Una piel de serpiente, de Luis Loayza

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Una piel de serpiente es la primera (y única) novela de Luis Loayza, publicada en 1964 como parte de la colección Populibros. Sobre Loayza pueden señalarse varios aspectos relevantes, como que se involucró con el circuito cultural limeño particularmente durante la década del 50, pues formó parte de revistas como Cuadernos de Composición (1956-1957) con Abelardo Oquendo, Alejandro Romualdo y Sebastián Salazar Bondy, así como Literatura (1958) con Vargas Llosa, Oquendo y Salazar Bondy, y en las cuales publicó sus primeros cuentos. De hecho, cabe mencionar que El avaro apareció por primera vez en Cuadernos de Composición. Además de narrativa, Loayza escribió también ensayos como El sol de Lima (1974) y colecciones publicadas más recientemente, así como un largo catálogo de traducciones. Sin embargo, es necesario precisar que la bibliografía crítica sobre su obra sigue siendo escasa. Más allá de su trayectoria, cuyo recorrido no pretendo reseñar, el caso de Una piel de serpiente resulta interesante porque, a pesar de su extensión menor, temáticamente puede vincularse con novelas —si bien más ambiciosas en cuanto a la magnitud del mundo representado— como En octubre no hay milagros (1965) de Oswaldo Reynoso o Conversación en la Catedral (1969) de Mario Vargas Llosa, a partir de los conflictos de carácter político.

Lo más evidente podría ser la presencia de un conflicto político que atraviesa toda la novela: en Una piel de serpiente, los personajes —en realidad, Juan— enfrentan el dilema de mantener sus principios o ceder ante el poder para mantener su periódico; en Conversación en la Catedral, podríamos mencionar, en particular, los episodios de juventud de Zavalita, de posición acomodada, quien durante la represión se vincula al activismo político en la universidad, y, por ello, es aprehendido, aunque rápidamente liberado debido a su posición socioeconómica; En octubre no hay milagros, para vincularla con la novela de Loayza, vemos que se presenta la represión ejercida contra los manifestantes en el Centro de Lima, como aparece al principio cuando la policía ataca a don Lucho Colmenares. De hecho, en el caso de Loayza y Vargas Llosa, la referencia apunta al gobierno de Odría. Además, y este es un punto que vincula a muchas más novelas de la época, los personajes principales son jóvenes, o al menos la juventud aparece como un momento determinante en la evolución del personaje. Este tipo de vínculos nos sirven para ubicar a Una piel de serpiente en un contexto literario específico, más allá de las diferencias (técnicas, ideológicas, etc.) que existen entre las novelas ya mencionadas.

Para resaltar algunos aspectos generales, se trata de una novela corta (la edición de Populibros tiene 120 páginas), centrada en un personaje principal (Juan) y su grupo de amigos. Una piel de serpiente está estructurada en tres capítulos, en los cuales el narrador en tercera persona acompaña a Juan en su recorrido por la ciudad de Lima y sus interacciones con un mundo cuyos límites están claramente definidos: el de la clase alta limeña. Este texto, además, se caracteriza por contar con una serie de descripciones recurrentes, normalmente sobre el paisaje, que se intercalan con la narración. La relevancia de la descripción en relación con el paisaje es un aspecto interesante desde el principio (el inicio de la novela se localiza en la playa de Conchán). La presencia de los diálogos, normalmente cortos, es otro de los rasgos que predominan en la novela de Loayza.

Como he mencionado, en Una piel de serpiente, nos encontramos ante el mundo reducido de la clase alta limeña, que se desplaza entre Barranco o Miraflores y el Centro de Lima. En efecto, la novela se configura a partir del desplazamiento de los personajes entre distintos lugares a partir de los cuales puede trazarse un mapa de la ciudad, en el que se marca claramente la diferencia entre el mundo trazado, recorrido, familiar, y el mundo desconocido y que, en condiciones normales, no visitan ni pretenden visitar. Por ello, nos encontramos con la Bajada de los Baños (lugar por el que Juan pasea solo), los parques de Barranco o Miraflores (donde Juan se reúne con Carmen), los cafés en los mismos lugares (donde se reúne con Carmen o con sus amigos), las heladerías o cafés del Centro de Lima (donde planifican sus actividades contra el régimen) y la casa de cada uno de los personajes (donde conspiran, mantienen encuentros sexuales o se reúnen a comer), etc., como los lugares por los que transitan.

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La novela inicia con dos hechos sucesivos que parecen anticipar que se abordará solo la vida privada de la clase alta limeña, pues se trata de jóvenes que son presentados en sus momentos de ocio. Así ocurre en el primer segmento, donde Felipe va a casa de Juan para que juntos partan hacia la playa Conchán. El texto, además, nos sitúa en el día: es un domingo y ya es más de mediodía cuando Juan sigue durmiendo. El segundo hecho, que es inmediatamente posterior, es el encuentro entre Juan y Carmen, cuando este va a buscarla a su casa para salir, y ella también se encuentra durmiendo. Ahora, temporalmente, nos ubicamos al final de la tarde, pues se indica que “el sol ya había decaído” (p. 15). Es precisamente el diálogo entre Carmen y Juan el que desarrolla su relación de amantes, pero esta conversación, propia de su vida privada, contiene la pista para lo que será el desarrollo posterior de la novela, porque aparece como tema de conversación la vida política del país. Por ejemplo, el diálogo entre Juan y la madre de Carmen se produce de la siguiente forma:

 

—¿Qué sabe usted de la revolución? — preguntó la señora.

—¿Qué revolución?

—Dicen que hay una revolución en el sur. ¿No ha oído usted decir nada?

(…)

—¿De qué hablábamos? Ah, sí, la vida está imposible. Y eso que yo no me meto en política, la política no me interesa. La última vez, el año 50, yo voté por el general. Como decía mi marido, el pobre, es mejor un gobierno fuerte, que tenga a todo el mundo en su sitio (p. 18).

Así, la vida política aparece como un tema rutinario, pues inmediatamente la conversación se dirige a otro punto, pero la función de ese diálogo es introducirnos al conflicto que está atravesando el país en dicha época desde la perspectiva de personajes pertenecientes a la clase alta. Lo mismo ocurre con otro diálogo que sostiene Juan y Carmen, en el cual ella le comenta que tiene como pretendiente a Fernando Arriaga, frente a lo que Juan responde con ironía, evidenciando su rechazo: “Como nadie es perfecto, es un imbécil” (p. 26). Es importante por el rol que cumple el personaje de Fernando, ya que este aparece en la conversación entre Juan y Carmen, solo como un elemento de su conflicto amoroso, pero líneas más adelante será relevante en el desarrollo del conflicto político.

El procedimiento del narrador, que introduce sus líneas narrativas como temas de conversación menores permite que lo que se anticipa a partir de los primeros segmentos cambie, pues si la primera conversación citada sirve para enmarcar a los personajes en un contexto sociohistórico determinado, la segunda introduce un personaje con nombre propio —el único referido con nombre y apellido—, quien se diferencia del resto de jóvenes con quienes se relaciona Juan, pues es el vínculo directo con el poder. Es decir, si Juan y sus compañeros de proyecto (Alfonso, Tito y Jopo) quieren presentarse como “fuera del sistema”, Fernando se reconoce perfectamente insertado en el mismo. Además, ellos aparecen como jóvenes “rebeldes” que están inmersos en un “juego” (p. 50), que sería contribuir a derrocar al gobierno dictatorial mediante las publicaciones de su periódico. Como señala Juan en una de las discusiones que sostiene con Felipe y Alfonso, se trata de “universitarios que juegan al periodismo” (p. 50), quienes asumen su rol de denuncia casi como “un juego de niños” (p. 41) y que, en definitiva, no representan mayor peligro para el orden establecido. Así, los jóvenes viven su fantasía de rebeldía contra el régimen mientras siguen insertos en el mismo, pues incluso algunas de sus familias han conseguido beneficios con la dictadura (p. 98) y, por el lugar que ocupan en la sociedad, están protegidos de todo.

En ese sentido, podríamos decir que el primer capítulo permite mostrar que ellos no sufren ninguna restricción de libertades, pues sus vidas continúan su curso regular: acuden a la playa, se van de fiesta, pueden formar su grupo para conspirar contra el gobierno, etc. De hecho esta última aparece como una actividad más para emplear el tiempo libre, ya que no está marcada por un compromiso político determinado, como reconoce Felipe: “(…) ni Alfonso ni ninguno de nosotros tiene una posición bien definida ni en política ni en nada” (p. 80). Por estas razones, los personajes se encuentran en un estado de indefinición que se torna evidente con la propuesta que realiza el padre de Arriaga —anterior aliado del Gobierno— para ayudar al periódico: “¿Desde cuándo el señor Arriaga no puede dormir porque hay una dictadura? Ha hecho muy buenos negocios con ella (…)” (p. 98).

La propuesta de Arriaga de financiar el periódico y, en esa medida, ejercer control sobre el mismo, sigue una secuencia específica: a) la propuesta, que es transmitida por Alfonso a los demás; b) la evaluación, cuando están indecisos, pero suponen que deben considerar esa posibilidad; c) la negociación, cuando Juan va a hablar con Arriaga; d) el conflicto en el grupo por la reticencia de Juan; e) la aceptación, posterior a la intervención policial, cuando todos están reunidos en casa del padre de Fernando y de acuerdo con trabajar juntos. Este último momento implica la ruptura del grupo, pues Juan rechaza continuar con el periódico financiado por Arriaga. Así, si pensamos en el título, se muestra esa piel de serpiente, es decir, una piel que cambia, pues si en un principio primaba la indecisión, luego se toman decisiones que muestran un cambio: por un lado, los jóvenes “rebeldes” se convierten en aliados de Arriaga y, por otro, Juan, quien también está en un proceso de cambio, pues ha rechazado implícitamente la propuesta y se ha ido de la casa de Arriaga.

Es importante señalar que el énfasis en el mundo familiar es determinante en la novela, particularmente en lo que se refiere a los vínculos familiares, ya que los personajes no se entienden por sí mismos sino por el lugar que ocupan en la sociedad. Incluso, podríamos decir que no solo se trata de la familia, sino de lo familiar, es decir, de lo que se considera cercano y común. Si bien los personajes, y específicamente Juan, se caracterizan por el desplazamiento —en motocicleta, tranvía, automóvil— por diferentes espacios, nunca se alejan de lo familiar, no solo porque transitan de casa en casa (Felipe va a casa de Juan; Juan a la de Carmen; el grupo va a casa de la abuela de Tito; se reúnen todos, al final, en casa de Arriaga), sino porque solo recorren lugares conocidos, una y otra vez.  Del mismo modo, es sobre todo en estos lugares (playas, parques de Barranco o Miraflores, cafés) en los cuales el narrador se detiene y encontramos las descripciones. En cambio, en espacios que resultan desconocidos predomina la narración, como se ve en la imprenta o en la comisaría. Por ejemplo, cuando Juan y Carmen pasean por el malecón de Barranco, las descripciones son extensas y muestran un conocimiento minucioso de esa parte de la ciudad:

Caminaban por la vereda del malecón, situada en alto, sobre los acantilados polvorientos y el mar. Frente a ellos, al otro lado de la calle, estaban las grandes residencias, algunas de ellas los primeros edificios levantados en esos sitios, años atrás, y que ahora comenzaban a desaparecer, dejando el ancho espacio que ocuparon con sus altos muros, sus techos en punta contra lluvias o nieves inexistentes, sus vastos jardines, dejando el lugar y el prestigio y a veces algunos árboles, a otras casas más pequeñas y modernas, de colores lisos y claros y grandes ventanas (…) (p. 20)

Lo mismo ocurre cuando Juan es llevado a la casa del padre de Fernando:

Arriaga vivía en San Isidro, cerca de un pequeño bosque de olivos (Árboles plantados hace siglos al sur de Lima por los españoles; bosque ahora devorado por la ciudad, disminuido, transformado en un parque donde los niños juegan de día y los enamorados pasean al caer la tarde; árboles ahora resecos, cercados por las casas elegantes: barrio residencial) (p. 115)

Podríamos extender esto, a partir del texto, para decir que este grupo social aparece configurado, en la novela, como una especie de “familia extendida”, y son esos lazos de los que Juan no puede desprenderse. Así, se puede entender que Juan se refiera a él ya su grupo como “perros caseros” (p. 47), ya que solo circulan por un camino ya establecido —de Barranco o Miraflores al Centro de Lima y viceversa— con lo cual tratan de evitar todo riesgo: sus interacciones son seguras. En ese sentido, es la llegada a dos lugares desconocidos la que lleva a la ruptura del grupo: la imprenta en que están los ejemplares prohibidos (cuando Fernando los deja solos en la persecución policial y huye) y la comisaría a la que llevan a Juan y Esnaola posteriormente, donde solo el primero es liberado.

La aparición de Esnaola es clave porque su diálogo con Juan en la comisaría se presenta a modo de revelación, pues lo despierta de la fantasía que vivía al creer que sus acciones implicaban algún tipo de riesgo (para él) o amenaza (para el gobierno). Esnaola, hombre de sindicato, reconoce las diferencias entre él y su interlocutor, lo cual es reafirmado cuando, en la comisaría, es separado de Juan. Al primero se le puede tratar de “tú”, mientras que a Juan los policías se dirigen de “usted”. Justo después, en el breve diálogo que sostienen, Esnaola le dice: “De todas maneras tú saldrás antes que yo” (p. 108), que, por cierto, ubica a este personaje con un grado mayor de conocimiento, pues Juan es incapaz de percibir lo que está ocurriendo, a pesar de que había anticipado algo similar en el capítulo anterior cuando se refería a Tito y la posibilidad de que este fuera apresado por la policía:

—(…) Si lo meten preso su padre llamará a su amigo el ministro o su primo el senador, todo se arreglará tranquilamente (…) (p. 71)

Finalmente, a pesar de negarse a colaborar con las investigaciones, Juan es, para su sorpresa, liberado. Esnaola, entonces, acierta: Juan está atado a su posición socioeconómica y sus vínculos sociales (familiares), de modo que no existe ningún riesgo para él:

—No creerá que le vamos a pegar— dijo el jefe. —Usted es una persona decente, de buena familia. Nosotros no somos unos bárbaros. Váyase a su casa […] (p. 113).

El último segmento del tercer capítulo reafirma lo que se ha anticipado en páginas anteriores a propósito del poder que ejerce el grupo social al que pertenece, y que solo al final le es revelado a Juan. Todos en su grupo de amigos lo han aceptado, por lo cual Alfonso le pregunta:

—¿Qué tal te trataron? Te estábamos esperando.

(…)

—Perdón— dijo Juan. —Perdón. ¿Ustedes me estaban esperando? ¿Cómo sabían que yo iba a salir? ¿Cómo sabían que yo estaba aquí? (p.114)

Es así que, cuando están en casa de Arriaga y este sostiene un discurso sobre lo que debieron y deberán hacer (la renuncia a apoyar a la protesta de un sindicato o cualquier otro tipo de manifestación), le corresponde a Juan, también, tomar una decisión. Arriaga toma del brazo a Juan, para sellar el acuerdo, pero este lo rechaza y deja la casa solo, cuando los demás ya parecen haber olvidado lo ocurrido y continúan la conversación: “Arriaga, Alfonso, Fernando, Carmen hablaban al mismo tiempo. Juan salió de la casa” (p. 120). Va a un café e intenta comunicarse con el número que le había dado Esnaola, pero nadie contesta. Así, podemos asumir la posibilidad de una ruptura con el mundo reducido y familiar al que el personaje está acostumbrado; sin embargo, la posibilidad es abierta y solo atendemos al rechazo de Juan hacia ese mundo, no a la afirmación de otro horizonte posible. [Karen Calle Berrocal]

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