Persona, de José Carlos Agüero

 

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Fuente: allevents.in

Con cuatro libros publicados en los últimos años, José Carlos Agüero se ha convertido en uno de los autores más representativos de la literatura peruana reciente. Historiador de formación, colaborador de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), sus publicaciones abordan distintos géneros canónicos —la poesía en Enemigo (2016) y el relato en Cuentos heridos (2017)—, pero también incluyen textos de más difícil clasificación como Los rendidos. Sobre el don de perdonar (2015) y Persona (2017). La labor intelectual de Agüero no puede desligarse de la política nacional, ámbito al cual está vinculado por una serie de factores que le dan a su obra características particulares que difícilmente pueden encontrarse en la mayoría de escritores nacionales.

Indudablemente, el factor más importante radica en su condición de hijo de dos miembros de Sendero Luminoso, quienes fueron ejecutados extrajudicialmente. Las reflexiones de Los rendidos están escritas desde esa perspectiva y si bien sus momentos de lucidez justifican plenamente los comentarios positivos que suscitó, parte de su potencia recae en cómo lo privado y lo público nunca terminan de diferenciarse, pues la historia personal del narrador ilumina un momento fundamental de la historia nacional reciente. En el contexto del boom de la autoficción de la narrativa peruana, que en algunos casos preconizaba una vuelta pretendidamente “despolitizada” hacia los espacios domésticos, Los rendidos asocia la intimidad con la política y consigue remover ciertas fibras sensibles del relato oficial del Conflicto Armado Interno (1980-2000). Es difícil pensar en otros escritores de nuestra tradición cuya biografía, cabría decir incluso herencia, esté tan vinculada a su obra y al derrotero histórico nacional (ahora se me ocurren dos: José María Arguedas y el Inca Garcilaso).

Por ello, no deja de ser irónico que una de las premisas fundamentales de Persona, tal como el autor expone en el prólogo, sea el cuestionamiento de la categoría de sujeto, que la racionalidad occidental acaso con mucho optimismo habría dado por sentada. En algunos aspectos, la última publicación de Agüero reescribe e incorpora Los rendidos en una perspectiva más amplia, pero también más desolada y escéptica. De ahí que algunos comentaristas como Javier Torres lo hayan catalogado de libro incómodo, en tanto la recepción crítica no habría sido tan entusiasta como con su primera publicación[1]. ¿Sin embargo, realmente ha sido así? La crítica literaria, entendida como la institución que permite establecer vínculos entre los textos y un público no especializado, no existe en el Perú —lo que existe, tal como he señalado en otro lugar, son escritores que se dedican eventualmente a la crítica, de modo aislado y en condiciones desfavorables a la elaboración de  debates relevantes[2]. En cierto modo, Persona ha recibido comentarios en medios muy semejantes a donde fue reseñado Los rendidos, a veces por los mismos autores. Ello no impide reconocer que Persona es un texto de mayor complejidad que plantea otro tipo de retos a la lectura crítica. En este texto, me propongo abordar alguna de estas cuestiones, tanto desde la perspectiva textual y literaria como desde la reflexión ética, para finalmente ofrecer un comentario acerca del modo en que este texto se sitúa en el medio intelectual peruano.

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Fuente: Revista Ideele

Acaso debido a la urgencia de los temas que abordan, los textos de Agüero raramente han sido examinados desde la perspectiva de su composición formal, de la que quiero apuntar tres aspectos. Uno, tanto en Los rendidos como en Persona se retoma la tradición de la prosa breve y fragmentaria, ¨apátrida¨ en tanto tiene elementos heterogéneos como el aforismo, la reflexión, la crónica, el diario, el relato y el poema en prosa. Esta forma, distinta del ensayo que tiende a la unidad y a mayor extensión, tiene como principal antecedente en la tradición peruana al Julio Ramón Ribeyro de las Prosas apátridas, La tentación del fracaso y Dichos de Luder[3]. Curiosamente, muchos de los fragmentos de Los rendidos aparecieron primero en el blog personal del autor, por lo que su forma también se adaptaba a los requerimientos de un post, en particular la brevedad y la legibilidad. Dos, tal como lo percibe Jorge Frisancho[4], hay en la escritura de Agüero una tendencia hacia lo concreto y lo cotidiano, por lo que aun en descripciones muy breves las escenas suelen estar ancladas en contextos espaciales y temporales muy delimitados (cf. la sección “Mapas”). El epígrafe de Vallejo, tomado de los poemas póstumos, realza el contraste entre la realidad concreta y la abstracción —el yo profundo, el tropo, el infinito, el psicoanálisis, la filosofía, la Academia— y, en tanto pórtico del libro, funciona como una declaración de principios. Tres, además del discurso verbal, ya sea en prosa o verso, Persona incorpora fotografías, mapas, dibujos o documentos de fuentes diversas, lo que configura una serie de tensiones: entre la palabra y la imagen, entre la simbolización y la realidad, entre la fuente “auténtica” y la alterada o intervenida. La inclusión de documentos e imágenes como modo de develar discursos hegemónicos es un recurso propio de la neovanguardia poco común en la tradición peruana, pero muy empleado por autores chilenos como Juan Luis Martínez o Raúl Zurita, mientras que la conjunción de la imagen y la letra remite inevitablemente, en nuestra tradición, a la obra de Guamán Poma de Ayala.

Los variados afluentes literarios de Persona, poco comunes en nuestro contexto literario, lo convierten en un texto inusual y estimulante. Hay, además, otra corriente que atraviesa los distintos fragmentos del libro: la tradición de la reflexión filosófica y académica contemporánea, en particular acerca de temas de ética y memoria. Una de sus consecuencias fundamentales en términos operativos es el rechazo de las concepciones dualistas fundadas en identidades rígidas. Si en Los rendidos se hace particular énfasis en el cuestionamiento de la noción de “víctima” y su opuesto, el “victimario”, en Persona se confronta también la idea del “héroe”. En los capítulos centrales del libro, Agüero se propone desestabilizar dos tipos de discursos: el épico (cf. la sección “Épica”) y el artístico (cf. la sección “Traición”). Los relatos épicos son cuestionables, sostiene, porque presuponen una distribución maniquea de las responsabilidades, una división entre “héroes”, “culpables” y “víctimas”, que simplifica los complejos matices de la realidad. Como estructura vacía, este discurso puede ser adoptado por grupos de muy diversas posiciones políticas, cada cual con un panteón poblado de sus propios héroes: el gobierno y los militares, los grupos terroristas y los revolucionarios, el progresismo y los héroes civiles. Por otro lado, Agüero es también bastante crítico del modo en que diversos artistas se apropian del legado de la violencia y lo transforman en producto estético. La poesía, aunque aquí el término parece referir a un fenómeno más vasto, tiende a estetizar las huellas de la violencia, por ejemplo arrancando los escombros de la isla del Frontón de su contexto y convirtiéndolos en objetos de contemplación. Esta operación, implicada en la noción de “poética del resto”, tendría el efecto de despojar a tales objetos de las voces que podrían albergar para habitarlos por un discurso otro, acaso bien intencionado, pero muchas veces elitista o académico. Se trataría, pues, de una forma de falsificación.

¿Qué es lo que queda por hacer? En la sección final de Persona, se propone una alternativa afirmativa aunque frágil, pues no se apoya en las certezas del relato épico o del esteticismo. Se trata del silencio, lo único que se puede compartir con “los destruidos”, un silencio que puede servir como prueba y evidencia de las otras voces, pero también como forma de evidenciar el ruido. En los términos del primer libro, quizás pueda decirse: un silencio que es al mismo tiempo confrontación y una forma solidaria de rendirse.

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Fuente: El Montonero

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No puedo dejar de anotar un último aspecto respecto de Persona: en su argumentación, en la elección de conceptos, el texto realiza un diálogo implícito con el discurso académico. Ello sorprende inicialmente, pues su presencia era mucho menor en Los rendidos, en cuyo prólogo el autor afirmaba no haberse sentido cómodo ni capaz de adoptar dicho registro para ese libro en particular. Ahí también señalaba que los suyos no son textos de Historia o testimonios, sino “relatos cortos, a media carrera entre reflexiones y apuntes biográficos” (13), cuya única regla sería procurar ser honesto (15). Por su propia disposición editorial, Los rendidos se ofrece como un objeto a ser interpretado: esa es la operación que realiza el interesante colofón de Rubén Merino, el cual entre otras cosas reincide en el carácter no convencional y sincero del texto.

Esto cambia drásticamente en Persona, donde solamente aparece el prólogo del autor, más conciso y teórico que el de Los rendidos, en el que toma distancia de su primer proyecto. ¿A qué se debe este viraje? Creo que el texto brinda suficientes pistas. Al referirse a Demasiado pronto / Demasiado tarde. El Frontón. Junio 1986 – Marzo 2009, libro de Gladys Alvarado, Agüero recalca cómo sus fotografías fueron usadas por distintos actores como Sendero Luminoso o el Lugar de la Memoria. La palabra clave es usar, porque implica descontextualizar, apropiarse e incluso desvirtuar el sentido original de las imágenes para incorporarlas en otro discurso. Y como queda claro, no solamente las imágenes pueden usarse, sino también los textos. La obsesión visible en Persona de reflexionar sobre sí y sobre sus propios límites parece obedecer a una estrategia para prevenir que el texto sea instrumentalizado y desvirtuado. Esta ha sido, y nuevamente la confusión con lo biográfico es ineludible, la forma en que se ha leído la obra y sobre todo la figura del autor por parte de diversos ámbitos de la sociedad peruana, desde los sectores conservadores hasta los progresistas. Armarse del discurso y de ciertos códigos académicos cambia la situación de Los rendidos, pues este último libro ya no es (tan solo) un objeto a ser interpretado sino de un texto, digámoslo así, con mayor agencia y capacidad de negociar su propio lugar en el campo de lo simbólico.

En ese sentido, Persona nos advierte del peligro de elaborar una épica de los fragmentos que nos ofrece, convertir a Agüero, a la voz narrativa de Los rendidos y esta última publicación, en una suerte de héroe cultural. Si las reacciones ante su proyecto han oscilado casi siempre entre la empatía y la antipatía, es necesario enfatizar que la predominancia del “pathos” es incompatible con el ejercicio crítico; de ahí la necesidad, el reclamo, la exigencia de distancia que el propio autor asume al evitar la comodidad y la condescendencia de los mitos. Existe otro problema con las aproximaciones desde el “pathos”: son ruidosas, acallan la voz del texto para escucharse a sí mismas. Tienden a aniquilar las alternativas frágiles, aun cuando dicen defenderlas.

Por eso, si de algo sirve la crítica, debería ser para crear las condiciones que permitan que el silencio, ese silencio del que se habla en Persona, pueda ser escuchado.

[Mateo Díaz Choza]

 

[1] Ver la entrevista realizada en el portal de La Mula: https://elarriero.lamula.pe/2018/06/03/jose-carlos-aguero-depurar-al-lum-no-significa-cerrarlo-sino-corregirlo-y-reescribir-la-historia/javierto/

[2] Ese otro lugar es este: https://cuadernosdelhontanar.com/2017/01/08/el-repliegue-de-la-critica/

[3] Aunque desde una perspectiva muy distinta a la de Agüero, ejemplos del uso de la prosa breve en la literatura peruana reciente son Marginalia (2015) de Carlos Yushimito y, en menor medida, las publicaciones de Paulo César Peña.

[4] https://escritoalmargen.lamula.pe/2018/01/17/para-reconocer-la-necropolis-que-compartimos/jorgefrisancho/

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