El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron

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Patricio Pron (1975) es uno de las narradores en español de menos de cincuenta años que ha llamado la atención tanto de la industria editorial como de los lectores. Su trabajo parece querer salir de las coordenadas temáticas que aprovecha la moda editorial y se ha normalizado en el mercado de la escritura de ficción. El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011) es su quinta novela y octavo libro de narrativa.

Compuesto de cuatro secciones y un epílogo, la novela se cuenta mediante párrafos episódicos, a partir de los cuales se relata la historia de un escritor que lucha por sobreponerse a una condición psíquica y a la pérdida del padre, procesos que dominan la primera parte del libro. El avance de la primera sección de la novela es desalentador, porque sostiene los factores que la ficción más reciente repite hasta el hartazgo: la responsabilidad de los padres en la infelicidad del adulto joven, quien, mal adaptado a su adultez, recapitula circunstancias de felicidad frustrada de la infancia. En ese cuadro, la narración se aproxima al presente como hacia un espacio en el que se encuentra a salvo de las miserias emocionales producidas por los padres. Un aspecto que distingue esta novela de Pron radica en el hecho de que, si bien los problemas de la novela no escapan del rango de las paradojas nimias de clase media –que se presentan como grandes crisis desde la novela latinoamericana del posboom– la primera parte involucra dos factores: primero, las miserias de la familia disfuncional y la pérdida temprana del padre, y segundo, el abordaje de cómo la vida familiar manifiesta en el ámbito doméstico las políticas totalitarias de la esfera pública.

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A medida que el narrador agota un discurso sobre su propio malestar depresivo en la primera parte, se encuentra con un archivo compilado por el padre, quien investiga el asesinato de Alberto José Burdisso, hacia fines de 2008. El material encontrado señala un núcleo de interés de la novela: la mala fortuna de Alberto José en relación al dinero que recibe, como reparación del estado, ante la desaparición de su hermana Alicia Raquel. Al centrar la pesquisa del relato en un asunto del sensacionalismo policial, la segunda parte de la novela es la que mejor funciona en términos de economía del relato, pues entrama el destino de Alberto José en una paradoja usual en dicha variante del realismo: la cooperación entre mala fortuna y malas decisiones del protagonista, y las malas intenciones de agentes que aparecen con la modificación de su suerte. Alberto José es encontrado muerto en un pozo, donde parece haber sido arrojado ya muerto por asfixia. La composición farsesca del capítulo se sirve de la mofa dramatizada –y bien– de un número no menor de registros: la escritura periodística, el parte policial y el morbo sensacionalista de la crónica roja para presentar a ‘Burdi’ como víctima de su propia ingenuidad, al poner su mitad de la casa que compra –con la persona con quien tiene una relación al cobrar el cheque– a nombre de una prostituta de la que se enamora, quien a su vez orquestará la ejecución que articula esta sección de la novela.

Pero el relato sobre la muerte de ‘Burdi’ da lugar a la historia de la hermana. El interés del padre en el caso, que se presenta como determinación del periodista profesional avant la lettre, permite al narrador descubrir que el interés de su padre en el caso de Alberto José responde a sus afinidades, entre fines de la década de 1960 e inicios de la de 1970, con Alicia Raquel. La pericia del periodista responde a la culpa sentida por el padre del narrador ante el destino de la amiga, desaparecida en 1977 en el contexto de las luchas entre tres grupos de cuadros paramilitares formados en organizaciones populares de izquierda, organizaciones de respaldo a Juan Domingo Perón y el ejército argentino, los cuales entran en lucha.

Dado que un énfasis de grado propio del thriller –que estructura la lectura en relación a la revelación de un dato morboso– se extiende entre las secciones tercera y cuarta, dicha división resulta insostenible. Lo mismo ocurre con la numeración aleatoria de párrafos episódicos que compone cada parte, puesto que la narración no persigue sino un único y doble motivo: revelar las verdaderas intenciones del padre, y escribir la historia de sus intenciones mejor de lo que este hubiera podido hacer. Al encontrar esta articulación, la novela se me comienza a caer de las manos. Estos factores desestabilizan la lógica de la novela, y se empieza a repitir los vicios que fundan la posmemoria: ese falso subgénero en el que un sujeto con una vida irrelevante establece un ajuste de cuentas con sus padres por haberle dado una infancia llena de dolor, plagada de manifestaciones indirectas de la violencia política, paranoia de la muerte inminente, o haber complicado a secas el desarrollo pacífico de los juegos de infancia. En esta novela de Pron no solo se presentan estos elementos que parecen más bien ociosos, sino que su afirmación contradice sus propios principios, pues la historia se funda única y exclusivamente no por la voluntad de que el “yo” descifre quien en realidad es su padre, sino porque además, quien tiene una vida llena de experiencias difíciles e interpeladoras es el padre y su generación. Otro momento en que la revancha emocional del narrador flaquea tiene que ver con la sensación de un triunfo por escribir la historia que el padre periodista no puede escribir. Esta premisa presenta dos paradojas: primero, el trabajo del padre como periodista es anterior a la forja de escuelas de periodismo modernas y ocurre en un contexto de riesgo real que la novela misma dramatiza y a veces expresa (162); segundo, el narrador se apoya en su capacidad de novelar como indicio de superioridad frente a su padre; sin embargo, lo hace con los materiales que el padre recopila y con las estrategias de dosificación y entramado del discurso periodístico. Cuando no lo hace, la narración reposa en la expansión patética de un yo al que le duele absolutamente todo lo que le ha ocurrido, y desde ahí declara una superioridad moral y estética que no se demuestra en la composición.

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Edición en inglés de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia

A medida que la narración progresa, la imbricación de la muerte de Perón, el ascenso de Lopez Rega e Isabel Martínez de Perón al poder, y el golpe de la junta de Videla permiten que la narración se resuelva en el único frente que parece importarle a la voz del narrador: un ajuste de cuentas con los padres, y que por ello traiciona el título de la novela. En una narración en la que nada específico ocurre a los padres mientras llueve y nada de los padres sube hacia ningún lugar, ocurre más bien que, como consta al inicio de la tercera parte, la narración es el desborde sentimental de un sujeto que dice ser artista porque así lo declara, aunque dicho reproche se le plantea únicamente al padre (133, 134-136). No es casual por ello que la contextualización histórica que propone la novela vuelva al modo de enunciación de la primera parte, en que la narración abandona toda dramatización y se vuelve irregularmente discursiva, plana, quejosa y literal. Considero que esto no es una azarosa desprolijidad sino la exposición de una forma de entender la experiencia que pareciera querer evitar el giro subjetivo de los últimos años pero que recae en él y con pesada inconsistencia. Lejos de lo que ocurre en las narraciones testimoniales, el yo de esta novela es un yo cuyo única relevancia está en su propia seguridad de ser superior al resto (163), cuando su narración es importante porque trata de asuntos que le ocurren a otra persona. El propósito de “contarlo todo” (143) sobre el padre agonizante y su pesquisa constituye una promesa vacía, que solo deja de serlo cuando se comprueba que no hay ‘afuera’ de la experiencia del padre, su pesquisa, y los materiales por él compilados.

Probablemente a ello se deba que la traducción al inglés ha querido adecuar el título a esta condición de la novela, modificándolo de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia a My fathers’ ghost is climbing in the rain, dotando a la figura del padre de una multiplicidad que el título en español no sugiere. Pron parece un narrador de recursos ponderables, pero este libro queda más como un reflejo de cómo el programa narrativo de la posmemoria se está convirtiendo en un tropo predecible e inconsistente. A la obra de Patricio Pron, en cambio, se le puede esperar mucho todavía. [José Miguel Herbozo]

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