Álbum de familia, de José Watanabe

Fogoso verbo, materia inquieta: 50 años de Álbum de familia de José Watanabe

“Aquesta viva fuente que deseo
en este pan de vida yo la veo
porque es de noche.”
San Juan de la Cruz

Resulta estimulante constatar que el primer poemario de José Watanabe (1946-2007), Álbum de familia (premio Poeta joven del Perú, 1970), comience imaginando el alejamiento de la casa familiar, es decir, negando su referente esencial. El libro no empieza pues mostrando imágenes habituales o bucólicas de lo doméstico, sino que se abre a la urbe, hacia la contemplación sensorial y política del mundo.

La inicial invocación a Marc Chagall, artista judío de la modernidad y la vanguardia, sugiere que esta salida del hogar es una búsqueda estética sustentada en profundas raíces religiosas, populares e históricas. En concreto, la salida a la calle parece suscitada por un fervoroso deseo —un ansia erotizada, corpórea, heterosexual— por las numerosas muchachas que circulan por el poemario (profanas Musas o Hespérides); por las presurosas ansias de volar sobre la ciudad como una golondrina; y por reencontrarse con los espectros del pasado, algunos de ellos siniestros: se trata de un viaje iniciático, un melancólico descendit ad inferos. En Álbum de familia, como en Pedro Páramo, “pesa mucho el silencio de los cipreses y los muertos”.

En el poema “Chagall”, Eros y Naturaleza se urden y su resultado es una música de violín; pero esta síntesis no es una pieza sacra, engalanada o académica, sino una serenata, un registro amoroso, nocturno, popular y callejero. El poema alude a una metamorfosis mítica, pero también a la vida cotidiana, la historia colectiva, a la experiencia de lo mundano y del ocio. Lo dionisiaco se antepone a “los ojos miopes de Isaac Newton”; y la imaginación poética, el goce del cuerpo y los sentidos, a la razón instrumental. Desde ya, para la voz (que se presenta como una entidad mítica “con pata de fauno”, e hijo de un “lamentable Prometeo”), la negación de la vida instrumental es fundamento de la escritura poética.

Además de la Tradición, Álbum de familia se impregna de imágenes de la experiencia callejera. Después de convocar a Chagall, habla de la ansiedad de los jóvenes por conseguir un empleo, ingresar a la salvaje economía del mundo real y separarse del espacio y tiempo familiar. Se planea un viaje a New York (centro capitalista), seguir un postgrado, acopiar una fortuna, “ser doctor o notable” o laborar en una burocrática oficina. Se habla incluso de heredar las manos (trabajadoras) del padre, o sea, de continuar el ciclo genealógico-productivo.

watanabe-laredo

José Watanabe Varas en Laredo (blog Un bosque de Pinos)

La casa paterna ofrece protección, pero pareciera también imponer un alienante destino. Sin embargo, Álbum de familia matiza ese horizonte. Antes que el carácter productivo de las manos paternas, la voz poética resalta la ternura (materna) con que la acarician, sin desatender un aspecto siniestro de esas manos trabajadoras: que también sirven para enterrar a los muertos.

Su visión del trabajo es alienante, por eso los “buenos hombres” —aquellos que se someten al “Ojo Vigilante del Estado”— son vigilados y reprimidos (por aire y a caballo) por el vengativo Ojo si no se acogen a su “Gracia”. En “Cine mudo” aparece un trabajador abatido por la tropa. Padre, patrimonio, teología, castigo y poder estatal forman así parte de un conjunto que invade y somete incluso al mismo inconsciente: el Ojo, dice el poema, “está invisible entre nosotros” y se intuye “en nuestras aprensiones y nuestros más hermosos pensamientos”. El poder y su terror político actúan desde lo más recóndito de uno mismo. Y el enunciador (que se representa como “un hombre cauto”) anhela remontar esa situación.

En “Diatriba contra el hermano próspero”, rechaza que su adinerado hermano organice la tarde familiar “como un negocio”. Toma distancia de su riqueza y su cornucopia (emblema nacional). Los empresarios son —señala asimismo con carnavalesca ironía— ratas con “caca en el corazón”. El “hombre cauto” (¿reprimido?) prefiere más bien los viscosos caracoles. Los blandos gusanos. Ir al reencuentro del tierno padre espectral, ir hacia él “escaldado” (como un crío pre-edípico), sin chequera, para beber “el licor de las botellas vacías”: acudir a un banquete dionisiaco con los espectros que habitan el hogar (hoguera) original (otro fantasma es el vallejiano “hermano muerto en la infancia” durante una peste).

Así como el libro refuta la lógica económica del mundo, objeta también su “falsa profundidad”. Como ocurre con la cultura industrial examinada por Walter Benjamin, en Álbum de familia, el arte tradicional y las palabras han perdido su aura, su presencia en un espacio y tiempo primordiales (tiempo de “Gracia”). Las flores industrialmente reproducidas son de plástico y no se marchitan evitando el estremecimiento de la contemplación de la muerte. Los pájaros se comercian; se les priva de la libertad que al inicio se anhela. Las naranjas “químicas” vienen de un extraño árbol, de un corrupto simulacro. No es la aurática madre fértil de los mitos arcaicos la que alimenta a la prole, sino una castrante “licuadora” (vagina dentata).

Podría argumentarse que el mismo enunciador es un sujeto sin aura y su escritura también. Un aspecto de Álbum de familia son los textos a los que cita: registros instrumentales a primera vista no poéticos, sin profundidad artística, se diría incluso que la escritura del poemario se teje en lúdica alusión a escrituras degradadas, superficiales, marginadas. Álbum de familia realiza así una operación de pastiche irónico. No es una escritura literalista. Busca en los registros cotidianos la súbita emergencia de una locución poética. El libro toma entonces la forma de un álbum fotográfico, de fugaces comentarios de obras artísticas (Chagall, Utamaro, Leonardo, Modigliani, Magritte, Beethoven), o de un “poema trágico con dudosos logros cómicos”. En otro momento, reniega de los literatos y asume la forma de un modesto informe, de textos publicitarios, de circulares burocráticas, de sugerencias, folletos, consejos y diatribas, es decir, se presenta como una escritura utilitaria que se desvía de la subrayada peculiaridad y tradicional autonomía del arte, así como de su supuesto carácter desinteresado (Hume, Kant, Hegel).

El libro está dedicado a la madre, pero la figura materna está casi ausente, retirada. “Cine mudo” presenta una madre espectral que contempla (por la ventana, desde el interior) un cortejo fúnebre callejero y que se niega a hablar con los difuntos, mensajeros entre la voz y los muertos a los que rememora y guarda luto. Una imagen deprimente, sin aura, anticlimática, tal vez reducida y silenciada por un desconocido poder. Una imagen antagónica además que sugiere un malestar, la presencia del despotismo.

Sin embargo, en “Consejos para las muchachas” el poema se distancia de los “sueños femeninos” “ensimismados”. Su ética vital, más bien, apunta hacia el exterior “con la intención más sana del oficio”. Propone salir de una interioridad que supone paralizante, del confinamiento del hogar patriarcal que silenció a la madre. Y aconseja el ocio, el arte, la política activista, la narrativa de moda (Cien años de soledad), la actividad física, la danza, el deseo y la música (citando al poeta modernista Wallace Stevens) de las “lujuriosas fibras”. “Cuatro muchachas alrededor de una manzana”, directa alusión al mito griego de las Hespérides, explícitamente versa del deseo: del juego, fuego y desenfado. Se trata de una imagen no binaria de la antigüedad clásica en que el poema ya no imagina un ensimismamiento (el corte cristiano, agustino, cartesiano, con lo terrenal y el cuerpo), sino una cópula y encendidas “procacidades”, devorando al son de una estridente guitarra una manzana: esto es, “la alianza del hombre y su deseo”. [Richard Parra]

 

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