Cicatrices, de Juan José Saer

Decir que despierto en medio de la madrugada sería mentirme. En la tarde, justo antes de la cena, acabé Cicatrices y la mirada de ella, que me auscultaba desde el otro lado de la mesa, parecía preguntar si el día había acabado bien, pero el día (o la noche) no había acabado ni acabaría: a las dos me levanto de la cama después de un par de horas despierto e intentando dar vueltas para liberarme del calor. El calor podría ser el motivo, tal vez, o quizá la incomodidad después de leer cien páginas de Saer sin descanso, las que me faltaban. No me despierto, entonces; me levanto y busco, descalzo, alguna botella. En vez de perfumes e insumos de higiene hemos elegido adornar nuestro tocador con merlot, absenta, aguardiente, ginebra, da lo mismo. No somos alcohólicos, pero ni ella ni yo nos maquillamos y nuestros fines de semana los pasamos encerrados. También hay un vaso que debe contener polvo en el fondo, pero tal vez me convenga solo coger una botella, al azar, pues decido no prender la luz; no quiero que ella despierte. Nunca reparé en la forma de los recipientes y no sé qué es. El espejo del tocador apenas devuelve una sombra que debo ser.

Desenrosco y no dejo de pensar, ante el espejo y en total ausencia de luz, que si la lámpara al costado de la cama pudiera revelar algunos de mis rasgos, no podría, al menos esta noche, identificarme con seguridad.

1

Lo mismo le ocurrió a Ángel, en el primer capítulo de la novela, eso de estar tan seguro de su identidad hasta que algún suceso fuera de lo común llega a confundirlo al punto que se desconoce sin saberlo. Ángel persigue a su doble en varios pasajes del capítulo porque desea encontrarse a él mismo. Su vida ha sido marcada por la imitación. No son pocas las veces en que, por no quedar en silencio, se refiere a su tío Phillip Marlowe, que vive en el extranjero. Por ejemplo, si a Ángel le preguntaran por qué rebusca el buzón de una casa que no es la suya, diría que su tío Phillip confunde continuamente la dirección a donde tiene que escribir, seguiría auscultando la correspondencia y aseguraría que, en efecto, el señor Marlowe aún no le envía la esperada misiva, después de lo cual enrumbaría sus pies hacia casa. Phillip Marlowe es el detective de las novelas escritas por Raymond Chandler, narrador que Ángel relee con devoción. Así que Ángel elabora su identidad a partir de un tío falso que ni siquiera él ha creado.

Marlowe no es la única referencia que utiliza Ángel, el narrador del primer capítulo de la novela. Se refiere con frecuencia a las palabras de Tomatis, otro de los personajes de Cicatrices, un escritor de su provincia que acaba de publicar un libro que Ángel admira y quien postula con facilidad, en sus conversaciones, distintas teorías sobre la literatura y la vida, las mismas que Ángel citará como si fueran suyas frente a otras personas. Ha sido partidario de apropiarse de lo que no es suyo para construirse una identidad frente a los demás y, de repente por eso mismo, busca a su doble, que es él (pues viste un pantalón idéntico al que dejó en casa, con el boleto de colectivo doblado en el fondo del bolsillo derecho, supone al ver las manchas de tinta que tiznaron el bolsillo trasero de una de las perneras del joven que sigue). Al final del capítulo, un episodio, al que calificaré de sorprendente por no dar más señas, lo conduce a encontrarse con su doble otra vez. Lo que ahí sucede es difícil de resumir y no lo intentaré.

Cierto es, pienso al intentar descubrirme en el espejo, que muchas veces los años de juventud han sido de esa manera, una carrera no tras quien debería ser o quiero ser (como sugieren los comerciales de universidades, que suelo ver en la televisión mientras cocino: «Tu futuro, hoy» o «Alcanza tus sueños»), sino tras alguien a quien desconozco. Saer lo explica mucho… No, no lo explica, pero creo entenderlo mejor de ahí. Así que me callo (en mis mientes) y volteo. Me parece que ella se ha movido bajo las sábanas y espero una pregunta, que al final no me formulan.

2

En la noche, llegué agotada a cenar y lo encontré nuevamente echado sobre la alfombra, con la cabeza apoyada contra un cojín que evitaba el contacto de su espalda con la pared, pero no leía: el libro lo tenía abierto boca abajo sobre el pecho. Cicatrices. Debía haberlo terminado; ahora tiene tanto tiempo. Saludé y me encerré en el cuarto de baño. Al salir, lo vi sirviendo los platos con turbación en el rostro. Pensé que lo más conveniente era encender la radio. Llegué a donde estaba y pasé una de mis manos por su oído. Detuve las yemas del pulgar y el índice en su lóbulo. Me miró de reojo, como si quisiera prepararme para recibir una noticia grave después de cenar. Canté un poco mientras me deshacía de los tacos infames. Estaba realmente agotada.

3

Me llevo la botella al otro ambiente. Es un comedor-sala-cocina. Así lo llamamos cuando nos mudamos. La luz de la avenida, debilitada por la cortina, me revela que beberé absenta. No queda mucho, así que al inclinarla parece que solo la beso. Es un vicio, como cualquier otro.

Si el primer capítulo había empezado por narrar una jugada de billar que Ángel pensaba ejecutar en una mesa que compartía con Tomatis, el segundo se centra en el juego y sus posibilidades. El narrador, Sergio Escalante, nunca conoce a Ángel (aunque sí a Tomatis) y me pareció asistir a otra novela, cuyo principal objetivo era frustrar mis expectativas. Cuando pensaba que a Sergio le iría bien, le iba mal, y al revés. Saer parece empeñado en evitar al lugar común siempre que este amenace y, de esa manera, lo contado por el abogado Escalante no deja de parecerse a la vida.

Mientras que Ángel no se encontraba a sí mismo, Escalante parecía haber vivido un par de veces la historia del adolescente del primer capítulo, de manera que aquí encontramos a un hombre seguro de algo, al menos: del juego, del vicio y el rol que ambos cumplen. El segundo capítulo es la confirmación de algo percibido en el primero: la madurez está relacionada con saber en qué círculo del infierno se ubica un personaje, pero ahora. La fe no conforma el descubrimiento. Lo que este trae consigo sí se relaciona al imaginario cristiano: la culpa. Podríamos llamarla de otra manera: «cicatriz». Así recordará Sergio el mal que infligió en su mujer y su familia, por ejemplo.

Casi estudio el líquido verde que sostengo. No llegó hace mucho. Ni siquiera recuerdo si lo compramos o fue un regalo.

4

Sí, despierto empapada por el calor. Su ausencia debería ser refrescante, pero no, la verdad es que me despierta y no me deja dormir. Me arden los ojos; supongo que sigo agotada. Dudo si debería encender la lámpara y extraigo del velador una linterna de bolsillo. La línea de luz me ayuda a divisar el único libro en el cuarto, sobre el tocador. Pensé que lo había terminado y lo devolvería a la estantería de la sala. Me ha dejado no para leer. Con el libro en la mano y tendiéndome boca abajo, ilumino una página al azar, con la esperanza de que mi mente se adormezca como el resto de mi cuerpo para descansar lo que corresponde, o cerca.

Tres, cuatro páginas con la descripción de cómo rodea la costanera, como la garita del puente refleja el sol o cómo rebota sobre su techo la llovizna. Todas esas imágenes las mira a través de un cristal que recibe también las gotas minúsculas que corren hacia abajo y dibujan motivos confusos, los mismos que el limpiaparabrisas pretende exiliar en su curva. Se demora para describirlo. No renuncia a las nimiedades ni a nombrar cada calle, como si yo, que vivo a tantos kilómetros de Argentina, pudiera tener algún interés. Veo el índice. Es el tercer capítulo. Sí, él es capaz de aguantarse leer tantas páginas con descripciones así. Bueno, tal vez me ayudaría a dormir, pero no. Me exaspera la vida de este hombre que describe cómo su auto recorre parajes que jamás visitaré; no se aburre, parece gozar esa insignificancia y yo aquí, del otro lado, no aburriéndome, como todavía espero, sino compartiendo su aburrimiento. Y algo de pena, sí, aunque eso es solo mío.

Corro las páginas hacia adelante, sin mirarlas: la luz de la linterna se proyecta sin sentido en cualquier dirección y queda después inmóvil sobre la sábana. La cojo y enfoco cuando el azar me ha concedido el lugar para detenerme. Las últimas páginas describen un feminicidio. Apago la linterna. El libro lo abandono sobre el velador y la linterna, de pie, como un pisapapeles. Los ojos todavía me arden. Si él volviera por el libro…

5

Me abanico con la mano libre frente a la ventana. Tal vez sí del insomnio sea culpable el calor, pero el responsable de lo que hoy me atormenta es un libro que no alcanza las trescientas páginas. Cicatrices me colocó en la mente de los desgraciados, de los infelices, hasta llegar a la mente del asesino, el miserable, al punto de comprenderlo, aterrado. Poco a poco, sin darme cuenta, me hizo bajar como un Virgilio perverso y me abandonó en una hondura del terreno, ya indispuesto a volver a la superficie, al menos por un tiempo, a leer en clave optimista cualquier otra cosa. Tampoco quería volver a la cama; solo que la botella que a ciegas había extraído no llegara a su fondo y ella no despertara. [Leonardo Cárdenas Luque]

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