Silencio de Blanca, de José Carlos Somoza

nínez mínguez

He construido con todo esto, en la soledad del ritual, una mujer invisible y vacía sobre la cama: cabello, gafas de sol, blusa extendida, minifalda, medias. Entonces retrocedí para contemplarla y sonreí: allí estaba, por fin, todo lo que es ella y que ella oculta cuando se muestra, pero que se revela con fuerza cuando no está. Por fin ella misma, ya que ella misma no existe: en esa interrupción, en ese abismo entre sus prendas, en esa nota de su silencio que también es música, y que se percibe precisamente porque no se escucha, porque no suena.

En este fragmento leemos las reflexiones de Héctor Hernando, un profesor de piano, acerca de su relación con Blanca, una misteriosa mujer que realmente no existe como tal debajo de sus prendas (el misterio de quién presta su cuerpo para darle vida se revela al final). El vínculo que los une es tan extraño como la existencia de Blanca. Los sábados por la noche llevan a cabo rituales eróticos que tienen dos reglas: el silencio y la prohibición del sexo. Y, sin embargo, ambos alcanzan el orgasmo. En cada ritual, existe una tensión clara entre la inexistencia de la mujer real y la criatura artística que respira y baila en cada puesta en escena que Héctor dirige. Para él, alcanzar el placer con Blanca tiene el mismo valor artístico que ejecutar alguna de las piezas de su maestro Chopin. Si bien estamos ante una novela erótica, la lectura se enriquece cuando se parte de la siguiente premisa: Héctor no desea a Blanca, Héctor desea emular a Chopin como creador y todo lo que escribe puede considerarse un homenaje al compositor y a la música, en general. Esto lo evidenciamos desde el título de la novela: en la música, un silencio de blanca es una figura que representa una pausa; hasta el final del libro, cuando asistimos a un recital en el que Héctor ejecuta una selección de Nocturnos.

silencio de blanca sonrisa
Silencio de Blanca. Colección La Sonrisa Vertical. Tusquets.

Silencio de Blanca es un comentario que Héctor escribe en los márgenes y al pie de la partitura de los Nocturnos. Después de todo, él considera que con el lenguaje (escrito o hablado) se pierde, que solo importan (o deberían importar) la música y el silencio. Sin embargo, lo que empieza como una pequeña anotación pronto se desborda y Héctor escribe/reflexiona sobre los rituales. Héctor registra en papel los nueve rituales (y cada uno de estos va encabezado por un Nocturno) que forman el ciclo de su relación con Blanca y que deben repetirse sin fin, pero también agrega unas notas aparte (siete en total), en las que construye una “biografía onírica” de Chopin, que dice más de él mismo que del compositor. Los cambios entre el tema principal (los rituales) y el acompañamiento (la biografía) no son abruptos, sino que van intercalados con anotaciones sobre cómo se debe ejecutar determinado pasaje del Nocturno elegido, y estas anotaciones son guías de cómo Héctor va ejecutando los rituales (“En la partitura: cambio de tema, agitato, rápidos arpegios de la mano izquierda, tumultuosos”) y sus relaciones en la realidad profana: cuando se encuentra con Elisa, su alumna que practica un estudio de Czerny; o con Verónica, una psicóloga que también escucha a Chopin (nótese el vínculo musical que une a Héctor con ambas y que ‘gradúa’ el interés que siente por cada una: si Blanca es el tema principal de su composición, Elisa y Verónica son las variaciones de este).

somoza
José Carlos Somoza

Esta es la estructura de la novela que nos propone José Carlos Somoza (1959), un autor español[1] considerado un best–seller por La caverna de las ideas (reeditada varias veces; traducida no solo al inglés, sino también a lenguas como el serbio, el islandés y el japonés; y ganadora del Gold Dagger 2002) y gran parte de su producción posterior, como la interesante Clara y la penumbra. Debido a la etiqueta de “best-seller”, su obra ha sido ignorada por gran parte de la crítica, pero es posible rastrear diversos estudios (artículos, capítulos de libros, reseñas) acerca de sus obras más celebradas. Silencio de Blanca, la segunda novela[2] que escribió y que ganó el Premio La Sonrisa Vertical, no corrió tal suerte.

Hablemos un poco de Héctor y su visión de la vida y el arte. A sus cuarenta años, ha dividido su día a día en dos espacios claramente diferenciados: el espacio del ritual y el espacio profano. El ritual, una experiencia sagrada, le sirve para poner en práctica la idea de que el arte es una experiencia individual, semejante a la búsqueda del ideal de los románticos, búsqueda condenada al fracaso porque aquella idea que se anhela es inaccesible, solo puede ser intuida o contemplada. Pero no se trata de una experiencia de la belleza, sino de lo sublime, en la que confluyen dolor y placer; esta situación de riesgo no toca al sujeto, que actúa más bien como un espectador. Esta búsqueda, obviamente, no está guiada por la razón, sino por el alma. Héctor le da forma a este ideal, lo encarna en Blanca, y con ella logra experimentar el placer perfecto, aquel que no está condicionado por el amor ni la violencia del sexo. Para explicar el tipo de vínculo que une al artista y su obra conviene recurrir a la metáfora de la llama doble de Octavio Paz. El sexo es la base, pero solo tiene un fin, la reproducción; el siguiente nivel es el erotismo, que prescinde esta finalidad y busca el goce en sí mismo; este tipo de relación debe ir acompañado del diálogo para que perdure y se convierta en amor. Héctor y Blanca no se aman y tampoco consuman sus encuentros; se trata solo de “roces, miradas, gestos, escenas provocativas pero fingidas”, lo suficientemente poderosos para que ambos alcancen el placer.

Héctor no toca a Blanca más allá de lo acordado porque eso implicaría traer abajo su ficción. Después de todo, para que represente totalmente a la música debe ser inaccesible:

Lo supe: nada se puede hacer, porque somos incapaces de modificar lo inaccesible. La música, por ejemplo, no existe ya cuando se siente. Se pierde al escucharse, y, perdiéndose, llega. No puede alterarse aquello que se oye, porque al oírlo ya fue: de ahí su líquida belleza.

Sin embargo, retomando el primer fragmento citado, sabemos que Blanca no existe debajo de sus ropajes. ¿Quién encarna a la silenciosa Blanca? Es un secreto que el lector descubre, horrorizado, al final de la novela. Como pista, el nombre del protagonista evoca a otro hombre/artista obsesionado, Humbert Humbert (el narrador de Lolita, de Vladimir Nabokov), H. H., Héctor Hernando. La ropa que da vida a Blanca es importante, desde el cabello largo y blanco, hasta los zapatos de tacón que usa cuando no va descalza. La ropa la elige Héctor y lo hace como quien viste a una muñeca: prescinde de las prendas interiores y la arropa primorosamente con minifaldas, medias, chaquetas, blusas, sombreros, guantes, pañuelos bordados…, y las siempre importantes gafas oscuras. El rostro, a propósito también como un disfraz, va cubierto por maquillaje. Los rituales se llevan a cabo los sábados, pero dependen del humor de Blanca, quien toma la iniciativa y, siempre tratando de prescindir de las palabras escritas, deja ‘notas’ en el buzón de correo en las que indica qué ritual ejecutarán, dónde y cuándo: a veces deja pétalos de una rosa, un pedazo de vidrio, una nota musical…

Los rituales se basan en los siguientes motivos: la rosa, la danza, el espejo, el castigo, la ceguera, el encuentro, la pérdida y la muñeca. Cada uno explora las diversas etapas y perversiones de una relación, solo aquellos momentos que valen la pena:

Raro, muy raro es crear el amor a partir de sus consecuencias: eludir el instante del conocimiento mutuo, o aquel otro de la charla intrascendente; obviar la inevitable primera cita o la lentitud en el descubrimiento de los gustos ajenos. Qué extraño pasar casi directamente al momento que nunca se olvida precisamente porque es único: aislar lo que de verdad merece la pena del amor y experimentarlo así, en su propia soledad, sin un antes ni un después. Blanca y yo no estamos enamorados: ésa es la clave.

Uno de los rituales más inolvidables es el de la pérdida, en el que Héctor debe reconstruir a Blanca con las prendas que ella ha dejado en su casa. Héctor explica los sentimientos que debe evocar (recordemos que todo es una representación, no se trata de verdaderos sentimientos):

No hay nada más hermoso que ese vacío que aguarda para llenarse. Y en esta ocasión he conseguido incluso esa tristeza lánguida de lo irremediable, imprescindible en toda pérdida, que a veces falta, porque soy consciente de la mentira; esa melancolía que fabrica la ausencia y que queda después casi como su único testigo […]. He descubierto que su ausencia, ya consciente, me vuelve ligero como un espíritu: no acorta el tiempo, no lo toca, pero me aleja de él y no lo siento transcurrir; las cosas ocurren leves a mi alrededor, como si viviera en el cielo.

Verónica llama a Héctor un “compositor de relaciones”; sin embargo, si bien tiene absoluto control de los rituales con Blanca, no puede resolver con éxito las relaciones del espacio profano. El vínculo con su medio hermano menor, Lázaro, es casi nulo, apenas si hablan; la presencia del adolescente es apenas una sombra en la casa de Héctor y también en la novela. Como Lázaro empieza a consumir drogas, Héctor busca la ayuda de una psicóloga, Verónica Arcos, una mujer ‘real’, cuyo cuerpo exuberante es completamente opuesto al delicado talle de Blanca; con Verónica, Héctor siente la necesidad de conversar, de escapar de Blanca y de compartir, pero Verónica le exige una relación normal, y Héctor se siente incapaz de complacerla. La tercera persona con la que Héctor se relaciona es la pequeña Elisa, una joven que toma clases de piano y que siente atracción por él, por lo que siempre intenta llamar su atención; cuando lo consigue, Héctor quiere incursionarla en las prácticas rituales, pero ella, al igual que Verónica, también exige que su relación se consume.

Chopin at 25, by his fiancée Maria Wodzińska, 1835
Chopin a los 25 años. Pintura de Maria Wodzinska, 1835.

Los problemas en su vida diaria, sobre todo la extraña atracción que siente por Verónica, a quien no quiere dejar partir, motivan a Héctor a reflexionar sobre su vida escindida. Sin pensarlo seriamente, escribe una biografía de Chopin. Se centra en la relación tormentosa que tuvo con George Sand (una mujer con apariencia de muchacho, y, por lo mismo, inaccesible) y su estancia compartida en Valldemosa-Mallorca, un lugar que se presta a la reflexión onírica, basta señalar que Mallorca se convirtió en un lugar de culto para los románticos europeos. La biografía parte de motivos claves (el cuerpo de una mujer azul que yace dentro de un piano; la luna y la noche como componentes que dan forma a la mujer ideal; una estatua de Venus o de Diana que parece cobrar vida en un cementerio; dos mujeres opuestas, una que se ofrece y otra que huye) a partir de los que Chopin-Héctor intenta desentrañar el misterio de la música. Del narrador omnisciente con el que Héctor escribe las primeras entregas, pasa al narrador en primera persona, última marca textual de la plena identificación del intérprete con el compositor. Como resultado de sus pesquisas oníricas, concluye que la música es una búsqueda solitaria del placer porque no se basa en la posesión del objeto de deseo, sino en la tortura refinada de saber que no se podrá tener aquello que se desea:

Y el sufrimiento de Chopin: saber que, para obtenerla [a George Sand], deberá interpretarla; es decir, tendrá que inventarla para poseerla, pero al hacerlo la perderá: esa será su única posesión; a pesar de la realidad física de su cuerpo de teclas y cuerdas, de su carne sonora… Para gozarla, Fryderyk deberá convertirla en música y hacerla desaparecer.

Resulta inevitable trazar un vínculo entre la relación Chopin-Sand y la de Héctor-Blanca: ambas misteriosas mujeres como obra y la posesión imposible de estos cuerpos como metáfora de la creación musical. En la última entrega, Chopin, cada vez más consumido por la tuberculosis, revela el misterio de su arte: dentro de su piano yace una mujer azul, y las teclas percuten en su cuerpo desnudo; con esta imagen se traza el último vínculo entre música y esa variante del erotismo que practica Héctor (prescindir de la posesión para alcanzar el orgasmo).

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Clara y la penumbra. Editorial DeBolsillo

La visión de arte que Héctor propone es condenable, porque se basa en el abuso; por lo mismo, esta experiencia no puede ser compartida porque la sociedad no la acepta. Sin embargo, Somoza explora la posibilidad de que un arte de este tipo no solo sea aceptado, sino también promovido en una sociedad que “consume” arte y que cansada de las pinturas impresas en lienzos busquen otra experiencia: la posesión de una pintura que se ha “impreso” en un cuerpo humano. En Clara y la penumbra vemos a las personas comprar cuerpos (porque estos dejan de ser personas, son cuadros u objetos) como quien lleva a su casa una pintura de Goya.


Para terminar, me gustaría comentar algunas referencias que he rastreado, además de Lolita. El motivo de la estatua que parece estar viva nace en el Romanticismo, exactamente en el cuento “La estatua de mármol”, de Joseph von Eichendorff, que a su vez es una relectura particular del mito de Pigmalión, y que inspiró otro clásico: La Venus de las pieles, de Leopold von Sacher-Masoch. No es una referencia directa, pero vale la pena mencionarlo: Rubén Darío, en El oro de Mallorca, dedica un capítulo entero a la estancia de Chopin y George Sand en Valldemosa. Los fragmentos de la biografía que Héctor escribe tienen elementos que evocan a los Nachstück (nocturnos), cuadros que se pintaban hasta mediados el siglo XVIII y que se basaban en los contrastes de luz y sombras que surgen en escenas nocturnas (podía ser luz de luna o de velas); de esta manera se buscaba resaltar o transformar aquello que se representaba (personas, objetos o paisajes). El término Nachstück pronto se trasladó a la música y a la literatura (recordemos los Nocturnos de Hoffmann). [Rocío H.]

[1] Nació en La Habana, Cuba, pero desde que cumplió un año vive en Madrid. Antes de dedicarse a tiempo completo a la literatura, estudió psiquiatría.

[2] Su primera incursión literaria fue, en realidad, Planos, pero se la considera más una novela breve. Fue reeditada en El detalle (tres novelas breves).

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