La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo

“Hombre vea, yo le digo, vivir en Medellín es ir uno rebotando por esta vida muerto. Yo no inventé esta realidad, es ella la que me está inventando a mí. Y así vamos por sus calles los muertos vivos hablando de robos, de atracos, de otros muertos, fantasmas a la deriva arrastrando nuestras precarias experiencias, nuestras inútiles vidas, sumidos en el desastre”.

portada-la-virgen-de-los-sicariosEl fragmento anterior es narrado por Fernando, un gramático homosexual que recorre las calles de Medellín despotricando contra los males de la ciudad, acompañado por Alexis, un sicario (casi por regla, solo los jóvenes pueden pertenecer a la ‘cofradía de sicarios’). Si bien el título de la novela nos lleva a pensar que el libro trata stricto sensu sobre el sicariato, la novela está ambientada en un momento en que el gran capo del narcotráfico está ausente y sus esbirros, aquellos que ganan dinero al ejecutar las venganzas de otro, vagan por Medellín disparando a su antojo o por motivos personales. Lo que subyace en cada página de la novela y aquello que le da sentido a esta es la problemática de la ciudad: Fernando vuelve una y otra vez a la oposición entre el valle (Medellín) y las ‘faldas’ de los cerros (Medallo), que son tierra de nadie, de pobres, de sicarios. Esta diatriba contra la ciudad no solo se basa en lo evidente (la banalización de la muerte o la incompetencia del Estado), sino, y esto es lo más interesante de la novela, en cómo el lenguaje puede representar este submundo que ha impuesto sus reglas sobre la sociedad: las instituciones de la política y la religión están tan corrompidas que solo puede esperarse cierta justicia de mano de los sicarios, sobre todo de Alexis, quien deja su molde terrenal para convertirse en una figura mítica: un ángel vengador. La acción de la novela (una aparente historia de amor con un final trágico entre Fernando y Alexis) no tiene orden, básicamente escuchamos el discurso de Fernando contra la sociedad que no puede cambiar, pero sí denunciar, mientras que Alexis se encarga de eliminar a todos aquellos que contribuyen a este mal estado de las cosas.

Si bien esta búsqueda de un lenguaje que represente el mundo de los sicarios (Fernando se presenta como un traductor ante nosotros, los lectores/extranjeros) es un punto fuerte de la novela, por momentos termina agobiando. Hay menciones que no contribuyen, más bien quitan ritmo a la historia; por ejemplo, basta señalar que se cita varias veces el clásico “hideputa” de Cervantes sin mayor razón que la de ¿enfatizar? los insultos de Fernando (y quizá insistir en su condición de único intelectual frente a todos los demás, que casi son catalogados como iletrados: Alexis apenas puede firmar); además, hay un pasaje en el que, en tono didáctico, explica la diferencia entre debe y debe de, que tampoco ayuda a la narración; lo mismo sucede con otras (constantes) referencias literarias. Perdido en algunas disquisiciones, y quizá indignado por el caos que describe, el tema lo desborda y no termina de unir todas las piezas de la novela: la relación con Alexis (que empieza como un encuentro sobrenatural en el que el tiempo parece detenerse); la vida de los sicarios y de otros personajes del libro; la misoginia (ese odio hacia las mujeres, sobre todo si son madres y pobres, frente a la devoción que los sicarios sienten por la Virgen); la oposición entre Medellín y Medallo; la oposición entre el pasado del narrador y el presente, que es en realidad una vida de muerto; su condición de gramático; los males de la sociedad engendrados por la pobreza; el lado oscuro de las instituciones, como la Iglesia y el Estado, que operan impunemente sin que nadie (salvo un sicario con buena puntería) pueda hacer algo…

[Rocío H]

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