Limónov, de Emmanuel Carrère

carrère

Introito

Limónov se rodea de los familiares que lloran a las víctimas del atentado que sufrió el teatro Dubrovka en 2002. Más bien, los familiares son los que forman un corro alrededor de la figura del poeta. Lo escuchan y él dirige. Desde la mirada del lector que no conoce nada (evito aquí la primera persona) de Eduard Limónov (Rusia, 1943), el contexto aporta la primera impresión de un líder que defiende los derechos humanos y se opone al autoritarismo, como tantos compasivos hombres de letras. Fue lo primero que pensé de él cuando Emmanuel Carrère (Francia, 1957) lo presentó en las primeras páginas, pero la imagen no podía durar mucho, porque, párrafos después, explicaría que, para algunos, Limónov era un malhechor. ¿Frente a quién estamos?, me pregunté.

El texto también opera en ese juego de apariencias: parece una biografía, parece una novela y, en algunos momentos, presenta elementos autobiográficos de Carrère. ¿Frente a qué tipo de texto estamos? ¿Por qué el autor utilizaría datos de su vida si el tema es un excéntrico político y poeta de la posguerra? ¿Existe una necesidad para escribirlo así?

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Emmanuel Carrère y Eduard Limónov

Eduard Limónov es real, Carrère lo conoció y lo admiró. Por eso, escribió un libro sobre él. Ojalá la respuesta fuera tan directa. «Sin embargo, es algo más complicado» (p. 310). La opinión que mantiene sobre él oscila entre la veneración y la aversión. Esta última está referida a su postura política y es notoria, sobre todo, en el inicio del texto. Simpatiza con algunas ideas del Mein Kampf y se fotografiaba con Jean Marie Le-Pen. La bandera del Partido Nacional Bolchevique, que él fundó, comparte colores con la del tercer Reich, aunque el provocador centro muestra el martillo y la hoz. Sí, es un poco fascista Limónov, pero también es muy valiente. Capaz de todo con tal de vivir con intensidad. Para ilustrarlo, basta observar que cada uno de los nueve capítulos del libro menciona los lugares en los que residió el escritor ruso en las distintas etapas de su vida. A ellos deben agregarse los viajes de ida y vuelta, las curdas de tres días, las mujeres que amó y los hombres que probó, que enriquecen su periplo inacabable. Eduard no necesitaba imaginar para escribir: era la literatura la que perseguía su vida para registrarla.

Del otro lado está Carrère con tan pocos los datos de su vida, siempre a la caza de una historia ajena o derrotado cuando hacía algo por la suya. El intento de iniciar su vida literaria se asocia a la imagen de él sumido en la derrota por haber sido abandonado por Muriel, con la que vivió en la isla de Java, dueño de un arsenal de bikinis con cuya reventa podía haberse convertido en rico. Así se le ve, sentado al borde de la cama o de un sofá (no importa), solo, contemplando las prenditas mientras le cuenta a alguien (que seguramente es él mismo) que el manuscrito de su primera novela, aquella que tanto le había entusiasmado, ya no despierta ningún interés en su ánimo ni en el de los editores. Entonces sí que está sumido en lo más profundo de la miseria humana (¿si?).

Claro, si Eduard fuera el espejo de Emmanuel, este último se mordería los labios de rabia por lo que había logrado hacer, es decir, nada. Y sí es su espejo. Carrère se apropia de la vida de Limónov para explicar la suya por anulación. Así como las referencias que narra de su propia vida invaden los capítulos de la juventud del ruso, no aparece en las escenas de la infancia (pues no nacía) ni en los capítulos de la adultez, cuando el poeta es ya una celebridad. Ahí, se relega al papel de documentador. Es una sombra de Limónov.

La biografía se convierte en una historia en negativo de la vida de Carrère, aunque es algo más. La curiosidad inicial por investigar a alguien tan distinto a él termina convirtiéndose en la mejor forma de entenderse y de entender al país en que vive. El narrador no se cansa de hacer analogías de lo que sucede en Rusia con la realidad y la cultura francesas (eso sucede cuando equipara las fuerzas OMON con el CRS galo o cuando utiliza a Tintín como elemento de referencia) y siempre que empieza capítulos del biografiado con escenas sobre la vida del biógrafo, utiliza la misma operación de espejo. Pensémoslo bien: tal vez la intensidad de la vida de Limónov sea necesaria para explicar lo que no se puede comprender con la observación de lo evidente.

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Tal vez, de todo ello se pueda inferir que, algunas veces, para comprender lo propio (la vida del biógrafo), es necesario observar lo distinto (la vida del biografiado) y descubrir su contradicción. Al descubrirla, el que la observe como la imagen en un espejo, podría ser consciente de que la naturaleza propia es también contradictoria a pesar de todos los principios que considere axiomáticos.

Eso es lo que quería escribir sobre Limónov. En los párrafos siguientes, ofrezco un huachafo ejercicio de imaginación, al estilo de un taller de la nueva era, que es prescindible. Puede cerrar esta ventana. Hágalo.

Ejercicio práctico

Pensemos ahora, por ejemplo, en el hipotético antagonista de nuestras vidas, un hombre que siempre robe nuestros éxitos, y que lo hiciera en nombre de todo aquello que denostamos. En el caso de Limónov, este se llamó Levitin. Pensemos en nuestro Levitin. Veámoslo como nuestro contrario al otro lado de un espejo.

Vea sus contradicciones. No pierda de vista que es lo opuesto de usted.

Ahora bien, donde aparecen dos naturalezas contradictorias a un lado y otro, ¿no existen puntos de contacto?

Suficiente ejercicio imaginativo. [Leonardo Cárdenas Luque]

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