A sangre fría, de Truman Capote

Una de las ideas que se nos ocurre al leer la etiqueta «no-ficción» sobre un texto es que este debe remitirse a la realidad con fidelidad. Este concepto, «realidad», nos recuerda, en cuanto a textos, a los que versan sobre la historia y a los periodísticos. Vargas Llosa (La verdad de las mentiras) afirma sobre esas formas de aprehender la realidad: «En tanto que la novela se rebela y transgrede la vida, aquellos géneros no pueden dejar de ser sus siervos», y agrega: «Para el periodismo o la historia la verdad depende del cotejo entre lo escrito y la realidad que lo inspira. A más cercanía, más verdad, y, a más distancia, más mentira».

Adentro y afuera de la realidad

La tradición de Capote es periodística. Sobre todo, en A sangre fría, libro que nos ocupa, en el que se puede apreciar una crónica policial de largo aliento. Así es, al menos, considerado en los talleres de crónicas o por otros autores del género, como Tom Wolfe, que la estima como un hito del género en El nuevo periodismo. El mismo Capote confiesa, en el prólogo de Música para camaleones, que «…quería realizar una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa, y la precisión de la poesía». Creo que, cuando menciona «la hondura y la libertad de la prosa», Capote se refiere al segundo método de profundidad.

Es verdad, no he mencionado el primero (ni siquiera que existieran dos), aunque tampoco necesita demasiado desarrollo. Es la minuciosidad para recabar los datos que sustentan los hechos, la objetividad. La única profundización que permite esa palabra se refiere a los datos obtenidos de la investigación, los fríos datos, como un nombre propio perfectamente ubicable, lo que dice la ley número mil y tantos sobre los asesinatos, o el número de kilómetros que separa Garden City del juzgado más cercano.

Ahora sí, volvamos a eso del «segundo método de profundidad». Si, por un lado, consideramos importante y valiosa la prolijidad en el trabajo periodístico, los hechos, the facts, por el otro, debemos revisar la otra manera en que Capote llena más de trescientas páginas.

ina room

Nunca conoció al señor Clutter, dueño de la granja River Valley; no obstante, describe su vida en familia, sus costumbres y sus motivaciones. No son pocos los casos, tampoco, en que Capote se introduce en la mente de los asesinos, sobre todo, en la de Perry Smith. ¿Hay otra forma de lograrlo que no sea con la «hondura y la libertad de la prosa», es decir, con la ficción? La única manera de penetrar en la familia Clutter, en Perry Smith o en el investigador, Dewey, es gracias a la invención.

Capote aporta significado en los vacíos que dejan los hechos, que, ya traducidos a lenguaje, han sido falseados una vez, pues la riqueza de la experiencia, el fenómeno, es irrecuperable en sí. Al resignificar los vacíos de la explicación cuando busca reconstruir lo que ha pasado de cierta manera en la realidad, falsea por segunda vez lo sucedido.

Consideremos, también, lo mencionado por Capote en Música para camaleones: «…la precisión de la poesía»: la forma en que expresa, en cada oración, los momentos previos al crimen, la reconstrucción del delito y la ejecución de los culpables ha sido seleccionada. Es decir, las palabras han sufrido alteraciones cuando se han trasladado desde la boca de los testigos hasta la pluma de Truman. Siendo así, es menester preguntarnos si la «precisión» en la última cita significa llegar a la transparencia del hecho o conseguir un placer estético.

A partir de la sincronía entre lo objetivo y lo ficticio, se puede ponderar una «no-ficción». La profundidad debe ser doble. En ese sentido, la novela de Capote es valiosa y no solo sirve para recordar lo que sucedió en Kansas el 15 de noviembre de 1959, sino para comprenderlo.

Maneras de ver

Todo lo anterior, que no ha sido más que la ejemplificación de aspectos evidentes para quien haya leído el libro, lo he sostenido para llegar a este último punto: en A sangre fría, se complejiza el proceso de empatía.

perry y dick

Se ha repetido en muchas partes que uno de los grandes aciertos de este trabajo de Capote es la forma en que el lector llega a entender las razones que llevan a Perry a ser un criminal. Eso se debe a que el autor permite que el asesino tenga voz; incluso, deja que exponga su pasado. No se justifica el crimen, pero podría pensarse que las circunstancias que lo han afectado trastornarían a cualquier ser humano, tal vez al punto de provocarle ejecutar acciones incomprensibles. De esa forma, Perry se configura como un personaje incómodo, porque ocasiona un sentimiento de piedad en muchos de quienes escuchan su voz a través del narrador.

Es en la forma de composición que se halla la otra empatía. Es aséptica la voz que va desarrollando la historia, incluso si consideramos que, por momentos, exhibe un lenguaje con «la precisión de la poesía». Narra a sangre fría. Capote mencionaría, años después, que sentía que el narrador de la crónica se contenía, que él mismo, como autor, percibía que muchos otros recursos de los que hubiese podido disponer habían sido descartados. Era una narración desafectada, sin la presencia de la voz particular que el autor desarrollaría en trabajos posteriores. Ese estilo, en mi opinión, constituye un acierto en A sangre fría.

Cuando debe profundizarse a través de la ficción, el lector percibe que el narrador sigue utilizando la voz que describimos en el párrafo anterior. Entonces, se produce un encuentro de la «objetividad» con la ficción necesaria para poder comprender a los otros, tanto a las víctimas como a los victimarios. Quien lee descubre, al mismo tiempo, que no basta con la percepción de las acciones de los demás para ser empático, sino que esa acción necesita de la colaboración del observador (en este caso, el narrador, que es quien registra), al punto de crear él mismo los puentes (la ficción) que le permitan entender a los otros. Esa es la otra empatía.

Al inicio de esta sección, me referí a un proceso de empatía complejo: sumemos, a esta «empatía de la composición», la primera, la de «dar voz a quien no lo merece» —como es el caso de Perry—. El resultado es lo que dificultará que me olvide de A sangre fría.

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