Mañana, las ratas, de José B. Adolph

Mañana, las ratas y la narración descentrada

En la tesis[1] que elaboré hace unos años sobre esta novela de Adolph, afirmé que la sociedad ahí representada podía analizarse mediante la explicación del orden mundial que presentan Hard y Negri en su libro Imperio. Asimismo, interpreté la negociación entre los bandos enfrentados en esta novela gracias a la semiótica del discurso de Fontanille, en un marco mejor entendido con el concepto de semiósfera de Iuri Lotman.

Sin embargo, hizo falta un estudio sobre los elementos estructurales de la novela. Me refiero a la manera en la que está contada la historia, a qué se ha mostrado y qué se ha callado. El objetivo de este trabajo es indagar sobre esos rasgos. Juntos, componen lo que he decidido llamar «narración descentrada».

1) Los personajes

En cuanto a los personajes elegidos, se debe atender a quiénes se le da voz a lo largo de la narración. Los protagonistas son miembros del Directorio Regional y del Directorio Supremo. A todos ellos se les ha designado un nombre propio: Tony Tréveris, el protagonista; Linda King, la norteamericana encargada de resolver el problema de ratas en Perú; Miranda, el dirigente principal de la cúpula limeña, y Patrick Simmons, líder a nivel mundial. Todos ellos cuentan, incluso, con historias particulares, que vamos conociendo al avanzar la novela. Fuera del directorio o sus familias, el otro personaje con voz es el Cardenal Negro, líder de las «ratas». De él, se desconoce el nombre y no tiene ningún trasfondo. Además de este representante, no se puede considerar que las «ratas» tengan voz. Por eso son llamadas así las personas pertenecientes a la gran masa: son animales carentes de signos que los individualicen. En conclusión, toda la acción de la novela se reparte entre los dirigentes de uno u otro lado; sobre todo, en la clase dirigente, que escucha al Cardenal únicamente por haber secuestrado a Linda King.

Adolph presenta ese ocultamiento desde el comienzo de la novela. En la casa de Tony Tréveris, los niños toman desayuno: «servidos por una mujer baja y cetrina que no decía palabra» (9). Tras la frase, el narrador pasa a otros asuntos. La mujer de servicio jamás reaparece. El narrador la ha escondido, como se esconden, con rapidez, los roedores a los que enfoca una luz.

2) La forma de abordar la actualidad

De vez en cuando, se escuchan explosiones en la ciudad. No se sabe si fueron causadas por los rebeldes o el Directorio. De manera continuada, la ciudad amanece con un edificio menos. ¿Cómo se explica esa violencia? No se exponen razones. Tony, al salir de su casa, solo se muestra fastidiado por ese contexto, como quien se queja de los mosquitos en un día de picnic. Al chofer del helicóptero que traslada al protagonista, siguiente personaje que opina sobre lo que ocurre en la ciudad, le parece increíble que, con la facilidad con la que se puede matar a alguien en esos años, no se haya eliminado a las ratas responsables. Ninguno de los dos, el piloto o Tony, llega a detallar las razones de las ratas, el porqué. No extraña que lo desconozcan.

Cuando aparece el Cardenal Negro, pensamos que él podría conocer los motivos. En medio de la negociación, imparte una lección de historia contemporánea con sus interlocutores, miembros del Directorio Regional. No obstante, es una exposición que adereza con cinismo. Eso lo hace parecer alguien desafectado por los sucesos, un hombre por encima de ellos. Con ese ánimo, comunica a los dirigentes las demandas de las ratas, los motivos de la violencia. No abandona, sin embargo, el tono mordaz. Frente a los que poseen poder, como él, se permite decir que ha prometido al pueblo darles el paraíso, pero a sabiendas de que solo conseguirá el purgatorio.

Ese cinismo es una característica de todos los personajes. Incluso en los momentos más críticos, Tony Tréveris no pierde la oportunidad para una bromita. Cuando ha escapado de una muerte probable con Linda Tréveris, anuncia: «no pienso arriesgar el pellejo ni por Miranda ni por el monje loco» (145). O cuando contempla a varios niños asesinados por la policía, en el suelo, muertos y ennegrecidos junto a un camión que habían decidido asaltar, el pie de página de Tony a esa matanza fue: «Linda despedida» (153).

Al mismo tiempo, en la novela se da relevancia mayor al sexo y el amor. Ambos aparecen en la tensión erótica de los protagonistas, así como en las diversas focalizaciones en escenas sexuales, como aquella en que Linda y Tony acaban copulando en un cuarto privado de un establecimiento que ofrece el espectáculo del coito entre una pelirroja y un pony erótico. Todo ello sucede después de fugar por calles mal iluminadas para no ser asesinados.

Las historias particulares del directorio se vinculan con estos temas «accesorios» de los que echa mano Adolph. Por ejemplo, utiliza la sexualidad para caracterizar a los personajes. La secretaria de Tony se define por su capacidad para ser un objeto sexual hermosísimo con una atracción inexplicada por su jefe. De uno de los compañeros de Tréveris, llamado Hermógenes Crucible, se describe que tiene «un pene que parece un platanito marrón» (23) y la relación conservadora que mantiene con su esposa. También, se cuenta cómo Tony y su esposa se conocieron cuando ambos estudiaban en Estados Unidos. Sobre la vida de ella fuera de lo doméstico, solo se sabe que tiene afición por divertirse con diversas formas de sexo: lo que ella «haga con su preciosa serie de agujeros no le concernía a él» (17).

Tocar esos temas no es, en absoluto, algo negativo de la novela. Incluso, puede concebirse como una estrategia narrativa. Son tópicos que producen identificación rápida por parte de los lectores. De esa manera, se pierde de vista que, llegados a los últimos capítulos de la novela, sabemos poco sobre las intenciones reales del Cardenal Negro, su identidad y si representa con fidelidad los intereses de las ratas. En su lugar, conocemos que la atracción entre Linda y Tony fue inmediata, tal vez muy rápida para ser verosímil que llegaran a amarse, pero no interfiere con la relación matrimonial de él. ¿Y el conflicto social que casi les ha costado la vida? Solo aparecen indicios, marcas leves que terminan como fondo, lo que se necesita para saber de su existencia.

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3) El espacio

Recordemos cómo Adolph reparte las ubicaciones de los ciudadanos: las clases favorecidas se han situado en los límites de la capital, fuera de ella o en los balnearios. Por ejemplo, la familia de Tony Tréveris vive en Mala; en Huacho hay un aeropuerto y gran parte de la actividad comercial se desarrolla en Pucusana. Si este vivir fuera del centro parece insuficiente, basta con recordar dónde habitan los miembros del Directorio Supremo. El anciano Patrick Simmons, director absoluto, ha establecido una comunidad de élite en la luna, lugar que llaman «El campo de golf». Cerca al final, además, descubrimos el plan de esa minoría para abandonar el satélite y el agotado planeta tierra, y empezar a colonizar el resto del sistema solar. Los océanos y continentes planifican dejárselos a las ratas.

Muy distinta es la situación de estas masas de personas. Son ellas las que han ocupado el centro de la ciudad. El corazón mismo de Lima, la Plaza de Armas y las zonas aledañas al río Rímac son habitadas por ellas y su decadencia. Lo que antes era el centro del poder, ahora no lo es. Como en la época representada han desaparecido los estados-nación, el directorio puede establecerse en donde quiera. No necesita de palacios de gobierno, poder judicial o legislativo. Se trata de una organización descentrada.

4) La narración descentrada como método de composición de la novela

Descentrada, como la Lima que retrata, es la narración de Adolph en Mañana, las ratas. El pueblo, que habita el centro de la ciudad, no tiene voz ni un representante con nombre propio. Por lo tanto, son desconocidas sus intenciones. Han sido ocultadas por temas de menor relevancia para la vida pública, los que han distraído al lector.

Durante todo el tiempo que duraron los conflictos, estuvimos observando un mundo intocado por el pueblo. Este era un actor lejano. Advertimos su existencia como quien se da cuenta que a una sombra le corresponde un cuerpo. Los Cat-Ox nos parecieron la representación de esos intereses. Cuando habló el Cardenal Negro, pensamos que así se hacían escuchar las voces de los oprimidos, pero lo observamos desde la perspectiva de los nuevos ricos de Lima: ejecutivos liberales de transnacionales. Sabíamos lo que pensaba Tony Tréveris, no el Cardenal. Así, fuimos hasta el satélite pensando que el conflicto se había acabado y escuchamos los planes del Directorio Supremo para colonizar otros planetas. En la última página, nos sorprendió la llegada de un cohete negro. Adolph escondió ese elemento, el que representaba los verdaderos intereses del pueblo, su real intención y consideración hacia la clase dirigente, hasta el final. Las voces de los oprimidos no aparecieron en la novela. En su lugar, la fuerza de la masa se manifestó en la inminencia del final de una civilización y, en la historia contada, acabó la novela con un potencial bum. El pueblo era el centro; sus acciones, el objetivo final de la historia. No se sabe con precisión si el Cardenal Negro fue un instrumento para lograr las condiciones que permitieran efectuar el asalto al satélite o si solo ocultó el verdadero plan.

¿No es como si la forma en que está contada la novela nos advirtiera que la mayoría de los problemas reales están siendo soslayados, y lo seguirán siendo hasta que un gran proyectil impacte nuestro satélite y nos devuelva a la realidad?

De ser así, Mañana, las ratas podría empezar a ser considerada también por la forma en que fue narrada, independiente de las convenciones del género de la ciencia ficción o de las lecturas que solo consideran su contenido, como las que se han hecho en las pocas veces que se escribió sobre ella. [L. C.]

[1] Cf. La dominación del Imperio en Mañana, las ratas (1984) de José B. Adolph (2016). En línea: http://cybertesis.unmsm.edu.pe/handle/cybertesis/5670

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