Panorama desde el puente, de Arthur Miller

Una vuelta por la realidad

No es una noticia nueva referirnos a los resentimientos y sospechas que existen de parte de una significativa parte de la población estadounidense hacia los inmigrantes, hecho que provocó el ascenso al poder de la estrella empresarial y consumado tuitero Donald Trump. Por mucho, es el tema en la agenda presidencial que más ha acaparado titulares en las redes y manifestaciones, tanto de rechazo como de apoyo, de diversas celebridades en eventos, incluso fuera de las fronteras del país del norte. Eso no debería causarnos sorpresa, pues las noticias que provienen de la superpotencia consiguen resonar, en algunos casos, con mayor estruendo que las locales.

Sin embargo, hoy me referiré a un escritor del interior de los Estados Unidos que, más de medio siglo antes, había escrito una obra llamada Panorama desde el puente, en la que se ocupa del tema mencionado en el párrafo anterior, que ahora parecería coyuntural, y de uno tan universal e intemporal como la traición.

Los que vienen de afuera

Miller ya era conocido por la publicación de dos destacadas obras (Muerte de un viajante y Las brujas de Salem) cuando se estrenó A view from the bridge, en 1955. En ella, se cuenta la historia de Eddie Carbone, estibador ítalo-americano de Brooklyn, que decide albergar en su casa a dos inmigrantes italianos, primos de su esposa, Beatrice. El gobierno prohíbe, claro, la inmigración ilegal, pero no puede enterarse de cuántos ni quiénes son los foráneos a menos que alguien informe sobre su ubicación. Cuando entre los huéspedes y Eddie surgen problemas (y, en específico, cuando la situación no es soportable), este último se enfrenta a la difícil decisión de aguantar o liberarse de ellos y signarse con la letra escarlata del traidor, lo que constituiría adscribirse la etiqueta más deleznable de las existentes en la población ítalo-americana legal e ilegal.

En cuanto a la inmigración, Carbone se muestra a favor de la idea, aunque desde el comienzo exhibe un pequeño recelo por la llegada de los parientes de su mujer. No obstante, la suspicacia empeorará debido al afecto que Eddie siente por Catherine. El tema no es menor. Esta muchacha roza los dieciocho años y quiere a Carbone como si fuera su padre, aunque se trata de su tío, solo que prometió a su hermana cuidarla como si fuera su propia descendiente. A esa edad, el cuerpo de la chica no es el mismo y, desde el inicio de la obra, Eddie lo advierte llamándole la atención por la longitud del vestido que lo realza. El énfasis en el desarrollo de la ahora mujer no es accesorio: es cuando uno de los primos de Beatrice empieza a sentirse atraído hacia ella que Eddie conoce sus propios celos (la naturaleza del afecto que él siente por su sobrina no llega a esclarecerse, lo que es, por lo menos, sospechoso) y comienza a rechazar la presencia de los inmigrantes.

Por ello es que Eddie Carbone, de posición neutral-favorable frente a la inmigración, se vuelve en contra de los dos huéspedes. Su tolerancia a los inmigrantes dura mientras que ninguno de ellos se atreva a penetrar su mundo personal: el enamoramiento de Catherine lo trastorna.

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Esa transformación sufrida por el pater familias no se aleja de una lectura de género: el mismo día que se prevé la llegada de los familiares italianos, Catherine comunica a su padre que ha obtenido un empleo bien remunerado en un barrio industrial que no ofrece garantías para la seguridad de ningún visitante y, en palabras despectivas de Eddie, «con un montón de fontaneros» y «llena de marineros». Eddie, en su ceguera paternal e incestuosa, representa una moral conservadora vista desde abajo: la hija hermosa debe casarse no por amor, sino por la necesidad de ascender. De hecho, afirma que los estudios que con tanto esfuerzo paga son para que ella conozca gente de otro tipo; es decir, no apuntan al desarrollo personal de Catherine, sino a exhibirla en una mejor vitrina para ser ofrecida a otro pater familias. El truco no resulta bueno, finalmente, porque Rodolpho, el primo itálico, es quien logra interesarla.

Las cualidades de Rodolpho, el europeo de cabello platinado, son cantar, cocinar y confeccionar vestidos. Quien atrae a la mujer que Eddie quería destinar a un adinerado empresario resulta encarnar virtudes femeninas y, para mayor inri, es lo peor que pudo haber encontrado la hija: un inmigrante, ilegal y pobre. Aquí es que podemos apreciar dos características conservadoras: la rigidez de los roles de género que defiende y el ascenso social por medio de la familia.

Hasta eso lo puede soportar, pero no olvidemos que la ambigüedad del afecto de Carbone lo ha trastornado y lo que convierte en imperdonable la relación es que Catherine se haya enamorado en verdad del alegre Rodolpho.

Impulso del interior

En el segundo y último acto, Eddie ha perdido la cordura que le permitía reprimir su odio contra Rodolpho. Consciente de que perderá a su hija si su rechazo no es activo, decide cada vez más impulsivamente, lo que constituye el conflicto más resaltante del personaje.

Al ser un conflicto el que asalta al personaje y lo enfrenta consigo mismo, la contradicción se convierte en uno de sus rasgos más humanos. Es en ese momento que la traición se transforma en el tema que justifica las acciones restantes de la obra. Tal como ha sido anticipada, la traición no puede ser concebida como una reacción negativa, sino como fruto del enfrentamiento interno de Eddie Carbone. Así, lo que al inicio del primer acto parecía una acción nefanda, encuentra mayor sentido cerca del final. Por un momento, se llega a entender el accionar del transformado y trastornado pater familias como una acción necesaria, ya que representa lo más coherente de acuerdo al tipo de ideología que representa. Incluso al final, en el momento en que niega haber ejecutado la traición innegable, se observa que ha asumido por completo su posición. Es por eso que en ningún momento se percibe que exista intención de juzgarlo. Esa podría ser tarea del lector o espectador.

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Este hombre, Eddie Carbone, acaso pueda ser un arquetipo común. Lo fue, sin duda, en los años cincuenta. Se trata del descendiente de inmigrantes que, a pesar del pasado de lucha contra la adversidad, se ha asentado ideológicamente como un estadounidense más y asume como suyos los dictámenes rancios de los conservadores. Por su familia, en un inicio, puede contenerlos, pero es capaz de hacerlo solo hasta que una situación límite lo conduce a asumir su verdadera naturaleza. Cabría, en los tiempos que corren en el país norteamericano (y aunque solo fuera como ejercicio intelectual), ver qué tanto de Carbone queda en el electorado incapaz de aceptar los cambios, el mismo que ahora, en lugar de guardarse los comentarios de intolerancia, se enorgullece de ellos con cinismo (como otro ejercicio intelectual, se podría plantear la interrogante: ¿se encontrarían actitudes similares en el contexto peruano?). Frente a esa realidad, tal vez la mejor forma de afrontarla haya sido dispuesta por Arthur Miller hace más de medio siglo: Alfieri (el narrador, quien abre y cierra Panorama desde el puente) no juzga a Eddie, incluso sabiendo que hizo mal. Busca entenderlo y eso lo demuestra, sobre todo, en que se arriesga a contar la historia del traidor. [Leonardo Cárdenas Luque]

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