El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald. Versión de Valentino Gianuzzi

Unknown

Por su brevedad y maestría, uno vuelve siempre a El gran Gatsby (1925).

Cuando escribía The Great Gatsby, Fitzgerald era un joven escritor de cierto éxito. This Side of Paradise (1920) le aseguró un ingreso que le permitió vivir con comodidad en París, donde frecuentó a la élite artística de los años veinte, tal como lo recuerda Hemingway en A Moveable Feast, un recuerdo en el que se le acusa a Zelda Fitzgerald de que Scott no botara a la novela esperada. The Great Gatsby no fue recibida con la mejor crítica y se entiende. Es una novela que se presenta como una historia que luego se convierte en otra. Sin la declarada experimentación de otras novelas contemporáneas como Ulysses, Gatsby parece seguir las convenciones de la novela lineal, de un personaje, de un asunto, y poco a poco va tejiendo una red de relaciones y personajes que guían al lector al corazón de la ficción; los asuntos de la pasión de Gatsby.

Como Kurtz de la obra maestra de Conrad, Corazón de las tinieblas, Gatsby en las primeras páginas es un significante, un nombre del que se ha solo oído y se conoce historias inciertas. Gatsby ante los otros personajes es la vivacidad de sus fiestas y su desconocido linaje: un pasado del que poco se sabe y un presente del que todos quieren participar, pues el poder de Gatsby es su calidad de extranjero en las relaciones sociales que se tejen entre el East y West Egg, a los que parece no querer incorporarse sino ser lejano animador. La ominosa presencia de Gatsby se va matizando como ver un paisaje, a medida que se nos van revelando sus asuntos, su larga e intensa relación con Daisy Buchanan, que aparece de manera discreta y magistral por la voz de Nick Carraway, quien es sin duda, uno de los mayores logros de la novela: una voz que guía y revela, y que nos acompaña a la turbación de atender las obsesiones de Gatsby.

A pesar de su brevedad, la novela agota sus primeros capítulos introduciéndonos a un mundo que parece ser el escenario principal de la novela, pero presenta sobre todo una cartografía social. Se describe el entorno de Daisy, la casa y las noches de Gatsby, el departamento de Tom Buchanan y Myrtle Wilson en Nueva York, el entorno en que Carraway se moviliza; la novela parece no poseer un centro convencional. Esa ausencia de focos fijos aparece como un mecanismo que ofrece un vasto panorama en el que Gatsby es un elemento, pero a medida de que avanza la novela, percibimos que todos los entornos sociales y espaciales están vinculados de manera estrecha a la historia de Gatsby y Daisy. La cartografía social y espacial otorga una red de acciones y personajes que determinan el final de la novela. De ahí que a pesar de su brevedad, El gran Gatsby posee gran densidad. La red social explica las decisiones de los personajes, así como los diálogos muestran, sin recurrir a la explicación ni juicio.

No existe lección social ni moral en El gran Gatsby sino una gran interrogante sobre aquello que moviliza las pasiones humanas. La opulencia de los años veinte estadounidense envuelve las miserias de sus clases altas, atrapadas en narrativas que parecen no satisfacerlas, y cuyas vidas desdicen la narrativa nacional del éxito. Gatsby y su gran fortuna son muestra de ello.  Tom Buchanan y su relación con Myrtle, a expensas de su reputación es otra. Daisy y sus dos grandes decisiones: dejar a Gatsby y luego restablecer sus relaciones con él responde al silencio que le exigen su clase y género.

Este entramado también se manifiesta con un sofisticado lenguaje. Fitzgerald imprime la concisión del cuentista en la novela, revelando de pocos, las sutilezas de los diálogos, los silencios y el detalle de los gestos y el lenguaje corporal. No acude Fitzgerald a la reflexión vacía, efectista y “citable”, sino a la experiencia sensorial del lenguaje. Sugiere por ejemplo la luminosidad que imprime Daisy, la oscuridad de Gatsby, y los contrastes de paisajes de la ciudad de Nueva York. Por esta capacidad de sugerencia, la novela no parece ser una novela corta sino deja la impresión de ser un gran volumen.

El virtuosismo de Fitzgerald, que motiva que uno regrese a The Great Gatsby repetidas veces, se ha impreso con altura en la edición castellana, acaso una de las pocas hechas en América Latina, y la primera hecha en Perú, del académico y traductor peruano Valentino Gianuzzi (Biblioteca Abraham Valdelomar, 2013). Leí esta versión en 2013; he leído con agrado nuevamente afirmando el gran recuerdo. Conserva este Gatsby lo mejor de la prosa de Fitzgerald: la sutileza, el respeto de los giros idiomáticos, la velocidad y la opción por la transparencia. Este Fitzgerald es, sin duda, una de las publicaciones de narrativa en el Perú más interesantes y valiosas de los últimos cinco años.

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