Libro de los venenos de Antonio Gamoneda (1)

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Libro de los venenos debe ser la publicación más extraña que haya dado a conocer Antonio Gamoneda. En su escritura median más de 20 siglos; establecer su autoría no es una tarea sencilla, ya que en él confluyen diversos textos. El primero es un tratado escrito por el botánico Dioscórides, natural de Cicilia, Anatolia, durante el siglo I. Como es obvio, este no aparece en el griego original, sino en una traducción – segundo texto – realizada por el humanista español Andrés de Laguna. El Dioscórides de Laguna fue publicado en 1555 y contiene, además de la traducción, glosas y comentarios del estudioso segoviano. De esta versión, Gamoneda toma uno de sus libros, el sexto, cuya temática es la de los venenos y sus antídotos. El poeta español,  a su vez, comenta los textos de Dioscórides y Laguna, del mismo modo que este hace con el de aquel. El título completo del volumen publicado en 1995 – que contiene extractos del tratado de Dioscórides en traducción de Laguna, así como las anotaciones de este y Gamoneda, diferenciados por la tipografía empleada – es el siguiente: Corrupción y fábula del Libro Sexto de Pedacio Dioscórides y Andrés de Laguna, acerca de los venenos mortíferos y de las fieras que arrojan de sí ponzoña. Las primeras palabras enuncian una advertencia que embrolla aun más el asunto; se habla de corrupción, ya que Gamoneda modifica secciones del original de Laguna en aras de hacer el texto más rítmico y fluido; también de fábula, pues si bien el poeta evidencia una investigación y cita autores célebres en la materia (entre ellos, Hipócrates, Galeno, Aristóteles y Avicena), confiesa que en ciertas secciones ha modificado sus opiniones para “no desbaratar la proporción íntima del discurso”. A ello, debe agregarse que las glosas de Gamoneda citan extensamente el “códice” de Kratevas, un supuesto médico y botánico que habría pertenecido a la corte de Mitrídates Eupátor, rey del Ponto durante el siglo I a.C.

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Dioscórides (40-90 d.C)

En la “Noticia”, escrita a modo de prefacio, Gamoneda se anticipa a las posibles discusiones en torno a la naturaleza genérica del Libro de los venenos. El autor (si cabe llamarlo con este nombre) desliza hasta tres posibilidades: considerarlo “un tratado científico enraizado en la antigüedad, acrecentado en tiempos renacentistas y nuevamente desarrollado en nuestros días” (1); sostener que se trata de un “texto narrativo, más alguna divagación medianamente lírica, sobre los efectos de un repertorio de venenos (…) entendiendo que las ocurrencias tienen que ver con la crueldad de Mitrídates Eupátor (…) [y] Kratevas” (2); o finalmente catalogarlo como una “disforme novela cuyos protagonistas (además de los sanadores y los enfermos, de los envenenadores y los envenenados) serían las plantas mortales y las salutíferas, las bestias de la ponzoña, los miembros, los órganos, los humores, las sustancias…” (3). No obstante, Gamoneda afirma que en última instancia lo realmente importante, y cabría añadir el criterio unificador de un texto tan heterogéneo, es la búsqueda del lenguaje poético.

En ese sentido, el libro plantea una serie de interrogantes que no solo abarcan el debate acerca de los límites entre los géneros literarios, sino incluso las fronteras de la propia literatura y de cómo la poesía invade otros ámbitos normalmente asociados a asuntos más pedestres. Así, un discurso tenido por científico como el de Dioscórides deviene, fuera de su marco de referencia, en otro mundo y contexto, en mitología o poesía (no debe olvidarse que incluso el mito de la ciencia dura y objetiva se desbarata una vez entendido que el lenguaje, el instrumento de comunicación que emplea, es inherentemente metafórico – tal como lo demuestra Douwe Draaisma en Metáforas de la memoria). El hecho de que un mismo texto sea ora poético, ora científico, suscita asombro, pues es una señal de cómo es el lector – y con él está implicado su contexto social, ideológico, científico y cultural – quien le otorga carácter literario a un texto, y no este una de sus propiedades inherentes. La idea subyacente en la formulación del Libro de los venenos, que la poesía se reconoce a posteriori, no a priori, vincula dicho texto con la infructuosa búsqueda de la literariedad y lo inserta – así comoLagunaDioscorides sus ecos a la “muerte del autor” o a la “obra abierta” – en un horizonte que bien podríamos llamar postmoderno.

No obstante la imposibilidad de definir en términos esencialistas la naturaleza del lenguaje poético, es este el que unifica un texto aparentemente tan laberíntico. El instrumento del que se vale Gamoneda no es el tradicional verso, sino la prosa. Siempre musical, el lenguaje se distancia del lector, al imponer cierta oscuridad debido a la constante mención de plantas, minerales, venenos y antídotos que suponen un conocedor del tema; pues si bien en las glosas insertadas por el autor se busca aclarar ciertos términos, esta empresa no es “eficiente” puesto que, para ello, acude al mismo bagaje especializado y, en muchos casos, arcaico. De todos modos, es evidente que ese no es el objetivo de Gamoneda, quien se aboca a aprovechar la potencialidad poética del lenguaje. Desde esa perspectiva, la naturaleza textual del Libro de los venenos permite ofrecer ricos contrastes entre los diferentes estilos de sus “autores”. En particular, es notorio el contraste entre el lenguaje conciso de Dioscórides y la prosa renacentista de Laguna, compuesta por cláusulas más extensas y frecuentes digresiones morales o narrativas. Vale comparar algunos pasajes en que el humanista español parafrasea al médico griego, como en el siguiente:

El tóxico, según parece, se llamó así porque los bárbaros teñían con él sus saetas. (Dioscórides)

Toxon, en griego, significa la saeta y el arco, de donde vino a llamarse tóxico este género de veneno porque antiguamente los bárbaros (debajo de cuyo nombre los griegos entendían todas las naciones extranjeras) inficionaban con su licor las saetas para matar más presto. (Laguna)

Por su parte, la prosa de Gamoneda, elegante y por momentos arcaizante – más por la sintaxis que por el léxico –, es puntillosa en las descripciones naturalistas, pero fluida cuando adopta un tono narrativo. En estos momentos, casi siempre encubierto en la voz de Kratevas, el lenguaje tiende a la poesía. Léase, a modo de ejemplo, el párrafo en que habla del dryno:

El recuerdo de esta serpiente cae sobre mi corazón como una sombra y su figura pasa por el interior de mis ojos hasta que se enciende en su lugar el rostro amado. Siento en mí la suavidad de un lamento que no me pertenece, la temible dulzura de las palabras pronunciadas en la desaparición. Serpiente y llanto. Toda mi ciencia no es más que este gemido inútil; todos mis actos, sombras de pájaros en el agua.

[Mateo Díaz Choza]

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