitri, el único hijo de ambos, nació el 10 de mayo de 1934) permaneció en Berlín, su posterior viaje a París en busca de nuevas oportunidades (el ascenso de Hitler era inminente) y las visitas de Vladimir a Londres en busca de una posible cátedra. Con el avance del nazismo, casi pisándoles los talones, los Nabokov abandonaron Europa con rumbo a Estados Unidos, donde tendrían que empezar de nuevo (varios de sus amigos se quedaron en Europa; varios, incluyendo a Serguéi, hermano de Vladimir, murieron en campos de concentración) y llevaron una vida modesta hasta que la publicación de Lolita por Olympia Press en Francia se convirtió en un best seller. Pese a los problemas por los derechos del libro y la ganancia de la editorial, Nabokov renunció a su cátedra en Cornell y regresó a Europa junto con Véra. Visitaron Suiza y se alojaron en una habitación del Montreux Palace Hotel, habitación que se convertiría en su residencia definitiva. Como en Estados Unidos casi no se separaron, las cartas no son muchas, y estas disminuyen considerablemente cuando retornan a Europa; sin embargo, el calor de las primeras cartas se conserva hasta la última. Véra vivió trece años más luego de la muerte de Vladimir, y en todo ese tiempo se dedicó a velar por la obra de su esposo, tal y como hiciera desde que se conocieron en 1923.

Cartas a Véra, traducción al español de RBA.
Cartas a Véra, traducción al español de RBA.

Como comentarios finales, el libro editado y traducido por Boyd y Voronina recibió la autorización de Véra Nabokov y la de Dmitri, quien también quiso colaborar en la edición de la traducción, pero falleció antes y solo pudo ver los preparativos preliminares. El libro fue impreso por Penguin, y es un volumen precioso de formato grande en tapa dura; incluye una cronología, dos pequeños artículos a cargo de los editores, la resolución de los acertijos de las cartas (detalle que se comentará posteriormente), y un excelente apartado de notas al final, de modo que estas no dificulten la lectura de las cartas. La editorial RBA se ha encargado de la traducción al español (quienes han llevado a cabo la tarea de traducir las casi 800 páginas del original en inglés son Marta Rebón y Marta Alcaraz); sin embargo, se encuentran erratas que entorpecen la lectura, además de la presentación poco trabajada (formato grande, tapa blanda, buen papel, aunque la sección de fotos que Penguin ofrece en papel couché no se replica en esta edición española).

En la siguiente parte de la reseña se abordará el contenido de las cartas propiamente, a partir de los siguientes aspectos de la vida de Nabokov: la relación con Véra, la relación con su familia, su rutina como escritor, la vida de los emigrados y una pequeña nota sobre la vida en Estados Unidos y el regreso a Europa. [Rocío H]

[1] Vladimir Dmitri Nabokov, el padre del autor, estudió Derecho e intentó reformar el sistema político de su país. Su apoyo a la democracia le hizo rechazar la violencia del comunismo que se impuso con Lenin. Al inicio de su carrera fue ministro de Justicia de Alejandro III, y luego formó parte del consejo de Estado; sin embargo, se opuso a las decisiones del zar –sobre todo respecto a la pena de muerte, que él consideraba injusta y pretendía abolirla— y se unió a la oposición liberal con el objetivo de convertir al país en una monarquía constitucional. Para más información, se invita a consultar el primer capítulo de Los años rusos, de Brian Boyd.

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