Frankenstein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley

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Retrato de Mary Shelley (1840), por Richard Rothwell

En los próximos años continuarán las celebraciones de centenarios y bicentenarios de obras memorables. Este momento particular del siglo es crucial porque se concreta el cambio de época, y ello se percibe a nivel histórico y artístico. El giro es comprensible teniendo en cuenta que la vida de los seres humanos raramente excede los cien años, y cien años es un ciclo conmensurable para la mente humana y la medición de su historia. Este año se ha celebrado con justo reconocimiento los doscientos años de la aparición de Frankenstein; or, the Modern Prometheus, de la escritora inglesa Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851), una novela fascinante y extraña, y cuya imaginación es parte hoy de la cultura popular.

Mary Shelley tenía veintiún años y acaba de ser madre cuando publicó Frankenstein de manera anónima. A veces es difícil poner en perspectiva a los escritores y su obra de juventud. Mary fue una escritora muy precoz, y ello no fue fortuito, creció en un entorno que le incentivó a la actividad intelectual, especialmente en casa de dos libres pensadores, la feminista y el anarquista. Es sabido que su madre, Mary Wollstonecraft, quien murió días después de dar a luz a Mary, en vida y obra fue precursora de feminismos modernos, y su padre, William Godwin, fue un importante filósofo anarquista, que capturó la admiración del poeta Percy B. Shelley; su padre fue además el puente de Mary con la nueva intelectualidad de Londres. La relación amorosa entre Percy y Mary también se puede contar como un contexto auspicioso para la creación. Shelley fue un poeta destacado de una generación excepcional, en quien Mary encontró un par entregado a la lectura y escritura, y quien la incentivó siempre a la publicación. Además de su vínculo con Shelley, otras circunstancias familiares complotaron la gestación de Frankenstein, tal como recuerda la misma Mary en el prólogo de 1831 de la novela. A través de su hermanastra Claire Clairmont, Mary, y luego Percy, conoce a Lord Byron, y en 1816, animados por Claire, los Shelley deciden embarcarse con ella a Suiza, donde Byron escribía el Childe Harold, en un autoexilio motivado por sus fracasos amorosos. En una noche de encierro por los días de lluvia, recuerda Mary, acompañados del médico y amigo de Byron, John William Polidori; debían componer historias de horror a la manera de una traducción francesa de Gespenterbuch –Libro de fantasmas-, una recopilación de folklore alemán hecha por escritores afines a los círculos de poetas de Dresden, del que eran asiduos von Kleist y Tieck. A Mary se le ocurrió Frankenstein. Entonces los círculos europeos románticos rendían culto a las historias de fantasmas, aparecidos, o lo que se consideraba antiguo conocimiento popular; un conocimiento que hiciera frente a los experimentos científicos, cuya taumaturgia medía fuerzas con la naturaleza. Esa tradición alemana de la que se nutre Mary convive con proyectos ilustrados que legitiman la racionalidad, y con los que los románticos mantuvieron una relación ambigua, de afirmación y desconfianza, de celebración y miedo. Frankenstein se encuentra en esas coordenadas: dramatiza el poder humano que solo puede producir horror. Dice Mary que quiso componer justamente, “una historia que hablara de los misteriosos temores de nuestra naturaleza, y despertaran tal escabroso horror —aquel que impidiera que el lector voltee, que le agriara la sangre y apresurara sus latidos del corazón”. Mary comienza la escritura de la novela en su retorno a Inglaterra en setiembre de 1816; se casa con Shelley luego del suicidio de Harriet, la esposa que abandonara Percy, y Frankenstein se publica en 1818. 

Frankenstein es uno de los libros que por su fama se aborda con confianza, aunque uno luego se encuentra con una lectura desafiante. La popularización del libro, me parece, ha capturado con acierto su esencia —el horror— pero la novela nos aguarda con un complejo entramado de discursos de época —como la ciencia pre-revolución industrial— y sobre todo, nos enfrenta a nuestra compleja relación con la ciencia. La novela nos devuelve a ese horror a la mecanización, llamémosle moderno, que sigue vivo aún en Occidente. El subtítulo del libro, el moderno Prometeo, advierte esa tensión entre la hechura humana y lo no-humano, y por ello el subtítulo no pudo ser más acertado: la novela guarda relación con dos aspectos de la tragedia Prometeo encadenado de Esquilo; dramatiza el castigo por desafiar a los dioses y señala nuestros límites. En la tragedia griega, Prometeo es castigado a que sus entrañas sean devoradas en las cumbres del Cáucaso, y a los seres humanos se les niega definitivamente cualidades divinas a favor  del equilibro cósmico. El castigo y la pérdida del equilibro son dos temas claves de la novela, y quienes las padecen son tanto creador como la Criatura; el doctor Victor Frankenstein y su creación que quiere hacerse humano por cuenta propia, y de cuya evolución somos testigos. Humano —demasiado humano— la Criatura comprende que el lenguaje y el amor son dos facultades necesarias para probar su humanidad. Aprende por su cuenta el uso lenguaje, los quehaceres de la supervivencia e incluso una conciencia de la historia, pero exige a su creador una esposa. Su soledad es intolerable y sin una unión sexual, no puede saberse humano. La idea de una prole de la Criatura le produce horror a Frankenstein, y así como le niega compañía, la Criatura le quita a Frankenstein la posibilidad de una familia. Ambos sufren de soledad y las consecuencias de sus disputas resultan en el horror. Si la creación artificial escapa del control humano, y aspira a una humanidad desconocida, ¿está lista esa humanidad para responder por su creación? Para Mary Shelley, el horror no se encuentra en el más allá, ni lo extraterreno: el horror está contenido en el poder de la creación humana a través de la tecnología. Esta preocupación no es exclusiva de su obra —su imaginación la traslada al límite— sino de una época que ve concretándose los sueños de la Ilustración: poetas, políticos, filósofos y científicos, quienes observan que las aspiraciones utópicas humanas pueden tornarse realidad. 

En Frankenstein, la Criatura cobra vida a través de la profanación del cuerpo humano y la galvanización —la aplicación de la electricidad a un tejido inerte—. Este dato es importante, y ha calado en la imaginación popular; cualquier representación del doctor Frankenstein nos lo muestra recurriendo a la energía eléctrica y aplicándola en cadáveres, retazos de materia muerta. Mary conoció en casa de su padre a Humphrey Davey y William Nicholson, dos expertos en electricidad galvánica, y ello sirvió años más tarde para que el relato recurra a la ciencia europea de la época, que en sintonía con los valores de la Ilustración, pretendía la superación de lo humano. Sin embargo Frankenstein revela la falla de este poder: la Criatura se convierte en la pesadilla del creador y esta imperfecta manufactura revela el fracaso del genio. Si bien la creación humana, como decía Percy Shelley en su famosa “Defensa de la poesía”, debía tender a la belleza, Frankenstein muestra que es posible que la ciencia encarne el revés de la capacidad creadora humana, que para los románticos debía aspirar a la armonía y el orden. Los románticos ingleses estaban fascinados por esta capacidad, no solo la poética, porque se creía que la fuerza creadora podría acercarnos al orden divino de la naturaleza. Las nacientes ciencias —como las ciencias cognitivas— influyeron en la reflexión de los románticos sobre las fuentes físicas y psicológicas de la creación humana, el cuerpo humano, los sueños, la mente y los afectos, y esto se puede advertir en el impacto de Zoonomia o las leyes de la vida orgánica de Erasmus Darwin (1794) —abuelo del evolucionista— en la obra de Coleridge y Wordsworth (1), o la influencia de los estudios de anatomía en los poemas de John Keats, si se los lee pensando que los escribió un estudiante de medicina. Así como sus contemporáneos, Mary seguía atenta los debates científicos vinculados a la creación, como el del Vitalismo material que defendía la existencia de una energía universal como la electricidad, que animaba la vida fisiológica. Mientras los científicos creadores de estas teorías sobre galvanización y vitalismo, Giovanni Aldini y William Lawrence —con quien los Shelley tenían una relación cercana—, nunca sugirieron intervenir las leyes naturales, Mary radicaliza estas suposiciones científicas, dotando a la energía eléctrica del poder de animación vital. El resultado es la Criatura animada físicamente y sin alma, cuya iniciación y evolución humana —incompleta sin embargo— sigue de manera crítica la lógica del darwinismo que triunfa en el siglo diecinueve. La novela muestra que la evolución material de la Criatura no lo hace necesariamente humano, a pesar de que aprende a hacer fuego, a comunicarse y a leer. Ante la incapacidad de encontrar una comunidad de pares, la Criatura se percibe a sí misma con horror, y responde con impotencia y atrocidades.

Al mostrarnos los deseos de la Criatura y los miedos de Frankenstein, la novela pregunta qué nos hace humanos, qué es lo que determina nuestra humanidad. Y al no volcarse al Otro de turno, sino ahondar en propios miedos, la novela excede la fórmula de la imaginación gótica. Los miedos de Frankenstein no responden a temores de un cambio social, sino a nuevos paradigmas; discursos y técnicas que modificaron radicalmente nuestra relación con la naturaleza y nuestros cuerpos. Al acudir a nuestra relación con lo no-humano Mary formula preguntas que, en mi opinión, continúan vigentes, a la espera de respuestas que quizá nunca sean definitivas. Vivimos, salvo relativas diferencias, bajo el mismo paradigma ilustrado con el que se encontraron los románticos. Hoy nuestra visión de lo humano sigue dependiendo de los valores de la ciencia ilustrada y sus técnicas, que batalla contra la naturaleza por ubicar a nuestra especie —con sus fantasías y necesidades— en la cúspide de una jerarquía imaginaria en desmedro de la Tierra y sus misterios. Estas preguntas e inquietudes hacen que Frankenstein sea una reflexión sobre el hombre moderno y sus fantasías, incluso a doscientos años de su publicación: el horror que tanto anhelaba despertar Mary Shelley sigue intacto. [Miluska Benavides]

(1Como desarrolla el fascinante libro del profesor Alan Richardson, British Romanticism and the Science of Mind (Cambridge, 2001) 

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