El libro de los venenos de Antonio Gamoneda (2)

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Vale la pena considerar los dos términos incluidos en la advertencia del título. La noción de “corrupción”, en sí misma, parecería conllevar una connotación negativa: deterioro, degradación cuya presencia es probablemente anuncio o evidencia de la muerte. Si bien tales significados se vinculan con el asunto del Libro de los venenos, sería reduccionista acotar el sentido del concepto a ese margen. Para Gamoneda, “corrupción” parecería más bien a aludir al proceso de revisión de un texto y así derivar, con mayor precisión, en “reescritura”. Un primer aspecto insoslayable es que el original de Dioscórides ha sido continuamente vuelto a escribir, primero por Laguna y luego por Gamoneda. Desde esa perspectiva, el libro es un texto infinito, una obra abierta que no deja de escribirse y adquirir nuevo sentido, en una cadena en que la idea de “original”, de texto matriz y verdadero, pierde pertinencia. Cabe resaltar que esta perspectiva del quehacer literario no es ajena a la poética de su autor: en Edad (1984), conjunto que reúne la primera parte de su obra, Gamoneda inserta una serie de variantes en muchos poemas, las cuales son explicitadas en el texto; en Reescritura (2004), el autor construye un poemario a partir de reelaboraciones de sus poemas anteriores. Así, no solamente la noción de reescritura es compatible con la obra del poeta español, sino que es constitutiva de su ética y estética. Parece decirnos: el poema nunca termina de escribirse, está siempre incompleto, jamás acabado; gracias a esa carencia, la poesía (¿y por qué no, el arte?) se asemeja a los seres vivos, en tanto cambia, muda, se desarrolla. La renuncia a la eternidad es, paradójicamente, lo que le da vida al poema.

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Reescritura         (Abada, 2004)

El otro componente contenido en el título es el de “fábula”, el cual alude inmediatamente a la naturaleza ficticia de lo literario, a su capacidad de inventar, decir la verdad a partir de mentiras. Así como en el caso de la “corrupción”, la cualidad artística despoja a la “fábula” de sus connotaciones negativas: de la falsificación o el engaño se llega a la imaginación y la creación. El hilo narrativo permite que este adquiera fluidez, en tanto provee la agilidad que el particular discurso poético-científico del resto del volumen no tiene. El lector rápidamente “se acostumbra” a esperar un relato al final de la descripción de cada veneno, planta o animal, lo que determina el ritmo de lectura.

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Ilustración de De materia medica de Dioscórides

Ahora bien, el narrador de los relatos (antes que protagonista pues él casi no actúa en estos sino que “dirige” la acción de los mismos) es Kratevas, un sujeto dueño de una crueldad tan extrema como refinada. Fácilmente puede apreciarse en la configuración del personaje un homenaje a la estética del decadentismo, corriente artística finisecular fascinada por la exploración de lo artificial (véase, por ejemplo, el espléndido capítulo dedicado a los hongos, en que las alucinaciones del personaje podrían recordar pasajes de De Quincey o Baudelaire). El sabio botánico evidencia un profundo desprecio por la vida; en la mayoría de los casos, la muerte de esclavos, prisioneros o enemigos de Mitrídates son tan solo accidentes insignificantes y, cuando la piedad lo alcanza, esta se traduce en una sola concesión a las víctimas: una muerte rápida e indolora. Kratevas encarna el credo esteticista que brinda mayor aprecio al arte que a la vida; en su caso, el envenenamiento, raramente la cura, se estatuye como una de las “bellas artes”. Por ello, el repudio a la vida se complementa con un culto a la belleza. Véase la narración de la muerte de Mardonio, adolescente a quien Kratevas amaba: la impotencia del sabio no solo se debe a no poder evitar la muerte del joven, picado por un ceraste, sino, de modo más general, por la fragilidad de la belleza. Luego de que este sea mordido, el botánico se dirige a los dioses: “No pueden amar, pero mejores sería si, al menos, advirtiesen la belleza. Hay un principio monstruoso en la divinidad”. Empero, Kratevas también puede sentir compasión ante la grandeza de quienes se enfrentan sin temor a la muerte, como en el caso de Cleodemo.

Por otro lado, la ironía es también un elemento que se desprende de los relatos de Kratevas. El lector tarda en notar que la crueldad será el común denominador de las narraciones, en las que los remates suelen defraudar cualquier tipo de humanitarismo. Priman la sutileza sobre la violencia, muchas veces debido a que se omiten las descripciones de los momentos de agonía, como en el caso de la muerte de Phu. Este era un esclavo que había enloquecido, por lo que Kratevas decide comprarlo para sacrificarlo ante un cencro (serpiente venenosa), ejemplar en particular que se había hecho molesto por haber causado la muerte de otros animales. Así, el botánico decide encerrarlos para deshacerse de ambos. La conclusión del relato, además de incluir el elemento sorpresa, rezuma la imperturbable frialdad característica de la obra.

Pero pasados treinta días, le entró el deseo de estudiar las reliquias de ambos difuntos y, abatida la pared, vieron los huesos de Phu mondos y resplandecientes, lo que no era causa de podredumbre natural sino mérito del cencro que con sus zumos disolvía la cualidad de la carne.

Y, estando en esos pensamientos, sintieron crujir yerbas secas y que el cencro se iba con muy buena salud monte abajo.

Sin embargo, existe otro tipo de ironía en el Libro de los venenos: aquella que dirige el narrador (la voz de Gamoneda) hacia los otros autores, particularmente Laguna. Allí enfatiza cómo muchas creencias, cuyo origen más sociológico que biológico es fácil de determinar, se daban por científicas en épocas pretéritas. Ello es evidente al hablar de la sangre menstrual de la mujer, a cuyo tacto Laguna culpa, entre otras cosas, de oxidar el hierro, volver estériles a las plantas, embotar los filos de las armas o malograr los espejos. La respuesta de Gamoneda no deja de ser irónica y elegante (“triunfe Laguna con sus fantasías y farmacias, que son, en forma y número, como si los bebedores de menstruo fuesen más que los de vino manchego…”), si bien su ironía es menos corrosiva que la de Kratevas.

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“Edad”, texto que compila los primeros poemarios de Gamoneda

Algunos críticos han considerado que Kratevas representa la voz del autor dentro de la polifonía que compone el Libro de los venenos, llegándose a configurar en su alter-ego. Sin embargo, es cuestionable querer homologar a Kratevas con Gamoneda (o bien, el “autor implícito”), porque la voz del botánico no es más que una del complejo entramado textual que configura la obra y, no necesariamente, la más presente. Más bien, me aventuro a sugerir, es uno de los tantos registros del que se vale el autor para abordar uno de los temas que más lo obsesionan: la muerte. En efecto, Libro de los venenos continúa la meditación en torno a la finitud que ya aparecía en sus poemarios anteriores, Lápidas y Libro del frío; para ello, el autor acude a otras tradiciones y emplea recursos y tonalidades disímiles. El resultado es un libro exigente, inquietante y sumamente original. [Mateo Díaz Choza]

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