La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Kuhn

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Si bien es un concepto que tiene ya varias décadas de circulación en los medios académicos, la posmodernidad aún sigue motivando diversas discusiones. Autores contemporáneos de diferentes orientaciones políticas como Fernando Savater o Jordan Peterson han argumentado en contra de su “perniciosa” influencia, destructora, según señalan, de los principios de la razón y la Ilustración. Uno de los asuntos fundamentales del debate es el problema de la verdad. Aunque dicho asunto solo es abordado tangencialmente en La estructura de las revoluciones científicas de Thomas Kuhn (1962), sus planteamientos supusieron un cuestionamiento profundo al modo en que se entendía el desarrollo del conocimiento científico.

En su célebre ensayo, Kuhn plantea una serie de conceptos como ciencia normal (normal science), crisis, paradigma y revolución científica. La ciencia normal corresponde al estado en que una disciplina científica ha alcanzado ciertos logros y tiene un conjunto de reglas —no siempre explícitas como formulaciones teóricas, pues a veces solamente constituyen un modo determinado de ejercer la práctica investigativa— que los miembros de la comunidad científica conocen con claridad. El científico enfrenta problemas, que toman la forma de un enigma (puzzle solving), y debe valerse de los recursos de su disciplina para resolverlos. La existencia de la ciencia normal es beneficiosa, dice Kuhn, en tanto el trazado de criterios estables permite abocarse a la resolución de problemas cada vez más especializados y específicos. Bajo estas premisas se articula buena parte de la práctica científica, la cual conforma un saber acumulativo y un conjunto de ejemplos compartidos (shared examples) que señalan la ruta de futuros descubrimientos. Tanto los principios generales que guían el quehacer científico de una o diversas disciplinas, como el conjunto de ejemplos compartidos, constituyen lo que Kuhn denomina un paradigma[1].

En algunos casos, sin embargo, los paradigmas pueden entrar en crisis y diversos miembros de la comunidad científica optan por alejarse de la ciencia normal. Esto sucede cuando un problema no puede ser resuelto con las herramientas específicas de determinado paradigma y existen explicaciones alternativas que plantean una resolución, cuestionando de algún modo los presupuestos del paradigma vigente. Si las divergencias tienen trascendencia en la comunidad científica, desencadenan una situación de crisis, la cual puede resolverse a favor del viejo o del nuevo paradigma; en el último caso, se trataría de una revolución científica. A lo largo del libro, Kuhn presenta una serie de ejemplos que ilustran sus postulados, sobre todo provenientes de la disciplina que él practicó: la Física. Sin embargo, el caso más representativo pertenece al ámbito de la Astronomía. Copérnico calculó con mayor exactitud la posición de los planetas y la precesión de los equinoccios, problema que por mucho tiempo estuvo sin resolverse y asunto especialmente urgente para poder llevar a cabo la reforma del calendario eclesiástico. La aceptación de la efectividad del modelo copernicano para resolver un problema específico supuso, en última instancia, abandonar la concepción ptolemaica, paradigma que había regido la Astronomía por más de un milenio. El paso de un paradigma a otro no implica el rechazo absoluto del viejo modo de hacer ciencia; por el contrario, muchas veces supone la utilización de un mismo lenguaje pero bajo coordenadas distintas (por ejemplo, la Tierra ya no está ubicada en el centro del universo, el Sol ya no es un planeta, etc.).

Quizás el aspecto más polémico del libro es plantear que la relación entre dos paradigmas es inconmensurable y que no hay modo de compararlos sin hacerlo bajo la perspectiva, a su vez, de algún paradigma. Es decir, para Kuhn la práctica científica es inconcebible despojada de un conjunto de principios o, al menos, ejemplos compartidos que puedan guiar a quienes la practican. ¿Cómo se opta por uno u otro paradigma? La elección se lleva a cabo por una serie de criterios —precisión, simplicidad, utilidad, mayor efectividad para resolver problemas— que, sin embargo, no aseguran una respuesta unívoca, en tanto puede haber discrepancia por parte de los miembros de la comunidad con respecto a la aplicabilidad de estos criterios o en tanto distintas teorías pueden ser más efectivas en uno pero no en todos los aspectos.

There is no neutral algorithm for theory-choice, no systematic decision procedure which, properly applied, must lead each individual in the group to the same decision. In this sense it is the community of specialists rather than its individual members that makes the effective decision. (212)[2]

De ahí la importancia que se concede en el libro a la persuasión: la teoría que persuada a la mayor cantidad de miembros de la comunidad científica será la aceptada. La otra, por su parte, quedará relegada y excluida de la ciencia normal.

Diversos autores han acusado a Kuhn de relativista o subjetivista. Incluso en vida, el autor defendió su postura en distintos textos como “Posdata 1969”, el cual apareció por primera vez en la edición japonesa y que luego fue incorporada en posteriores publicaciones. La revisión de ambos textos podría evitar lecturas imprecisas como la que Stephen Hicks le dedica en su libro, Explaining Postmodernism (2004):

If science’s tools are perception, logic, and language, then science, one of the Enlightenment’s prized children, is merely an evolving, socially subjective enterprise with no more claim to objectivity than any other belief system. The idea that science speaks of reality or truth is an illusion. There is no Truth; there are only truths, and truths change. (78)[3]

Ciertamente, Kuhn niega que la ciencia pueda alcanzar una verdad absoluta. Ello no le impide, empero, afirmar que la ciencia progresa ni que los diversos cambios de paradigmas representan un avance en el conocimiento. La impertinencia del concepto de verdad en la concepción de Kuhn radica en que para el epistemólogo la ciencia en su conjunto, a diferencia de la ciencia normal, no es acumulativa y que las revoluciones científicas plantean nuevos principios para el establecimiento de una disciplina. Ello explica que las teorías de viejos paradigmas queden sepultadas en el pasado y no sean siquiera estudiadas por los jóvenes científicos (solo por los historiadores de la ciencia). Por otro lado, el físico e historiador estadounidense cuestiona que la ciencia se base en el descubrimiento de leyes inmutables y que luego estas sean aplicadas a la realidad. Desde su perspectiva, la ciencia muchas veces se construye a partir de ejemplos compartidos, de ahí que las fórmulas despojadas de este saber práctico resulten insustanciales[4].

Por todo ello, la cita de Hicks contamina el sentido de los postulados de Kuhn en al menos dos aspectos. El primero, considerar a la ciencia un “sistema de creencias” (como los mitos o la religión) sin ningún tipo de pretensión de objetividad, contradice la argumentación del texto. Tal como menciono dos párrafos antes, Kuhn presenta una serie de criterios que, si bien no aseguran una objetividad o neutralidad absoluta, son garantes de la producción de conocimiento que hacen de la ciencia única y distinta en relación a otras actividades humanas[5]. Por su parte, el concepto de verdades (truths) no aparece ninguna vez en La estructura de las revoluciones científicas.

La posición de Hicks, sin embargo, es representativa de una nostalgia de absolutos que parece estar rondando por las Humanidades en las últimas décadas. Como si súbitamente se temiera, con al menos un siglo de retraso, que el vacío de la ausencia de Dios no pueda ser colmado por la racionalidad ilustrada. Lo contradictorio es que esta añoranza de verdades robustas y científicas, animada por una fe que podría catalogarse de metafísica, cuando no teológica, cunda en aquellos que —como este escriba— nunca hayan operado un microscopio. [Mateo Díaz Choza]

 

 

[1] Debido a las críticas recibidas por la vaguedad del concepto de paradigma, Kuhn incluyó un apéndice, “Posdata 1969”, donde delimita el término de paradigma a estas dos acepciones.

[2] Cito de la segunda edición. El pasaje corresponde al quinto apartado del “Postscript-1969”: “Exemplars, Inconmensurability, and Revolutions”.

[3] Cito de la primera edición. El resaltado es mío.

[4] Es particularmente ilustrativo el tercer apartado de la “Posdata 1969”, “Los paradigmas como ejemplos compartidos”. Allí, explica cómo la Segunda Ley del Movimiento de Newton se complejiza y transforma al ser aplicada a contextos concretos, en los que es cada vez más difícil advertir la semejanza con la fórmula original (f = ma). De ahí que la fórmula sea una herramienta, que indica a los estudiantes cómo enfocar ciertos problemas, antes que una verdad.

[5] Kuhn era muy consciente de esas diferencias, como lo evidencia en su ensayo “Comment on the Relations of Science and Art”.

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