Cartas a Katherine Whitmore

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Cuando muere un escritor —sobre todo cuando ha alcanzado prestigio—, es inevitable que surja bibliografía complementaria a su obra, desde biografías hasta epistolarios. Estos últimos son una ventana hacia el mundo privado del autor, una ventana a la que el lector se acerca y desde la cual contempla, como si fuera un voyeur, momentos de vida capturados en tinta o mecanografiados. Surgen de pronto ciertos reparos: ¿dónde está el límite de lo que puede ser publicado y de lo que no? Las respuestas son diversas, entre ellas destaca el interés del estudioso, aquel que busca entender el proceso creativo del escritor. Se debe tener en cuenta esto al momento de leer las cartas que el poeta Pedro Salinas (1891-1951) escribió a Katherine Prue Reding (1891-1951), y que han sido recopiladas por Enric Bou en el libro Pedro Salinas. Cartas a Katherine Whitmore (Tusquets, 2016). Las cartas, escritas a mano mayormente, con tinta verde y en papeles cuidadosamente elegidos, tenían un único remitente: la amante, la musa. El lector puede sentirse incómodo al ser testigo del ardor con que el poeta construyó un mundo cerrado que solo debía ser habitado por los amantes.

Consciente de esto, Katherine dudó en donar a la Houghton Library de Harvard las 354 cartas y los 144 poemas que recibió del poeta. Lo hizo finalmente en 1979 animada por Jorge Guillén, otro grande la Generación del 27 y gran amigo de Salinas. En una carta dirigida a Guillén, Katherine le manifiestó sus dudas: “Los manuscritos están a punto, pero, Jorge, es muy difícil para mí dejar estas cartas tan apasionadas para que un estudioso las lea y escriba sobre ellas. […] Sabes que siempre las he protegido con sumo cuidado, incluso de ti. ¿No es una invasión de la intimidad? Es una decisión que tomaré, pero es difícil”. Para entender el recelo de Katherine, se debe conocer quién era ella y cuál fue su vínculo con el poeta.

Katherine nació en Kansas, en 1897. Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Kansas, y se especializó en la Literatura Hispánica. A partir de 1930, dictó clases en Smith College, y en 1932 viajó a España para estudiar en Madrid. Su llegada —como cuenta ella en el texto que acompañó la donación hecha a la Houghton Library y que cierra magistralmente el libro editado por Bou— estaba predestinada. Poco antes, en París, una gitana le había anunciado al poeta que “un gran amor llegaría a su vida”, y él lo supo en cuanto vio entrar a Katherine al salón donde él dictaba. La notó desde el primer día, pese a que ella llegó tarde y que faltó a la clase siguiente. Algunos días después, aprovechando que conocía a Caroline Bourland, jefa del Departamento de Español del Smith, invitó a cenar a Katherine. Se siguieron viendo hasta que ella regresó a su país; así empezó la correspondencia que, al menos durante los primeros años que duró la relación, tuvo una frecuencia casi diaria.

Pero el vínculo entre ambos estaba destinado, también, a existir fuera de este mundo, el conocido por todos y regido por una serie de normas sociales, entre ellas el matrimonio: el poeta se había casado en 1915 con Margarita Bonmatí y tenían hijos. Al principio esta situación no fue un problema para ninguno; su relación era superior y, debido a la distancia, estaba circunscrita exclusivamente al ámbito textual; ambos estaban en el trasmundo. Katherine escribe: “Correspondí a Pedro sin ningún remordimiento de conciencia o sentimiento de estar obrando mal. Él había hecho girar círculos de magia a mí alrededor con su don de palabras y visión poética. Yo estaba en otro mundo. Había ocurrido un milagro”. Si hubo alguna duda de parte de ella, Salinas la despejó desde el inicio: “Y mira, no tengas temor, oye de quitar a nadie nada, queriéndome, no. […] Tú en mí no serás nunca nada malo, nada que robe algo a alguien, no. No tengas miedo. Seré cada día mejor. Tú me has alumbrado una nueva riqueza y por eso lo que a ti te doy a nadie se lo quito”.

En las cartas, Salinas voluntariamente evita las referencias al mundo exterior y se despoja de su yo social para dedicarse casi por entero al diálogo amoroso, a su rol como educador de la amada: le revela aspectos de ella misma de los que no es consciente, todas las potencialidades —espirituales, intelectuales y físicas— de las que se olvida debido al trajín diario y la frivolidad de la vida:

Ya no es por egoísmo por lo que debo seguirte a lo lejos en la vida, es por bien tuyo. Soy capaz de serte espiritualmente útil. Y me preparo, ¿sabes?, ante esta espléndida tarea: ayudarte a vivir, arrancarte de las fuerzas negras, de los poderes sombríos que te amenazaban. […] No, no, tú no has nacido ni para el escepticismo cínico, ni para la frivolidad desengañada, no. No te rindas nunca a eso. No te puedo imaginar paseando tu spleen por terrazas de grandes hoteles, con cualquier ser insignificante. Nunca. Cree en ti, cree en tu valor único, en tu distinción suprema, en la nobleza de tu alma. Y vive de ella. Yo de lejos, de cerca, te ayudaré. Hasta que no me necesites más.

Aunque pueda pensarse que la labor pedagógica va solo en una dirección, el poeta deja en claro que él también ha sido beneficiado por su amada. En una carta escrita luego de una visita al cementerio por el Día de los Muertos, Salinas le confiesa:

[Una confidencia] A mi yo de ayer. A ese yo que en los años anteriores iba al cementerio en estos mismos días, y se sentía ya como terminado, como habiendo pasado la parte mayor de la vida y sin embargo con mucho afán de vivir aún. ¡Pero este año, Katherine!, tú me has asistido como en todas partes. Allí en ese lugar donde se cruzan tantas cosas delicadas tú me acompañaste, prueba total del apoderamiento de mi alma por tu imagen. Y allí he sentido como la bendición de querer, de ser feliz, de amar con toda mi alma, de revivir, allí junto a las más exactas fuerzas del pasado, para lo que vendrá, para lo que vendrá de ti, y de mi amor. ¡Qué bueno es eso de confrontarse así, de vez en vez, con el pasado y con la muerte! […] ¡Cuántas veces, en estos últimos años, me he sentido, alma mía, bajo de tensión, desconfiando de mi sistema arterial-vital! Inclinado a rendirme, a ceder, a esa terrible cosa de seguir siendo, en vez de ser.

Quizá haya sido la distancia lo que hizo que Salinas viera en Katherine a un ser superior. El retrato que hace de ella en las cartas es el de una mujer de gran belleza física, muy inteligente y con gran empatía. Su delicadeza iba acompañada por su decisión y, en palabras de Salinas, su directness, características que lo sorprendieron puesto que eran tan diferentes de las propias de las mujeres españolas. Además de su vocación por la literatura, a Katherine le gustaba nadar y disfrutaba de la vida al aire libre, pero esto no implicaba que no destacase en un ambiente, quizá frívolo, como el de un bar o un salón de baile. Katherine, para el poeta, era vida, movimiento, y tenía esa mágica capacidad de transfigurar cualquier espacio por muy mundano que fuera para que fuera habitado solo por ellos. Esto sucedió cuando ella regresó a Europa en junio de 1933, a un programa de verano en la Universidad Internacional, que Salinas había ayudado a fundar. El Palacio de la Magdalena, citado a menudo en las cartas, era el lugar en el que se impartían las clases. Sobre esta temporada, Katherine comenta: “Fue una experiencia intelectual muy beneficiosa, pero no ofrecía una atmósfera muy propicia para el amor. La realidad empezó a filtrarse por las nubes de nuestro amor en vilo”. Volvieron a verse en 1934, pero no pasaron mucho tiempo juntos, pues Katherine debía dedicarse a su tesis doctoral. En febrero de 1935 Margarita descubrió la infidelidad.

la-vozAntes de este evento, hubo algunas sospechas, debido a que en 1933 el diálogo amoroso con la musa dio sus frutos: Salinas publicó La voz a ti debida, uno de los mejores poemarios españoles del siglo pasado, compuesto por 70 poemas (o un solo poema largo). En 1993 el crítico peruano Jorge Wiesse escribió —refiriéndose al tercer poema, “Sí, por detrás de las gentes…”, aunque puede decirse lo mismo del poemario—: “el autor describe el proceso amoroso, entendido como la búsqueda del ‘verdadero tú’ (y, también, del ‘verdadero yo’) mediante el rechazo de lo accidental y la afirmación de lo esencial. Lo esencial supone un ‘morir al mundo’ —a las convenciones, a la historia, a las pequeñeces psicológicas—, que es la única forma de ‘vivir de verdad’”. Wiesse, luego de analizar las referencias a Dante, Petrarca, Dante, Shelley y Bécquer, nota que “parece evidente que Salinas quiere ubicar La voz a ti debida dentro del canon del discurso literario amoroso occidental”. Las reflexiones de Salinas sobre el amor presentes en las cartas y las peculiares características de su relación con Katherine parecen haber formado parte del proceso creativo del poeta. Es mucho más fructífero enfocar la lectura desde esta perspectiva que solamente centrarse en los fragmentos de las cartas que fueron bocetos de los versos definitivos de La voz a ti debida.

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Aunque siempre se ha trazado un límite entre realidad y ficción, luego de la publicación del poemario, varios se preguntaron si el tú femenino a quien se dirige la voz poética tenía un referente real. Ciertos críticos apuntaron a la esposa del poeta, pero corrían rumores que sugerían que era otra la musa de Salinas. Algunos fueron recopilados por Montserrat Escartín —editora de una edición en Cátedra que agrupa los poemarios que forman parte del denominado tríptico amoroso de Salinas: La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento—. Escartín anota: “Años más tarde Margarita enfermó en Madrid. En cuanto Pilar [esposa de Rafael Lapesa] se enteró, fue a verla y recibió de ella esta confidencia: ‘Pilar, los poemas de amor que escribió Pedro están dirigidos a mí y no a otra, como por ahí se ha dicho’” (R. Lapesa), “Juan Ramón Jiménez apreciaba mucho la poesía amorosa de Salinas, pero ‘tal estima quedó rebajada de listón por el moguereño dado que los poemas estaban inspirados en vivencias afectivas extramatrimoniales” (A. Guinda), “Había renovado mi amistad con Katherine Whitmore, a quien había conocido en Madrid, excelente profesora de Smith College, mujer de gran distinción y belleza, ‘every inch a lady’, como se dice en inglés, sin pedantería profesoral, que había conocido a casi todos los grandes intelectuales españoles y había sido amiga de ellos. […] Se ha dicho que La voz a ti debida se había escrito pensando en ella; no lo sé; lo único que puedo decir es que lo merecía” (J. Marías).

 

El intento de suicidio de Margarita, en 1935, confirmaría las sospechas. Pese a lo terrible de la situación, Salinas no consideró siquiera la opción de separarse de su musa; ella, en cambio, decidió alejarse:

Nada volvió a ser lo mismo. La conmoción me devolvió a la realidad. Me di cuenta del carácter de nuestra relación y me sentí culpable. Estaba haciendo daño a otros. No era un ‘amor en vilo’, sino un amor que no tenía un lugar propio. Supuse que había llegado a su fin. Pero no para Pedro. Margarita había sobrevivido. Él no veía ningún motivo para separarnos —escribe Katherine—. Yo no podía entender la reacción de Pedro ante aquel trágico suceso. Parecía no ver conflicto alguno entre su  relación conmigo y con su familia. Les quería, respondía por ellos y en ningún momento contemplaba abandonarlos… pero me necesitaba. Yo era su musa, su amor, su gran pasión, y, para él, yo era tan necesaria como lo eran ellos.

Lo sería sobre todo luego de que Salinas partiera al exilio en 1936 debido a la Guerra Civil. Llegó a Estados Unidos y consiguió una cátedra en Wellesley College. Ese año le envió a Katherine un ejemplar de Razón de amor, poemario que se centra en el amor consolidado; las dudas presentes en La voz a ti debida (también en las cartas, Salinas teme que al estar distanciados Katherine se enamore de otro) ya no aparecen. Como señala Escartín: “el yo se mueve en un plano ucrónico que le permite volver al pasado, excluyendo las emociones demasiado vivas de La voz, para hallar una solución personal, una filosofía de vida fundada en el amor”. La frecuencia de las cartas disminuye. Podría decirse que Katherine huyó a México con el pretexto de las obligaciones laborales para evitar encontrarse con el poeta, pues temía retomar la relación. En 1939 se casó con Brewer Whitmore, un colega del Smith once años mayor que ella, y adoptó el apellido de este. Salinas, sin embargo, siguió enviando las cartas a nombre de Katherine Reding. En una de ellas le dice, casi como un reproche: “¿Qué tal, ‘buena mujer burguesa’, como tú te bautizas a ti misma en tu epístola? ¿Burguesa? ¿No habíamos quedado en que eras una Musa? ¿Has dimitido de ese alto cargo? Por algo será que ya hace tiempo que un cierto poeta que conozco como a mis entretelas, calla, y deja las cuartillas en blanco. ¿Será porque la Musa se le [ha] casado?”.

pedro-salinasPoco después, el poeta dejó Wellesley y partió a la Universidad Johns Hopkins. El tono de sus cartas no cambió, si bien escribió menos. A sus opiniones contundentes sobre la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, tragedias que habían arrebatado la vida de Federico García Lorca y Antonio Machado, le siguieron acompañando las confidencias amorosas, matizadas con consejos literarios (Salinas la había ayudado en la elaboración de su tesis doctoral; luego, le recomendó libros para la preparación de un manual de español), apreciaciones críticas sobre fotografía, pintura y arte en general, y su disconformidad respecto al giro historicista de la crítica literaria. Le contaba, además, sobre sus viajes (cuando estaba en España solía trasladarse a varias ciudades del país, como Santander; ya en Estados Unidos, viajó dos veces a México) y su amistad con otros poetas de la Generación del 27, especialmente Jorge Guillén a quien quería y admiraba por poder dedicarse completamente a la poesía (en España se quejaba algunas veces de sus compromisos labores, los que le impedían dedicarse a su obra).

Luego de un periodo de silencio (de 1943 a 1946), debido a la estancia de Salinas en Puerto Rico —dejó de escribirle porque temía que sus cartas fueran leídas por otros debido a la censura—, la relación terminaría de manera definitiva en 1947. En los poemas que se recopilaron bajo el título Largo lamento, considerado por parte de la crítica como un libro fallido, la impetuosa voz poética de La voz a ti debida se convierte en una sombra, debido al alejamiento de la amada. Son relevantes las anotaciones de Escartín sobre el poemario: “Si en La voz y en Razón se da una búsqueda ideal de salvación a través del amor, Largo mostrará la caída en la realidad cuando la amada deje al enamorado por otro. Su elección empujará al yo a buscar un refugio definitivo entre las sombras. Aquellas que pedían ‘un amor encarnado’, en La voz y Razón, ahora buscan un mundo de eternidades y no de presentes; dado que la pérdida irreversible de la amada ha generado un último deseo: conservar su recuerdo inmaterial fuera del tiempo”. Uno de los poemas de La voz a ti debida es casi como una profecía de lo que sucedería en 1947:

[…]

No.

Tengo que vivirlo dentro,

me lo tengo que soñar.

Quitar el color, el número,

el aliento todo fuego,

con que me quemó al decírmelo.

Convertir todo en acaso,

en azar puro, soñándolo.

Y así, cuando se desdiga

de lo que entonces me dijo,

no me morderá el dolor

de haber perdido una dicha

que yo tuve entre mis brazos,

igual que se tiene un cuerpo.

Que aquello, tan de verdad,

no tuvo cuerpo, ni nombre.

Que pierdo

una sombra, un sueño más.

La última vez que se vieron fue en 1951. El encuentro apenas duró unos minutos y Katherine no sabía que Salinas estaba enfermo. Ella le preguntó si acaso comprendía por qué habían tenido que separarse. Él contesto negativamente. En diciembre de ese año, Salinas murió en Boston. Como balance final de su vínculo con el poeta, Katherine escribe: “Él me ayudó en más maneras de las que puedo contar y estoy infinitamente en deuda con él. Y yo, ¿qué le aporté yo a él? Fuera un error o no, fui yo quien le di el ímpetu para crear su mejor poesía en las alegrías y en las penas. Ambos deberíamos estar satisfechos”. La musa murió en 1982.  [Rocío H.]

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