Celebración de la novela, de Miguel Gutiérrez

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  1. Nuevas necesidades

Escuché la conversación de dos intelectuales en la Casa de la Literatura, una discusión en sordina, entre mesa y mesa de cierto coloquio organizado por esos días. Se habían sentado en las últimas filas, ambos convencidos de la poca necesidad de las novelas. Así lo expresaron: los libros, al menos los de narrativa, ya no son necesarios. El argumento: para llegar a las mentes de las personas y realmente conmoverlas, es más efectivo el cine o, ahora último, las series. Cualquier historia, para contarse, ya no requiere del texto. Más prácticas son las imágenes.

Y se callaron cuando la voz del micrófono informó que se presentaría una novela reciente.

Habían dicho más, pero no pude retenerlo, ya que augurios de esa naturaleza inquietan y desconcentran a un lector como yo, que había empezado a leer un ensayo de Miguel Gutiérrez llamado Celebración de la novela. Me lamentaba porque el apasionado estudio que hacía de los cambios del género en el siglo XX parecía fútil para el presente multimedia que ellos resaltaban.

Nos quedará la forma, pensé, como vengándome en secreto de esos dos intelectuales en sus sillas y más tarde, en un café, leía cómo Gutiérrez confirmaba que Beckett había llevado al extremo la forma, el experimento con el lenguaje y los fonemas. ¿Qué más se podía experimentar en pleno siglo XXI? Me retracté, otra vez en secreto, de mi venganza.

  1. La naturaleza de la necesidad

Días después, me descubrí comenzando la segunda parte del libro, una que estaba destinada a revelar más sobre Miguel Gutiérrez que sobre el género novelesco, que hablaba más de él y su proceso creativo que del devenir de la novela en las últimas décadas del siglo XX.

Cuando terminé de leerla, me di cuenta que él había demostrado no que las novelas eran necesarias (eso a quién le importa —bueno, a esos señores de la anécdota—) sino que la lectura de las mismas, tanto como su escritura, para algunas personas, es una necesidad ineludible.

Celebración de la novela es un libro sobre la necesidad de escribir y sobre la necesidad de leer. La estructura del texto no pudo estar mejor pensada: el hombre que necesita las novelas empieza hablando de manera formal de ellas, como si dictara una clase sobre sus reflexiones literarias, y termina, despojado ya de palabras teóricas y categorizaciones, contándonos su vida. Esta, descubrimos, es inenarrable sin la imbricación de lo leído.

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Es en extremo gratificante para un necesitado (me permito el epíteto) lector apreciar la formación del canon personal del escritor desde la infancia. No importa si compartimos la pasión de Gutiérrez por Dostoievski y Alegría, sus ídolos juveniles, o estamos en desacuerdo con otros de sus juicios. La historia que cuenta en esta segunda parte es, de alguna manera, la historia de los necesitados lectores, de aquellos que no pueden recapitular épocas pasadas sin vincularlas con la ficción. Quien lo lea de esa forma, viajará sin duda al lugar en que se deslumbró por vez primera con un libro.

  1. “Mi único partido sería la novela”

Se descubre, conforme avanza la lectura de la segunda parte, que la urgencia de literatura también provocó desasosiego en Miguel Gutiérrez. El contexto en el que vivía le exigía comprometerse con las necesidades del pueblo y su adscripción al marxismo lo distanció de la escritura durante mucho tiempo.

La agonía entre el comunista y el novelista bregaba día a día en el interior del escritor. No se pueden escribir novelas en el corazón de la revolución: esta requiere propaganda, epopeyas que lejos están de aquello que le pedía su visión de mundo, infectada por el veneno que el autor de Memorias del subsuelo había inoculado él. No debía tomar mucho tiempo para que el novelista le ganara el duelo al comunista.

Por eso es que la época en que estuvo lejos de la creación artística se resume solo a algunas líneas, mientras que los pasajes referidos a la novela son ricos en detalles y muestran cómo su vida, manifestada en cada anécdota que para otros testigos podía ser insignificante, se convertía, sin que él lo esperara, en el texto del que cogería algunos hilos para tejer el suyo propio: La violencia del tiempo.

La imbricación vida-lectura empieza a considerar la variable escritura. La literatura y la vida toman turnos para invadirse, el libro de ensayo cede a los embates de la ficción y toda categorización poco importa. En la segunda parte, Gutiérrez nos revela el más allá de la lucha entre ambas: en los últimos recuerdos novelados del libro, funde todas las dimensiones. Con ello, nos demuestra que tomar el partido de la novela es encarnar la necesidad de literatura, asumirla como una forma de vida, más allá de los requerimientos que la sociedad tenga de ella.

Ese podría ser el inicio de la venganza secreta. [Leonardo Cárdenas Luque]

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