La broma infinita, de David Foster Wallace (1)

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La broma infinita (1996)

Me enfrenté a La broma infinita (1996), de David Foster Wallace, en una larga batalla de muchos meses y, entre asaltos, leí otros libros. Me enfrenté. Las dimensiones y complejidad de la novela hacen de su lectura un reto. Algunos amigos se enteraron en el proceso de ese enfrentamiento y, al verme erguirme después de la batalla, preguntaron, después del qué tal, si había algo que no me hubiese gustado de La broma infinita, porque se ve que te has entusiasmado cuando has respondido que es una de las mejores novelas que has leído en los últimos años, que volverás a ella, que es un clásico. Empecé a sentir una creciente vergüenza por el desborde emocional que había desplegado (esta no es la mejor forma de ser crítico, de ser serio). Apurado, contesté por contestar que era el abuso de nombres, de personajes no solo secundarios, sino terciarios y cuaternarios que eran nombrados y que luego no volvían a aparecer o se diluían en la novela antes que en la memoria. Eso podría ser algo negativo, reafirmaba, arrebolado, sin atreverme a acompañar las palabras con una mirada directa a los ojos.

Esa, la interpelación, es la que considero como última etapa de un lector, sea este inexperto o versado. A partir de ella, puedo pensar en qué podré decir sobre La broma infinita. Y se me ocurre que, al menos, desarrollaré dos aspectos de los muchos a los que algún otro lector podría dedicarse.

El exceso de nombres

Esa era la parte mala, según una apresurada respuesta que fue examinada más tarde en la forma de un cuestionamiento. La pregunta natural: ¿por qué este exceso de nombres? No obtuve respuesta. Segundo intento de pregunta: ¿es un exceso? La duda creció.

Pensar en el término ‘exceso’ para un libro de más de mil páginas es una perogrullada. Eso resulta (y lo digo porque no encuentro otro camino fructífero) en que debemos atender a las explicaciones del exceso en la novela más que a la calificación de sus elementos como excesivos.

Lista de posibles excesos en la novela: nombres, perspectivas, páginas, descripciones,historias, pies de página, saltos temporales y términos eruditos (este último solo tal vez). También existe un exceso en el nombre de los años, que han dejado de ser nombrados de acuerdo a un número que parte del nacimiento de Cristo y son subastados a distintas empresas, que pueden adquirir los derechos para nombrar un año. Por ejemplo, uno de los años se llama «Año de la Ropa Interior para Adultos Depend» (ARIAD).

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Lista de los nombres de los años en el tiempo subsidiado. Nótese que la estatua de la libertad se convierte en la estatua de… la marca que subsidia el año. Autor: Keith Pille.

¿Por qué el de nombres resulta siendo, entonces, una dificultad, si todo en la novela es excesivo (obsesivo, también)? Porque la economía narrativa sugiere que se nombren específicamente aquellos personajes que tienen importancia en la obra. Los extras deberían ser, de alguna manera, funciones, pues asignarles un nombre los dota de una singularidad que no vale la pena otorgarles si no tendrán un rol gravitante. Son objetos, como en los guiones en los que se puede leer «Polícía 1» y «Policía 2», quienes, por cierto, no tienen nada que decir en la obra pero deben caminar por la calzada de extremo a extremo con gesto de gravedad.

Quedan dos hipótesis: 1) David Foster Wallace era obsesivo (oh, seguramente lo era en algún grado) y debía nombrar a todos sus personajes. 2) El exceso de nombres tiene una explicación fuera de los trastornos psicológicos de los que suelen ser víctimas los escritores, según sugiere el cliché romántico. Bien, ahora sí puedo responder la pregunta inicial: ¿por qué este exceso de nombres? (Eso quiere decir que aposté por la 2).

Una de las historias que se narran se refiere a la Academia Enfield de Tenis (AET). En ella, existen innumerables alumnos que solo son nombrados un par de veces. Sus apellidos son largos y difíciles de recordar. Sucede lo mismo con la mayoría de residentes de otro de los lugares importantes de la novela: la Ennet House para la Rehabilitación del Alcohol y de las Drogas (redundancia, sic). (Aunque en ella los apellidos no son tan largos, igual son difíciles de recordar). La gran multiplicidad de alumnos y residentes convierte a todos en parte de una masa. Cierto. No obstante, también permite que sean individualizables, porque sus nombres son tan singulares que los diferencian entre la masa. A ese fenómeno me gustaría llamarle la teoría de los figurantes.

No se asuste (o te asustes); no haré exhibición de aparatos teóricos (que no los tengo, además) para explicar la novela.

Las series norteamericanas de los noventa solían desarrollarse en una cantidad limitada de espacios. Así, en El príncipe del rap (o El príncipe de Bel-Air, en España), casi todas las escenas se realizan en la sala de los Banks, la cocina de los Banks y el patio trasero de los Banks. Cuando el capítulo requería filmarse en otro escenario que recreara el exterior, si el lugar era público, se necesitaba una cantidad moderada de extras, cuya función se limitaba a sentarse, caminar o estar de pie y conversar en parejas o grupos, todo lo cual debía realizarse con naturalidad, pues no había necesidad de conocer las necesidades ni deseos de ese grupo de personas. Según lo que hemos resuelto nombrar teoría de los figurantes, estas vidas son importantes, por irrepetibles, por humanas.

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David Foster Wallace. Fuente: Google.

Es lo que se arriesga a realizar Foster Wallace. La cantidad de extras sin nombre se reduce al mínimo y encontramos miríadas de personas, con nombres, historias y deseos. El exceso de nombres no es la falta de manejo narrativo. Me permitiré pensar esta vez que se trata de un mensaje: todos merecen ser escuchados.

No voy a pretender adscribirme el término figurante como una idea propia. La broma infinita la menciona como parte de una explicación sobre la obra, hecha por él mismo, de James Incandenza, el único de los protagonistas que está muerto, como el padre de Hamlet, cuya vida y obra articula todas las historias. ‘Figurante’ proviene del ballet, nos enseña James, y se refiere a

…los personajes anónimos siempre sentados a las mesas; haciendo de extras en la barra, meras concesiones al realismo, pero siempre relegados y en segundo plano; y siempre manteniendo conversaciones totalmente silenciosas; sus caras se animaban y movían las bocas realísticamente, pero sin emitir sonido alguno; solo se podía oír a los protagonistas de la barra.

Más adelante, Gately (otro personaje, quien habla con James, aunque no se sabe si en el sueño, en el delirio del Demerol, o en una vigilia accidentada o fantástica) recuerda, de los figurantes, que «sus bocas se movían pero no se oía lo que decían, ni qué mierda de trabajo miserable debía de ser para los actores hacer de mueble humano» y reflexiona, al final, que la cámara que los filmaba, como el ojo humano, «tiene un ángulo perceptivo, un principio selectivo de quién es lo bastante importante para ser oído y quién solamente para ser visto».

Lo anterior me permite afirmar que la profusión de nombres significa un ejercicio de empatía que tiene su revés en la idea de la soledad.

Si el ser humano observa el mundo que lo rodea, no tardará en darse cuenta que es un figurante, que todos los seres humanos somos figurantes para la mayoría de personas en el mundo y que la fama es una de las maneras en que se huye de esa naturaleza insignificante. En efecto, esa idea desemboca en la irremediable soledad del ser humano, incapaz de transmitir la importancia de sí mismo a los demás. Ante esa verdad, tiene dos opciones: sufrir por el insalvable abismo entre la importancia que se da a sí mismo como individuo o asumir que, en palabras francas, todos son figurantes y nadie debe «hacer de mueble humano».

En ese sentido, me arriesgaría a afirmar que La broma infinita propone escuchar al otro (o, al menos, entenderlo, considerarlo) como única manera de vacunarse contra la miseria de la soledad inevitable. Hay más pasajes que permitirían confirmarlo.

Es entonces que uno puede llegar a pensar que, además de una novela sobre muchos otros temas, La broma infinita discute la soledad. El ámbito del tenis adolescente es propicio para hacerlo, ya que se presenta como un deporte del individuo. De hecho, James Incandenza y los profesores de la academia postulan que, en esta disciplina, los tenistas se enfrentan a sí mismos antes que a un contrincante. La persona frente a ellos es una oportunidad para superarse, incluso un aliado para rebasar los límites propios, como una pareja en un baile. En ese sentido, los alumnos de la AET son individuos ensimismados, presas de la zanahoria frente a ellos antes que cazadores de la zanahoria.

Puede (o puedes) suponer que hablar de hortalizas constituye un excurso, pero es otra de las figuras repetidas en la novela, que, para ser explicada, necesita de una historia. Imagínese un conejo al que se le ata una rama de cierta longitud al lomo, a una altura que sobresale por encima de su cabeza, entre las orejas. Una zanahoria pende de un hilo en la punta, de manera que el conejo la visualiza como objetivo y corre tras ella. Es, por supuesto, una imagen tópica. No obstante, sirve para explicar la ineludible soledad del tenista. Su zanahoria: el ranking juvenil que lo define como una promesa o un fiasco en el deporte.

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Afiche creado por admiradores de la novela. Fuente: Jesse’s Blog (jesselatour.blogspot.pe)

Por último, me gustaría apuntar que, así como es evidente la profusión de nombres en la novela, también se narra una historia que se refiere a lo contrario. En la filmografía de James Incandenza, difunto cineasta vanguardista (además de lo que se ha dicho de él líneas arriba), se erige Homo Duplex, un documental en el que se entrevista a catorce hombres que comparten el nombre John Wayne, pero no son el legendario actor norteamericano John Wayne. Este constituye un ejemplo de otra manera de individualización: son varios, distintos, los que comparten el mismo nombre, sin embargo, a Incandenza no le interesa el referente más importante de todos ellos, sino aquellos que son ‘figurantes’ del nombre y los sigue. De hecho, gracias a la filmación de ese documental, Incandenza encuentra al mejor jugador de tenis que será matriculado en la academia (es tan bueno que le ofrecen una beca), quien se llama, en consecuencia, John Wayne, uno de los personajes que calla un gran secreto y es incapaz de relacionarse con los demás en la AET.

El segundo de los aspectos que podría desarrollar sobre la novela no lo escribiré hoy. Debo estar tan agotado de escribir como usted (o tú) de leer. Gracias por hacerlo hasta el final. [Leonardo Cárdenas Luque]

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