La inteligencia de las flores, de Maurice Maeterlinck

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What human eye will ever capture these silent dramas, too long lasting for our brief lives?
-Maurice Maeterlinck

Dicen que al escritor belga Maurice Maeterlinck (1862-1949) le fue negado el premio Nobel en dos ocasiones por sendas razones: su persistente adherencia al simbolismo y su aparente pesimismo en todo lo relativo a la acción humana, no eran fuentes de atractivo para la academia sueca. No fue sino hasta el 1911 que finalmente se le otorgó el galardón pues, para aquel entonces, Maeterlinck suponía ya una presencia ineludible sobre las artes modernas. No sólo sus obras teatrales le habían ganado amplio reconocimiento –tan sólo pensemos en las musicalizaciones que compositores de la talla de Debussy y Jean Sibelius elaboraron a partir de su Pelléas et Mélisande (1892)–, sino que el grueso de su producción ensayística de principios del siglo XX gozó de una recepción abrumadora. Alrededor de 250,000 copias de La Vie des abeilles (1901) fueron vendidas, mientras que su ensayística posterior –L’intelligence des fleurs (1907), La Vie des termites (1926) y La Vie des fourmis (1930)- contaría con cifras de venta similares. Instalado como referente obligado entre el público europeo, queda aún por medirse la acogida que Maeterlick pudo haber tenido entre las letras hispanoamericanas. Por lo pronto, tenemos testimonio del puertorriqueño Luis Palés Matos, quien en 1926 no titubeó en catalogar a Maeterlinck como uno de sus autores de cabecera. [1]

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Dicen, además, que a mediados del siglo XX, el nombre de Maeterlinck devino en poco menos que un murmullo. Uno de los autores más ávidamente leídos por viarias décadas en Europa, de repente, no figuraba por ningún frente, demostrando que ni un premio Nobel puede contra los embates del olvido y las modas. Y, sin embargo, ante semejante abandono por parte del público lector, ¿por qué ahora Maeterlinck? ¿Por qué reseñar lo que otros optaron por dejar atrás? En el 2008, la editorial del State University of New York (SUNY) publicó una excelente traducción de L’intelligence des fleurs (The Intelligence of Flowers), preparada por Philip Mosley. Dicha edición en inglés no nos debe resultar azarosa. La misma coincide con el creciente interés por parte de la academia estadounidense por aquello que corrientes más recientes del pensamiento han denominado como las “posthumanidades”. Pero, más importante aún, celebramos dicha traducción ya que pone a circular nuevamente un texto de honda hermosura, en el cual ciencia y poesía quedan hábilmente conjugadas para, desde dicha imbricación, intentar una aproximación al mundo, a menudo insospechado, de las flores.
Lejos de perpetuar antagonismos, Maeterlinck nos regala un texto que hila lo arbitrariamente desunido. Aquí, ciencia y poesía suponen dos modos de conocimiento interdependientes, guiados por un mismo horizonte inquisitivo. Desde una doble perspectiva de botanista y poeta, The Intelligence of Flowers propone rearticular la relación del hombre con la naturaleza y, para ello, redirige su mirada a los espacios más recónditos, aparentemente pasivos y uniformes, de la naturaleza:

This plant world that strikes us as so tranquil, so resigned, where all seems to be acceptance, silence, obedience, reverence, is on the contrary one wherein the revolt against destiny is at its most vehement and most obstinate. The essential organ, the nourishing organ of the plant, its root, attaches it indissolubly to the soil. If it is difficult to ascertain, among the great laws that overwhelm us, the one that weighs heaviest on our shoulders, for the plant there is no doubt: is the law that condemns it to immobility from birth to death (Maeterlinck 2-3).

Ciertamente el gesto de Maeterlinck no es un hecho aislado. Al insistir sobre una forma de actividad vital propia al mundo de las plantas, participa de lo que el poeta estadounidense Robert Hass ha descrito como el interés que una variedad de autores de principios del siglo XX tomaron en torno al mundo natural. En tanto la naturaleza constituía una instancia de otredad, animales y plantas comenzaron a pulular de maneras insólitas en textos, tanto literarios como científicos. El efecto desfamiliarizador que el mundo natural proporcionaba al curioso espectador resultaba un atractivo puesto que expandía los límites de lo “real” en la medida en que paradójicamente ponía en jaque el alcance, no sólo de los mecanismos de observación del individuo, sino también la eficacia de su lenguaje para expresar aquello que se le demostraba al otro lado de la mirada. En diálogo con el científico Edward O. Wilson, los comentarios de Hass vienen al caso: Poetic species

The idea that every creature has its own reality scared poets at the beginning of the twentieth century, made some of them feel we were groping blindly –it in effect kicked us out of a comfortable anthropocentric community- but it also allowed some modern poets this sense of absolute mystery at the core of existence. It came of knowing that we would never know exactly what a bird’s experience is. It has been an unhousing of the imagination, and it was brought on by the thrust of science to be at home in the world by understanding it (55).

Habría que considerar, entonces, The Intelligence of Flowers dentro del mismo universo epistémico que posibilitó textos tan multiformes, que transitaron con admirable desenvoltura entre el lirismo y la objetividad, entre la subjetividad y la impersonalidad, y cuyo principal móvil era el afán de sorprender las cosas justamente en sus especificidades. Entre estos, podríamos incluir los New Poems (1907-1908) de Rilke, Birds, Beasts, and Flowers! (1929) de D.H. Lawrence, A Foray into the Worlds of Animals and Humans (1934) de Jakob von Uexküll, Los cinco sentidos (1955) de Tomás Blanco, sólo por mencionar algunos de mis favoritos.

Ahora bien, ¿en qué consiste la singularidad de Maeterlinck al incursionar el mundo de las flores? A lo largo de treinta breves secciones en las que el autor practica una suerte de “zoom-in” sobre un puñado de especies (con especial atención a las orquídeas), el autor acerca un saber especializado al lector común de su época. Esto lo logra, no sólo mediante la maestría de un lenguaje ambos directo y lleno de perplejidad –el cual se vuelve objeto de entrega al espectáculo de la naturaleza, y no viceversa- sino a través de su ejemplar ejercicio de mirada. Contrario a ser forzosa o excesivamente general, la mirada del belga se detiene con sumo tacto sobre las particularidades que escapan las mismas categorías científicas, y que en sí guardan las marcas sutiles de una experiencia que podríamos relacionar con la humana. Es decir, que Maeterlinck, posterior a sus indagaciones sobre la vida de las abejas, ahora elija a las flores como protagonistas de sus ensayos responde, sobre todo, a que ve en ellas un modelo apto con el cual relacionar los esfuerzos y esfuerzos que, hasta el momento, sólo habían sido considerados privativos del hombre.

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Para este salto comparativo, Maeterlinck propina un golpe al gobierno del humano sobre las especies (“I wish merely to draw attention to several interesting events taking place around us in this world wherein we believe ourselves rather too vainly to be the privileged ones” [22]), lo cual implica también dar con aquellos lazos entre especies que una mirada jerárquica de la naturaleza suele soterrar. Y esto es The Intelligence of Flowers: un intento por reenfocar la mirada, por entrever como quien se desliza entre un denso follaje, el encuentro siempre presente, aunque altamente velado, entre la experiencia del hombre y la naturaleza. Maeterlinck echa manos de la orquídea americana (la Catasetidae) para ejemplificar dichas correspondencias:

Is it not exactly in this way, by trifles, by repetitions, by successive alterations, that human inventions progress? […] We could truly say that ideas come to flowers in the same way they come to us. Flowers grope in the same darkness, encounter the same obstacles and the same ill will, in the same unknown. They know the same laws, same disappointments, same slow and difficult triumphs. It seems they have our patience, our perseverance our self-love; the same finely tuned and diversified intelligence, almost the same hopes and same ideals. Like ourselves, they struggle against a vast indifferent force that helps by helping them. Their inventive imagination follows not only the same cautious and painstaking methods, but also takes unexpected leaps forward that suddenly finalize an uncertain brainwave” (41-42).

La vida como contienda es, pues, una experiencia que traversa las especies. El empleo de las símiles (la recurrencia del “like ourselves”) podría resultar desconcertante ya que parecería perpetuar el modelo humano como principal referente de comparación. No obstante, Maeterlinck, altamente consciente de su empresa por descentrar el privilegio humano, da una vuelta adicional a la rosca. Para él, el humano no es capaz de creación original. Su lugar es inevitablemente derivativo, pues cada acción, cada movimiento, estuvieron ya previamente contenidos en los trabajos de la naturaleza:

Now what do we observe, in catching nature at work? […] It is, in fact, highly uncertain that we have ever invented a beauty entirely our own. All our architectural and musical motifs, all our harmonies of color and light, etc., are borrowed directly from nature. Without evoking the sea, the mountains, the skies, the night, the dusk, what might one not say, for instance, of the beauty of trees? (54).

Al derrocar la centralidad de lo humano, Maeterlinck apuesta, por otro lado, a una visión relacional entre lo humano y la naturaleza:

We have taken for a long time a rather foolish pride in believing ourselves to be miraculous beings, unique and wonderfully open to chance, probably fallen from another world, without clear ties to the rest of life and, in any case, endowed with an unusual, incomparable, awful ability. It is far preferable to be nowhere near so prodigious, for we have learned that prodigies soon vanish in the normal evolution of nature. It is much more consoling to observe that we follow the same path as the soul of this great world, that we have the same ideas, the same hopes, the same trials, and –were it not for our specific dream of justice and pity –almost the same feelings (60).

La mutua vulnerabilidad y la mutua transitoriedad –nociones habitualmente vinculadas a la angustia- de repente devienen en principios de sosiego, dado que dicha aceptación nos re-instalan en el mundo.[2] En este punto, humano y flora convergen de manera horizontal a modo de “especies aliadas” (“companion species”), tal vez como expresaría la filósofa Donna Haraway.

Y más allá de esta visión relacional, probablemente uno de los gestos más hermosos en The Intelligence of Flowers reside en su conciencia, esto es, en reconocer que pese a los intentos de observar las flores desde las flores mismas, la experiencia y la perspectiva del observador serán siempre inexorablemente “humanas”: “I know, speaking thus, that I speak somewhat like the bishop who admired the fact that providence always made great rivers flow to great cities, but it is difficult to envisage these things from a nonhuman point of view” (55). Pero de ahí precisamente la alegre concesión al misterio de The Intelligence of Flowers, pues admite que todo acontece, allí, en donde al ojo se le niega entrada. Así, un texto distintivamente marcado por una mirada atenta y receptiva también se permite abrazar ciertos invisibles:

“That is just about all we can see, but here, as in everything, the really great miracle begins where our gaze comes to an end” (38).

[Claudia Becerra]

[1] En entrevista con Antonio Coll Vidal, Palés Matos describe los logros de la obra de Maeterlinck: “Como Proteo […] vemos al gran poeta belga en continuo cambio, en perenne renovación, en perpetuo avatar, asomándose a todos los problemas, oteando el fondo de todos los enigmas, descorriendo el velo de todos lo misterios. En este siglo de especializaciones, la figura de Maeterlinck, con su inquietud proteica y trascendente, que va desde las bellas concepciones literarias hasta las complejas ciencias biológicas, sólo encuentra paralelo entre los humanistas del renacimiento […]” (Prosa 293). Y sobre el pesimismo atribuido al belga, Palés añade y matiza: “[su pesimismo] resulta a la inversa de sus precursores, esencialmente constructivo, porque es un fatalismo que acepta, conscientemente, los hechos consumados, la inexorable voluntad de lo desconocido; pero al aceptarlos los razona, estudia y analiza, con una suerte de optimismo tan esperanzado, que resulta la paradoja espiritual más hermosa del siglo” (294).
[2] Difícil no recordar a Rilke en dicha forma de aceptación , que haciendo referencia a sus Elegías, le escribe a su editor, el Sr. Hulewicz, lo siguiente:  “La naturaleza, las cosas de nuestro trato cotidiano y de nuestro uso son, por cierto provisionales y caducas, pero son, mientras estamos aquí en la tierra, nuestra propiedad y nuestra amistad; ellas son consabidoras de nuestra alegría y de nuestra miseria y ya fueron confidentes de nuestros antepasados.  Así, no sólo no hay que descalificar y degradar lo de aquí, sino que precisamente por su provisionalidad, que comparte con nosotros, estas apariencias y estas cosas tienen que ser comprendidas y transformadas por nosotros por medio del entendimiento más entrañable… ¿Transformadas?  Sí, porque nuestra tarea es ésta: impregnarnos de esta tierra provisional y caduca tan profundamente, tan dolientemente, tan apasionadamente, que su esencia resurja en nosotros, invisible.  Somos las abejas de lo invisible…” (27)

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