El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon

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En la página 180 o 190 (da lo mismo para un libro que sobrepasa las 1100 —segunda edición de Tusquets, al menos—), el lector se rasca una ceja y, por fin, así esté en su cuarto, en un café, en una banca del malecón Cisneros, sentado sobre la arena de Agua Dulce, de pie en la 18 (apenas cogido del asiento frente a él: el libro pesa, qué incomodidad, y ni siquiera puede rascarse la ceja en este escenario)… pregunta ¿qué estoy leyendo? No lo hace a sí mismo, pues no sabe la respuesta, es evidente, sino a una conciencia superior que, desde una dimensión invisible, lo acompaña en la lectura entendiéndolo todo, incapaz de ayudar. La reacción de la gente que lo rodea dependerá del volumen que el lector haya usado para la pregunta.

Tiene entonces dos opciones. La primera es volver a crear, en el estante, un espacio para el volumen en medio de otros autores, uno con P y uno con Q, lugar que le costó rellenar para que los libros no se recostaran. La segunda requiere un compromiso, casi un apostolado pynchonista.

Esta variante nos deja aumentar la historia. El lector se interna más allá del punto cero (nombre de la primera parte de la novela), sin ganas de retroceder, aunque le caigan las bombas encima. El libro es largo como una guerra, caótico como una guerra. ¿Cómo así? Los personajes, todos con nombre propio, las divisiones militares, los organismos de inteligencia y sus departamentos, todos con sus siglas (S. H. A. E. F., A. T. S., A. C. H. T. U. N. G., P. I. S. C. E. S., etc.), aún más difíciles de recordar cuando su nombre completo es traducido… Todo eso logra que entienda qué tan confuso es para un civil vivir en tiempo de guerra, qué tan poco puede llegar a saber uno, qué tantos significantes sin significado, cáscaras sin pulpa, aparecen con fugacidad en un conflicto de la magnitud que tuvo la Segunda Guerra Mundial.

Esta sensación se ve apoyada por la multiplicidad de registros de la que hace uso Pynchon en la novela. El lector, mientras pisa con cuidado para no perder las piernas con una mina, pasa de leer una prosa poética a una novela erótica, pornográfica casi, a una más bien propia de un manual de física aplicada a la balística (y qué densa es), a otra de aventuras y una de ciencia ficción, de superhéroes… Eso también lo vuelve todo más caótico, más múltiple, de tal forma que el lector queda pegado a una telaraña, en medio de un naufragio de palabras, alrededor de él varias piezas del barco. Para adecuarnos más a esta guerra, diré que el lector queda entre los escombros dejados por la explosión de un cohete V-2 y lo que lee, lo que debería comprender, es ese grupo de cascotes.

Ahora ubíquese en ese lugar el lector y diga en voz alta ¿QUÉ PASA AQUÍ? Y levante los brazos como corresponde a la pregunta. Tal vez le responda un espíritu, como sucede en El arco iris de gravedad, en la que el mundo muerto se añade, para mayor inri, a los elementos que ya la convertían en confusa.

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Fuente: ABC

Y, ante todo eso, ¿qué le queda sino la paranoia a nuestro lector aturullado? Aquí nos podría estar pasando cualquier cosa (respuesta a la pregunta del lector entre los escombros). Es esa actitud la que toma Tyrone Slothrop, personaje principal (entre varios) del texto: Ellos (presencia invisible, quizás inexistente) están tras él, cree. La sospecha lo lleva a recorrer muchos lugares, como en una historieta de aventuras, y a probar cambios de identidad que recuerdan a un cuento de espías. Así, en la novela se verá cómo derriba un avión con pasteles lanzados desde un globo, cómo atraviesa la ciudad de Berlín disfrazado de superhéroe (el Hombrecohete) en busca de hachís y cómo se convierte en un cerdo gigante venerado por todo un pueblo.

Otra vez: ¡¿QUÉ PASA AQUÍ?! Parece que Pynchon se ha empeñado en ser ridículo, en arañar lo inverosímil. ¿Qué estrategias utiliza para que un lector quiera llegar al final de tan larga travesía? Más bien, parece que su esfuerzo se centra en colocar obstáculos en el camino del más bienintencionado.

Pues bien, uno de sus argumentos para acaparar la atención del lector desconcertado es el que mencionamos en los párrafos anteriores: el sentimiento de desorientación, de abrumarse en la guerra, por las perspectivas y los registros múltiples, los cientos de historias insertadas en sus párrafos, las siglas y nombres abundantes, las amputaciones en el discurso (que los puntos seguidos ayudan a discernir, como ayudan los puntos sobre una herida a reconocer dónde se recibió un disparo)… Todo eso es igual para un soldado raso como para el lector. A eso podemos llamarle inmersión gracias a la forma. Si la lectura se emprende desde esa perspectiva, no habrá problema. Quien la aborde para entenderlo todo, sin duda acabará sepultado bajo el arsenal de datos que Pynchon investigó para escribir esta novela. (Existen muchas guías de lectura, pero se desaconseja el uso para la primera vez, que, como toda primera vez, debe ser vivida con sus dolores, miedos y vergüenzas).

El otro motivo por el que deseamos creerle a Pynchon es la belleza. No busques su foto. Me refiero a las descripciones precisas, largas, pero no agotadoras, con esa perspectiva que se aleja del lugar común; descripciones que refrescan a quien las imagina o que, en algunos casos, erizan la piel.

… «Ahora hacemos Ndjambi Karunga omubona…», un susurro a través de las ardientes y espinosas ramas donde el alemán exorciza energías presentes más allá de la luz del fuego con su delgado libro. Alza la vista alarmado. El joven tiene deseos de fornicar, pero usa el nombre herero de Dios. Un frío extraordinario estremece al blanco. Cree, como la Sociedad Misionera Renana que corrompió a este joven negro, en la blasfemia. Especialmente aquí, en el desierto, donde peligros que él ni siquiera se atreve a mencionar en las ciudades, ni siquiera a la luz del día, se amontonan, con las alas plegadas, las nalgas rozando la fría arena, esperando… Esta noche siente el poder de cada palabra: las palabras son sólo un guiño que aleja de las cosas que representan. El peligro de practicar la sodomía con el muchacho bajo la resonancia del Nombre sagrado lo llena locamente de lujuria, lujuria en la cara —la máscara— del perentorio talión que proviene de más allá del fuego…, pero para el joven Ndjambi Karunga es lo que ocurre cuando se fornica, ni más ni menos: Dios es creador y destructor, luz y tinieblas, todos los conjuntos de contrarios reunidos, incluidos blanco y negro, hombre y mujer…, y él se convierte, en su inocencia, en el hijo de Ndjambi Karunga (al igual que todo su clan pretérito, inexorablemente, ya más allá de su propia historia); sí, aquí bajo el sudor del europeo, bajo sus costillas, bajo los músculos de su vientre, bajo su verga (los músculos del joven permanecen ardientemente tensos durante lo que parecen horas, como si se propusiera matar, pero ni una palabra, sólo las largas, convulsivas, gruesas tajadas de noche que pasan por encima de sus cuerpos).

¿Por qué no creerle? Lo así escrito debe ser y no se debata. Al final, lo importante es alargar la pregunta: ¿QUÉ PASA AQUÍ QUE ME ESTÁ GUSTANDO TANTO?, y guiñarse a sí mismo. [L.C.]

P. S.: He elegido solo uno de los aspectos que vuelven de esta una novela notable, a mi entender, pero existen otros niveles (¡cuántas páginas!) en los cuales, por cuestión de espacio, no he profundizado (ni mencioné). Uno de ellos es la reflexión constante sobre occidente como una cultura de muerte. Otros hay que encontrarlos desmadejando el texto. Aún así, espero haber sido justo en la apreciación.

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