El proceso, de Franz Kafka

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Franz Kafka, circa 1906.

 

Nacido bajo un régimen monárquico que ya no existe, Franz Kafka (Imperio Austro-Húngaro, 1883 – Austria, 1924) es conocido en español por dos malentendidos: la inscripción de su obra en el proceso de la narrativa alemana, y la explicación de su obra a partir de la categoría de lo fantástico, postulada así, sin mayor especificidad. Conviene contrastar dichos malentendidos con tres hechos que condicionan lo que podemos leer de Kafka a casi cien años de su muerte. En primer lugar, Kafka escribe en una variante del alemán que, en el contexto europeo del recién iniciado siglo XX, se forjaba en la tensión con el checo –lengua de sustrato en Praga- como una variante de menor prestigio y uso ante el avance comercial y administrativo del alemán moderno. En segundo término, debe considerarse que la edición de los textos de Kafka nos enfrenta ante una imagen distinta de una obra que, hacia 1924, solo estaba compuesta por dos colecciones de relatos (Contemplación, Un médico del campo) y relatos publicados en diversas revistas. La rara confianza de Kafka en Max Brod –amigo de quien se queja constantemente por hacer arreglos editoriales a sus espaldas, pero en cuyo juicio literario y editorial confía a plenitud- es el factor al que debemos la conservación y circulación de las póstumamente publicadas novelas El proceso, El castillo, y América, así como un conjunto de relatos que Kafka tampoco había querido poner en circulación, pero que se incluyen cronológicamente en algunas ediciones de sus relatos completos. Digo rara confianza porque bajo el lugar común de la destrucción de los manuscritos, que es lo que más se celebra e idealiza, parece instalarse la duda del propio Kafka sobre el estatuto de su obra en curso, que no es sino la convicción de no haber acabado el libro. Por último, un vicio interpretativo frecuente, que clasifica los libros por temas, estilos y formas, hace pensar la obra de Kafka como si fuera la extensión de las lecturas simplificadoras de La metamorfosis, en las cuales la transformación de un oficinista en artrópodo indefinido convierten a su autor en un obseso de lo monstruoso, y a los recursos ficcionales de la acción fantástica en su explicación más inmediata. Frente a la simplificación, creo que puede leerse a Kafka como un realista radical, pues su escritura se concentra en dos premisas de los diferentes realismos decimonónicos europeos. Corrigiendo el arreglo a la historicidad o el anclaje en la materialidad de una época, la obra de Kafka radicaliza la mímesis de la experiencia de la novela en el realismo, acaso en atención a la idea de que la experiencia siempre es subjetiva, así como al hecho de que todo énfasis de la percepción genera experiencia dejada de lado.

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Portada de la edición de Penguin Modern Classics, traducida por Iris Parry.

El proceso se compone de diez capítulos. A partir de un narrador omnisciente que focaliza al detalle las acciones de Josef K, la novela se abre con la inesperada y violenta intervención de agentes judiciales que le notifican al protagonista, un joven administrativo bancario, que debe acercarse a seguir un proceso judicial del cual nunca se conoce el motivo. Desde el planteamiento de la novela aparecen dos estrategias de representación que caracterizan la narración de Kafka: la insistencia pormenorizada del narrador en los detalles sobre los cuales el personaje focalizado construye su objetividad, y la subordinación de la información narrada a las reacciones que dicho protagonista puede tener. En ambos aspectos es decisiva la elección de la situación inicial, en la que, mientras se dispone a partir al trabajo, Josef K es interrumpido con una notificación. Unas pocas páginas de avance permiten advertir cómo la detención por agentes no uniformados representa no solo la alteración de los hábitos, sino la adecuada dramatización de cómo los estados anímicos modifican la disposición a la experiencia. Además de ser tímido, Josef K destaca por su comportamiento aspiracional, marcado por la imitación de modelos y prácticas sociales prestigiosas, lo cual puede verse, por ejemplo, en el temor de que su apellido se vea afectado por rumores negativos. También sucede que la interpelación policial inicial despierta en K el impulso de referirse a su puesto de trabajo para persuadir a sus captores de su condición de buen ciudadano, además del temor de que su familia pueda darle la espalda de verse envuelto en un proceso. Así, una de las virtudes mayores de esta novela consiste en ser una mímesis radical y detallada de la conducta del administrativo de extracción judía, que ha pasado por un proceso de movilidad social, y que intenta validarse en el espíritu de creciente profesionalización de la Praga de la década de 1910. En una escritura cuya estética implica la decisión política de referirse al cambio social a partir de sus signos en la experiencia vivida y sentida, K se convierte en el individuo que interactúa sin mayor preocupación que el día a día. Sin los énfasis retóricos y discursivos de la literatura panfletariamente comprometida, que sustituye con buenas intenciones la pobreza imaginativa que la respalda, ocurre en El proceso que la gravedad de la interpelación inicial son experimentadas por un protagonista que busca las conversaciones triviales de la pensión, se siente atraído por sus vecinas, pierde la atención con el abogado por envolverse con su asistente y amante Leni, o se siente frívolamente preocupado por pasar el tiempo libre con colegas de mejor posición socioeconómica, como el subdirector. El proceso parece haberse escrito a partir de la convicción de que una vida pendiente de la mera circunstancia respalda la convicción de que la experiencia social es apolítica, y coopera en disponer al individuo como instrumento del poder. Considero que el placer de la lectura se produce en la tensión entre cómo Josef K experimenta su proceso y cómo dicha experiencia es mediada por sus aspiraciones banales, su excesivo nerviosismo y lo blando de su carácter.

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Edición de Alianza Editorial, traducida por Feliu Formosa.

El motivo del nunca esclarecido proceso es decisivo en una narración que aborda cronológicamente la presión que un sistema legal informal, burocrático, ruinoso y arbitrario ejerce sobre el protagonista. Si se puede leer a Josef K como signo del inconsciente político, el sujeto constituido en ciudadano por el poder de la interpelación ideológica, o el oprimido voluntario de la dialéctica del amo y el esclavo, Josef K es también un personaje que parece concebido desde la premisa de que mucha de la experiencia humana carece de importancia, así como del hecho de que la experiencia humana se define a partir de las aspiraciones subjetivas y preconcepciones con que cada quien se figura el mundo. K, por ejemplo, tiene el deseo de cumplir debidamente un proceso que no puede comprender porque se le presenta incompleto. Pero como han dicho George Steiner y Edmund Wilson en su momento, conviene examinar si el problema consiste en que la experiencia es incompleta o si el caos percibido es un efecto de la percepción del protagonista. En El proceso ocurre que la sensación de no completitud de la experiencia le ocurre a un K que espera que la experiencia se parezca a sus imágenes mentales ideales, y que tiene poca o nula capacidad de reconocer el mundo como efectivamente se le presenta. La diferencia entre la expectativa del mundo frente a cómo este se presenta, mal caracterizada como fantástica, es más bien un efecto de la escritura trabado por la indeterminación de los hechos, que apenas nos da la idea de Praga por un dato biográfico y circunstancial. Coopera con la indeterminación el hecho de que El proceso muestra a un personaje que, por sus desarreglos emocionales, deja de atender a la evidencia material de historicidad que enseña el realismo, y más bien se concentra en detalles aleatoriamente seleccionados. Esto se puede ver bien hacia el final del capítulo 2, en el que, bajo la sola percepción de que su proceso es injusto, K lanza una extensa diatriba contra la institución procesal con la que prácticamente decide su suerte. Buena parte de dicho capítulo nos revela a un protagonista angustiado no solo por su extraña situación, sino también por toparse con una institución que opera en un edificio de vivienda sucio y miserable, en la que no pueden identificarse claramente las funciones ni a los agentes de justicia, y en el que el estado del edificio imposibilita que K reconozca lo que sus prejuicios le dicen debe ser la burocracia estatal. Parte del triunfo artístico que es El proceso radica justamente en el raro compaginarse de una sensibilidad ingenua con un entorno donde la precariedad hace difícil entender lo que sucede. En dicha alteración surgida de la ingenuidad, pero combinada por la forma en que la pobreza material pervierte la división de las funciones sociales y organizacionales no hay mucho de fantástico, sino más bien un acercamiento mimético a la manera en que todo realismo se funda en el arreglo a una historicidad. Nuevamente, es un despropósito afirmar que hay un régimen de representación fantástico donde hay un arreglo a la historicidad llevado al límite.

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Primera traducción al inglés de Willa y Edwin Muir (1937), reeditada por Schocken Classics (Hoy Knopf).

La gama escénica y episódica que organiza los diez capítulos de El proceso debe pensarse otra vez como material literario inconcluso que, sin embargo, ofrece un programa narrativo prácticamente acabado. El capítulo 8, que se encontraba inconcluso al momento de la muerte de Kafka, contribuye bien en el conjunto de la novela al presentar cómo las propias especulaciones de K son irrelevantes. Al enterarse de cómo el abogado lleva el caso del comerciante Block, y tras acumular la desesperación de no saber cómo proceder, la decisión de dejar al abogado recomendado por su tío le muestra que la incertidumbre y la especulación propia y ajena lo distraen de la naturaleza exacta de su experiencia. El comportamiento de K resulta paradójico: en vez de mirarse en el espejo de Block, que intenta hacer avances improductivos en su caso con otro abogado, K está más pendiente y concentrado en cómo Leni coquetea con Block del mismo modo en que había hecho con él anteriormente. Como había sucedido con Titorelli en el capítulo 7, una ambigua especulación sobre la extensión e inevitabilidad de los procesos ocurre tras la búsqueda de su taller y la repetición persistente de situaciones poco verosímiles, que se relacionan menos a su capacidad de decidir en los procesos que a su labor de retratista en los tribunales. A la par que crecen los rumores sobre su situación, la certeza de que su caso es ineludible lleva a K a renunciar al abogado en el capítulo 8 y casi de inmediato arrepentirse, pero también a escuchar de la experiencia del comerciante y no escucharla, y a negarse a sí mismo que Leni se comporta igual con cualquiera. El capítulo 9 muestra a un K desamparado que, tras cumplir la misión de guiar a un cliente italiano del banco, va a la catedral como quien intenta encontrar algo de calma, pero termina conversando con un sacerdote que trabaja de capellán en la prisión y conoce bien su caso. A los rumores iniciales se sucede la certeza del sacerdote de que el caso acabará mal. La ambigüedad del encuentro parece buscar en el lector la ambigua sensación de hallarse con un miembro del tribunal que a la vez se comporta como un emisario divino decidido a darle la espalda. Nuevamente nada de fantástico domina el episodio final de la novela, en que la presión del caso aumenta la sensación de pérdida de un K que, incluso cuando ya ha sido detenido,  apuñalado, parece decepcionado de que el proceso no se ha dado como esperaba, preocupado de más por la opinión que otros pueden tener sobre su suerte. [José Miguel Herbozo]

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